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Nelsa Curbelo: “Debo al indígena la capacidad de concertación”

La activista y mediadora Nelsa Curbelo. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

La activista y mediadora Nelsa Curbelo. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

La activista y mediadora Nelsa Curbelo. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

De religiosa y misionera se convirtió en activista de derechos humanos y en mediadora. Nelsa Curbelo es responsable de la pacificación y reinserción en la sociedad civil de pandillas como los Ñetas y los Latin King en Guayaquil. Fue dos veces candidata al premio Nobel de la Paz.

Hay una novela delirante del argentino César Aira, titulada ‘Cómo me hice monja’ ¿Cómo fue que se convirtió en religiosa católica?

Mira que le dan con el tema de cómo me hice monja. Es como si tuviera una familia, se casó, se divorció y después le preguntan, ‘oiga, ¿y cómo era su primer matrimonio?’. Caramba, eso a mí no me define, por decirlo así.

Entiendo, ¿hay cierto morbo en preguntar algo así?

¿Qué irá a poner este hombre? (risas). El hecho de que fuera monja es parte de un proceso vital para mí que no tiene nada que ver con lo que soy ahora. Creo que nunca fui una monja.

Allí hay una historia…

Estaba en Uruguay, vengo de una familia atea, que militaba en el ateísmo como le corresponde a muchos uruguayos. Mi padre era dirigente sindical y mi mamá era obrera, mi padre criticaba todo lo que era religioso. Yo criticaba igual, pero decía: ‘tengo que enterarme, tengo que conocer’. No puedo criticar sin saber. El resultado de esto fue que terminé pidiendo el bautismo. Mi hermana gemela y yo nos bautizamos cuando teníamos 16 años, no le dijimos nada a mi papá, pero mi mamá sí lo sabía. Mi mamá, que me conocía un poco, me dijo: ‘no tengo ningún problema con que se bauticen, con tal que tú nunca te hagas monja’ (se ríe a carcajadas).

¿Fue un asunto de rebeldía?

Claro. Pero me interesaba Dios. Y relacionaba el tema de la religión y de la fe con la alegría Fui a parar en un convento en Francia, ahorré para el viaje y me subí en un barco 22 días, cuando ni siquiera conocía muy bien el centro de Montevideo. Me había graduado de maestra y le dije a mi familia que me iba a especializar, a estudiar en el extranjero cinco años gracias a una beca. La única que sabía lo del convento era mi hermana.

¿Qué la llevó a dejar los hábitos?

¡Dale con el hábito! Nunca obedecía. No sabía nada del idioma y en tres meses hablaba, soñaba y escribía en francés. En el convento desarrollé una especie de resistencia pasiva, cada vez que algo no me parecía les decía que no entendía. La otra excusa era: en mi país no es así. Era la única latinoamericana, nadie podía decirme lo contrario. Con eso viví feliz seis años de mi vida, hacía lo que quería. Era novicia y después me nombraron superiora, a ver si mandando funcionaba. Vine a dar a Riobamba y me encantaba la comunidad, aprendí mucho, pero la concepción que tenía de Dios no coincidía con los ritos. Luego estuve en Guayaquil, pero no hacía una vida contemplativa, si no que me pasaba el día entero metida en el barrio, con los vecinos. No supe bien qué día ni cuándo me salí, porque ya me había salido hace rato, en realidad.

¿Qué fue lo más valioso que extrajo del mundo indígena?

Casi todo lo que sé de mediar en conflictos lo aprendí con ellos. En el levantamiento indígena del 90 aprendí muchísimo, estuve en la Comisión Mediadora del gobierno de Rodrigo Borja. Paralizaron todas las carreteras y la población los apoyó. Cuando nos reunimos en el Palacio de Gobierno para los acuerdos, entraron como 20 dirigentes indígenas. Cada uno que cedía la palabra al siguiente repetía lo que había dicho el anterior y le agregaba su propio condumio. Si usted no aprende a escuchar ahí, no aprende nunca más. Para los blancos, a quienes les gustan las cosas rápidas, o le da un úlcera o aprende a escuchar de verdad. Le debo al mundo indígena la capacidad de concertar.

¿Mediar es un ejercicio de paciencia a ultranza entonces?

Y la paciencia es la ciencia de la paz en la mediación: paz-ciencia.

¿Siente que la crisis sanitaria del covid ha minado uno de sus grandes valores, el optimismo?

No. En pocos meses voy a cumplir 80 años y lo que sí he experimentando con mucha fuerza es la impresión de que los adultos mayores somos un estorbo para la sociedad. Es lo que llaman gerontofobia. Nos tratan a menudo a las patadas, como en las filas para la vacunación; a mí me trataron con mucha ternura, lo que me sorprendió. Lo irónico es que si somos un estorbo en una sociedad que gira alrededor del tener y consumir ¿por qué nos vacunan primero, para qué quieren salvarnos la vida? ¿Para qué sirve un adulto mayor en la sociedad? ¿Qué aportamos? Son preguntas que tenemos que hacernos y no me bastan las respuestas fáciles.

¿Estamos perdiendo de forma anticipada una reserva de sabiduría, ternura y experiencias?

De acuerdo. Y eso es lo que llamo raíz. Sin raíz no hay árbol. Creo que los viejitos, que cada vez nos encogemos más, crecemos más hacia adentro. Y en el fondo alimentamos las raíces de la sociedad. Y nuestra función en este mundo, si es que hay alguna, es mantener la raíz con vida para que el árbol se desarrolle. En el fondo, la raíz le da sentido a ciertas cosas.

Como sociedad habíamos dejado de escuchar a los ancianos. ¿La pandemia vino a reafirmarlo?

Estamos en un quiebre de civilización a nivel tecnológico. Una de las crisis de autoridad que existen con los jóvenes es que el niño de seis años le enseña a usar tecnología al abuelo. Y el niño que enseña al abuelo cree en su cabecita que sabe más que el abuelo. Y entonces para qué hacerle caso, si el abuelo es un ‘tonto, que no sabe algo que es tan fácil’.

Antes los abuelos nos contaban las grandes historias de la vida…

Los viejos sirven para contar historias, ese es nuestro rol. Y las historias nos enseñan en gran medida a relacionarnos con la realidad y con realidades lejanas o distintas. ‘Cómo es que no tenían televisión ustedes, no me digas’, se asombran los niños ahora y te miran como si fueras un dinosaurio. La pandemia ha dado tiempo para contar también estas historias.

TRAYECTORIA

Es uruguaya, nacionalizada ecuatoriana. Llegó a Ecuador en 1970 atraída por la cultura indigenista. Fue coordinadora de la corporación no gubernamental Ser Paz. Y dirige desde hace cinco años el Centro Municipal Más Paz, ubicado al norte de Guayaquil.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 23 de abril del 2021.