1 de septiembre de 2019 00:00

Nacionalismo vs. Globalización

Una pléyade de empresas globales emerge. Por sus volúmenes económicos y su impacto social, tienen un indudable peso político. Términos como soberanía se van volviendo vacíos.

Una pléyade de empresas globales emerge. Por sus volúmenes económicos y su impacto social, tienen un indudable peso político. Términos como soberanía se van volviendo vacíos.

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Alan Cathey Dávalos

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El pasado 10 de agosto, además del Primer Grito de la Independencia de Quito, se recordaron los 500 años del inicio de una extraordinaria aventura, la circunnavegación de la Tierra por Magallanes y Elcano, al zarpar de Sevilla en 5 naves hacia lo desconocido.

Su expedición demostró que el mundo era uno e interconectado, eliminando de un solo golpe las nociones mágicas e ingenuas, aún profundamente incrustadas, por más de mil años de mitos, en los imaginarios europeos.
De hecho, la hazaña culminada por Elcano fue la confirmación de la primera globalización, al cerrar el ciclo del descubrimiento de las rutas navales al Asia, por parte de los marinos portugueses, que forzaron el Cabo de Buena Esperanza, al extremo sur de África, y cruzaron el Indico hasta la India y las Islas de las Especias, y claro, de los navegantes españoles que, con Colón, descubrieron América.

La segunda -en la que estamos inmersos- fue su lógica consecuencia. La invención de la Internet fue una revolución tan profunda como la revelación del planeta, en otra escala. Los barcos unieron regiones y mostraron el mundo. Internet unió personas como nunca antes. En ambos casos, el comercio fue factor esencial de su desarrollo y es la única alternativa racional a la guerra.

Entre la primera y segunda globalización, el mundo cambió mucho más allá de lo que había cambiado en los 9 500 años anteriores, cuando la revolución agrícola arrancó.

Uno de esos cambios se produjo en el plano de la organización política. Hacia 1500, el mundo se hallaba dividido en múltiples estructuras de gobierno, desde ciudades-estado comerciales, pasando por reinos, imperios multinacionales, vastas organizaciones nómadas, tribus y clanes primitivos. Hoy se halla integrado por lo que se ha dado en llamar “Estados nacionales”.

El “Estado nacional” es un desarrollo esencialmente europeo que, a causa de los avances científicos y tecnológicos de la civilización Occidental, origen de su hegemonía, impone la aplicación de este modelo a escala global. De hecho, el Estado nacional es un invento reciente, con algo más de 200 años de vigencia. No olvidemos que dos estados protagónicos en el siglo pasado, Italia y Alemania, lo son recién desde 1870, 50 años más tarde que los estados latinoamericanos.

El “nacionalismo” es la expresión de factores de identidad valorados en términos de homogeneidad, como el idioma, la religión, un difuso concepto de raza, una aún más vaga historia común, y varios convenientes mitos y héroes compartidos. Esas estrechas “identidades” precipitaron al mundo a unos conflictos terribles, donde el “nacionalismo” llegó a las más monstruosas aberraciones. La imposición de tal modelo a culturas totalmente ajenas, ha sido, por otra parte, fuente de permanentes y sangrientos conflictos en el planeta, fuera de su escenario generador europeo. El retaceo de África, Oriente Medio, Asia y en alguna medida Latinoamérica, demuestra lo dicho.

Sin embargo, las necesidades de escalas en lo económico han ido determinando el surgimiento de nuevos modelos de organización política. Tal el caso, paradigmático, de la Unión Europea, posiblemente el más exitoso, pero no el único. En Latinoamérica se han dado asociaciones para liberar los mercados, como la CAN y el Mercosur, con muchos tropiezos que han impedido su consolidación.

La Unión Europea se convirtió en el mercado más rico del mundo, agrupando a varios de los más exitosos países del planeta, no solo en lo económico sino fundamentalmente en su calidad de vida, educación y salud pública. Sin embargo, el más importante éxito de la Unión Europea es haber brindado al continente el más prolongado período de paz en su conflictiva historia.

La actual globalización tiene al planeta por escenario. La velocidad y la amplitud de la información -y su extensión- no tienen parangón en la historia. Existen hoy más teléfonos celulares que seres humanos, y su cobertura alcanza a más del 50% de la población mundial.

