9 de septiembre de 2018 00:00

El neocolonialismo se expande en África

El presidente chino, Xi Jinping (derecha), y el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, asisten a la cumbre chino-africana que se celebró en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín. Foto: Lintao Zhang / EFE

El presidente chino, Xi Jinping (derecha), y el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, asisten a la cumbre chino-africana que se celebró en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín. Foto: Lintao Zhang / EFE

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Agustín Eusse
Agustín Eusse A.
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Desde la conferencia de Berlín de 1883, que el rey belga Leopoldo II llamó “compartir el pastel de África”, Occidente ha asumido derechos exclusivos sobre el África subsahariana.

Pero, aunque siglos de lucha para poner fin al régimen colonial y al apartheid no han cambiado tanto, ahora China está desafiando la influencia occidental, que también codicia las abundantes reservas de minerales y recursos de África.

La pretensión económica y geopolítica de Pekín sobre este vasto territorio compuesto por 54 países se demostró en el último Foro de Cooperación África-China donde el presidente Xi Jinping ofreció inversiones por USD 60 000 millones para el desarrollo de África.

Xi anunció que algunos países africanos más pobres y menos desarrollados -sin precisar cuáles- quedarán condonados a finales de este año de las deudas pendientes contraídas en forma de préstamos sin intereses con el Gobierno chino.

Tras años de creciente cooperación económica fijada en la obtención de recursos naturales, Pekín centra sus esfuerzos en reforzar los lazos militares y financiar una explosión de proyectos de infraestructura en la región en el marco de su proyecto bandera: la Nueva Ruta de la Seda. Es una ambiciosa red de infraestructuras que busca unir China no solamente con África, sino también con Europa y el centro y sudeste de Asia a través de puertos, carreteras y ferrocarriles.

Según datos de las autoridades chinas, el país ha financiado la construcción o renovación de más de 6 000 kilómetros de ferrocarril en países como Angola, Etiopía, Kenia, Nigeria, Sudán o Yibuti. China ha construido en África estadios de fútbol, hospitales, carreteras, aeropuertos, puertos, polígonos industriales y la mayoría de ellos se han levantado con mano de obra china.

La predisposición a viajar hasta la otra punta del mundo para trabajar nace de la voluntad compartida de volver a ser la potencia hegemónica del mundo.
Más de 2 000 empresas chinas están presentes en 50 países del continente africano, donde se calcula que hay entre uno y dos millones de trabajadores procedentes del coloso oriental.

En 2017 había, solo en Zambia, 100 000 chinos trabajando y viviendo de forma ilegal. El resultado es que la ciudadanía africana no se beneficia de los empleos generados por la inversión en infraestructuras, pero sí lo hacen los chinos.

Los constantes viajes del líder Xi Jinping por África contrastan con la desidia mostrada por Estados Unidos hacia el continente y la progresiva pérdida de influencia de Europa.

Desde 2009, China es el primer socio comercial de África, por donde se ha expandido en busca de materias primas para alimentar su crecimiento económico a cambio de préstamos multimillonarios para construir infraestructuras.

El comercio entre la segunda potencia mundial y África alcanzó los USD 170 000 millones en 2017, según datos del Ministerio de Comercio chino, con Sudáfrica, Angola y Nigeria como los mayores socios del gigante asiático.

Sin contar las expediciones del almirante Zheng He, el insigne marino del siglo XV que exploró las costas de Kenia y Tanzania y a su regreso asombró a la corte imperial trayendo una jirafa, los lazos entre China y África se remontan a los años 50. En plena Guerra Fría, Mao Zedong envió ayuda militar, médica y técnica para apoyar los procesos de descolonización de Occidente.

Pero hasta el 2000 no se creó un foro de cooperación que ha celebrado ya cuatro cumbres y cimentado las relaciones económicas entre ambas partes.
Si bien The Africa Investment Report 2017 pone de relieve que EE.UU. continúa siendo el inversor más prolífico en número de proyectos, China aparece como el mayor inversor extranjero en África en volumen económico (USD 36 000 millones, el doble que en 2015). Solo en 2016, 62 grandes proyectos fueron financiados por empresas chinas.

“Con el aumento del riesgo en destinos consolidados como Europa o Estados Unidos, el continente africano consigue atraer un creciente interés de los inversores chinos”, sostiene Adrienne Klasa, editora de This is Africa, del grupo Financial Times.

A través de su sistema de inversiones, China copa sectores como las finanzas, las materias primas, las manufacturas, los servicios comerciales, la agricultura y los transportes.

A cambio de esta lluvia de millones en el continente más pobre del planeta, el gigante asiático se asegura el acceso a valiosos yacimientos de recursos naturales imprescindibles para alimentar su imparable desarrollo económico, como petróleo, gas natural, minerales y madera. Pero, según denuncian EE.UU. y la Unión Europea, esta diplomacia del yuan contribuye a afianzar regímenes totalitarios acusados de violar los derechos humanos, como el de Sudán, y fomentan la corrupción.

A pesar de esta supuesta solidaridad anticolonial, China se ha encontrado con numerosas críticas por parte no solo de Occidente, sino de algunos países africanos que se quejan de que sus inversiones se dedican a expoliar sus recursos naturales y no crean ningún valor añadido a la industria local.

En una tribuna en el Financial Times, el gobernador del Banco Central de Nigeria, Lamido Sanusi, advertía de que “África se expone a una nueva forma de imperialismo” porque “China toma nuestras materias primas y nos las devuelve manufacturadas, lo que es la esencia del colonialismo”.

El temor entre los críticos es que la deuda pueda convertirse en un instrumento que debilite las soberanías nacionales y abra la puerta a la intervención política y comercial china. O incluso a una presencia militar.

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