Sabemos en tiempo real qué sucede en casi cualquier lugar del mundo. Paulatinamente, sobre todo entre los más jóvenes, emerge una conciencia global, y una comprensión de la interconexión e interrelación de los actos humanos, sin importar dónde se den. El incendio de la Amazonía o de Siberia, la quema del carbón para energía de la China o de Polonia, el drama del plástico, la desnutrición y la obesidad, son asuntos globales. La comprensión de las consecuencias va camino de serlo también.

En este nuevo mundo global, el choque entre las estructuras políticas y económicas pasadas y las que la nueva realidad va generando, es inevitable. Términos como “soberanía” o “dignidad nacional”, lamentablemente van volviéndose muletillas vacías para amparar corruptelas y fracasos estrepitosos de ideologías trasnochadas.

Junto a las nuevas estructuras políticas multinacionales, emerge también una pléyade de “empresas globales”, que son entidades con acción e intereses planetarios, y que, se quiera o no, por sus volúmenes económicos y su impacto social tienen un indudable peso político, que se irá volviendo cada día más evidente. Ya las monedas virtuales son un reto significativo al tradicional concepto del señoriaje monetario. Es seguro que todos tendremos más confianza en un bitcóin o su equivalente de Facebook, que en el bolívar venezolano, por ejemplo. Al final del día, un medio de cambio vale exactamente la confianza que en él se tiene.

¿Cómo se va a resolver esta dicotomía “empresa global” vs. “estado nacional”?, está por verse. Algunas de estas empresas globales manejan presupuestos equivalentes a los de países desarrollados. Walmart, por ejemplo, ­tuvo ingresos superiores al PIB de Bélgica. La suma de ventas de los carteles interna­cionales de drogas es superior al presupuesto de Alemania.

Las diez principales empresas del mundo tienen ingresos equivalentes a los de 188 ­países juntos. Dudar de que ese poder económico no va a ­trasladarse a poder político ­sería infantil. La pregunta es: ¿cómo se dará?
Resulta paradójico que con este contexto del cambio hacia unas relaciones más amplias, más integradoras, al estar cada día más próximos por las comunicaciones, por el comercio, por la movilidad... justamente en el modelo de integración más eficaz y con mejores resultados, como es el de la Unión Europea, uno de sus miembros más importantes decida retirarse.

Es el caso del llamado Brexit británico, producto de un ­referéndum celebrado en el 2015, a instancias de políticos conservadores y nacionalistas, quienes aprovechando la ­histórica suspicacia de la Gran Bretaña hacia Europa, y hasta algún rescoldo de nos­talgia imperial, lograron convencer a un electorado no muy informado, de votar por la salida de la Unión.

El proceso de salida fue extremadamente mal manejado por la anterior primera Ministra, Theresa May, agudizando las molestias y resquemores de sus exsocios europeos. Con su sucesor, Boris Johnson, al parecer las cosas van para peor, pues este fue uno de los principales impulsores del voto por el Brexit.

Ciertamente, el impacto de esta salida para la Unión es muy grave, por el peso económico de Gran Bretaña, su m­úsculo financiero y su importancia militar.

Considero que este evento produce dos grandes perdedores, la Unión Europea y Gran Bretaña. El resultado final es de resta para ambos. Además de los costos económicos que probablemente serán muy severos para Gran Bretaña, por el casi seguro establecimiento de aranceles de ida y vuelta.

Preocupa el retroceso político a una mentalidad isleña, aislada y cerrada, pero más grave aún, el riesgo de disolución de Gran Bretaña, producto de un acta de unión voluntaria entre Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

En Escocia el 64% de los votantes se expresó contra el Brexit, porcentaje similar al del Irlanda, donde además existe el riesgo de una reanudación del conflicto político-religioso que la desgarró durante tantos años. La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, ha anunciado su intención de convocar a un nuevo plebiscito para la independencia de Escocia.

Es poco probable que Gran Bretaña pueda seguir ejerciendo su influencia financiera en Europa, o lo hará en mucho menor medida. Muchas empresas ya están saliendo de Gran Bretaña, ante la perspectiva de un Brexit duro, que las excluya del mercado europeo. Seiscientos millones de clientes son más que sesenta mi­llones, en los fríos números de los balances.

Seguramente, en Fránkfort y en París habrá agentes económicos muy contentos, y al otro lado del Atlántico, muchos se frotan las manos. A falta de Groenlandia, no está mal Gran Bretaña. Análisis Internacional. 

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