8 de febrero de 2020 12:38

La muerte cristiana de Simón Bolívar 

Pintura de Antonio Herrera Toro (1857-1914) El 17 de diciembre de 1830 murió Simón Bolívar en la ciudad colombiana de Santa Marta, donde había llegado enfermo desde Cartagena y Bogotá.

Pintura de Antonio Herrera Toro (1857-1914) El 17 de diciembre de 1830 murió Simón Bolívar en la ciudad colombiana de Santa Marta, donde había llegado enfermo desde Cartagena y Bogotá.

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Amílcar Tapia Tamayo

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La enfermedad y muerte de Bolívar han sido tratadas en muchas ocasiones por historiadores que han recogido sus palabras y las circunstancias de su fallecimiento. Sin embargo, pocos son los estudios desde el punto de vista médico y espiritual sobre los últimos días y momentos del Libertador.

Se han tejido varias teorías y versiones sobre su dolencia; sin embargo, los estudios de Ignacio Ramírez Aguirre (‘Los caminos del Libertador’, Quito, SurEditores 2015, p. 23) han dado muchas luces sobre el ramalazo del caraqueño, que murió en razón de una larga tuberculosis pulmonar, mal que, incluso, heredó de sus padres.

Desde el punto de vista espiritual, el tema ha sido motivo de largas discusiones en las que varios historiadores tratan de imponer sus criterios con argumentos poco convencionales.

Es indudable que Bolívar tomó su fin de manera sosegada, puesto que sus reflexiones así lo demuestran. Bolívar estaba consciente de que lo psíquico transcurre temporalmente en los seres vivos y la corriente de la conciencia es propiedad privada de un yo; el concepto de relaciones temporales se basa en el fondo de las vivencias que terminan el día en que el cuerpo rinde cuentas a la muerte.

Sin dudas, la Ilustración forjó en la mente del Libertador el concepto sobre la vida y la muerte, llegando a la traducción subjetiva de que el tránsito es parte de un todo dentro del ritmo vital del ser humano. Para Bolívar, expirar no era un fenómeno extraño a la naturaleza; al contrario, formaba parte de ella, y se requería una preparación para la hora póstuma.

Es necesario que nos detengamos brevemente a reflexionar sobre la concepción que sobre la muerte había en el tiempo en que falleció Bolívar, con el objeto de comprender las actitudes que adoptó nuestro personaje en sus horas de viaje a la inmortalidad.

En los pueblos de arraigada fe católica del siglo XIX, lo común era que se temiera antes que se deseara la muerte. Había una visión terrorífica del juicio de Dios, que sentenciaba a los hombres de manera implacable, “en donde sólo la Iglesia era capaz de alcanzar gracias para el moribundo, razón por la que si un agónico no recibía los beneficios de los sacramentos, se hallaba condenado al suplicio eterno...” (Miguel de Stroez, ‘Pensamiento social del siglo XIX’, Lima, Inty Editores, 1955, p. 217).

La sola idea de morir aterrorizaba a las gentes que se hallaban huérfanas de reflexiones y análisis. Si alguien se hallaba en peligro de fallecer “debía arreglar su conciencia” bajo estrictas normas impuestas por la tradición religiosa.

Sin embargo, este no fue el caso del Libertador. Si se analiza desde un punto de vista filosófico, veremos que en Bolívar primó no un tropel de emociones sino de reflexiones, en donde la espiritualidad vino a convertirse en un hálito de esperanza por cuanto mitigó la acritud de la destemplanza de un alma tan acuciada por las incongruencias de quienes le rodeaban.

Bolívar tenía una concepción muy especial sobre la religión, ya que ella era la intuición de un valor supremo comprensivo de todos los valores espirituales, lo cual saca de toda duda que el Libertador poseía un criterio filosófico antes que un populismo devocional.

Esto lo confirmó el obispo Estévez, prelado de Santa Marta, quien visitó a Bolívar en su lecho de muerte el 10 de diciembre de 1830, llamado de manera confidencial por uno de sus edecanes, el general Montilla. “Sobre la marcha vio el ilustre Prelado, que sin tardar se puso a conferenciar a solas con el Libertador, y a poco rato salió de su aposento.” (Manuel María Pólit Lazo, ‘La muerte cristiana de Bolívar’, Quito, Imprenta del Clero, 1930, II Edición, Academia Bolivariana de América, Capítulo Ecuador, 2019, p. 18)
“¿Qué pasó entonces entre el Libertador y su amigo el Obispo? (…) Nadie lo habría sabido, si el mismo Obispo no lo hubiese referido dos años después.

Cuando hubo manifestado al enfermo el peligro de muerte en que se hallaba y la obligación que tenía de hacer testamento y de recibir los últimos sacramentos. Bolívar, en la primera sorpresa y sobresalto, exclamó: “Tráigame un espejo”. Se le presentó uno y mirándose un momento en él, concluyó diciendo: “Con estos ojos no me muero”. “Pues con estos ojos va S.E. a morirse, replicó sereno el Obispo. Reflexionó un rato; él que más de una vez había visto de frente a la muerte: y rindiendo su alma a la invitación de la gracia divina, tan sólo agregó: ¡Así puede ser; más para esto, se requiere de algún tiempo de preparación”. En ello, como es natural, convino el prelado, y salió del aposento”.

“Cuenta el Dr. Reverend (francés, médico de cabecera del Libertador) que inmediatamente le dijo el Libertador: “Qué es esto? ¿Estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme?. -No hay tal cosa, Señor, repuso el médico. Tranquilícese”.

“Varias veces he visto enfermos de gravedad practicar estas diligencias y después ponerse buenos. Por mi parte confío que, después de haber cumplido V.E. con estos deberes de cristiano, cobrará más tranquilidad y confianza, a la par que allanará las tareas del médico”. Lo único que dijo fue: “¿Cómo saldré yo de este laberinto? No fue el lance tan apretado, cuando por la noche de este mismo día se le administró los sacramentos”. Hasta aquí la relación del propio médico” (Ibid, p. 20)

“…Llamó entonces a su amigo el Obispo, quien lleno de emoción confesó a su magnánimo penitente, y le dio la absolución que consuela y fortalece”.

Esta interesante relación la hizo el obispo Estévez cuando vino a Quito en 1832, comisionado por la Nueva Granada, y se la confió al padre Tomás Antonio Iturralde, futuro obispo de Ibarra. Este a su vez la comentaría con el padre Julio Zaldumbide; años más tarde, en diciembre de 1917, diario EL COMERCIO recogería esta primicia sobre los últimos días del Libertador, cuando el Obispo de Santa Marta había señalado que “ni la beata más escrupulosa no hubiera hecho una mejor confesión”.

El 10 de diciembre “Había, pues, que dar a Bolívar el Santo Viático y la Extremaunción, sacramento propio de los enfermos. El señor Obispo, que no se movía de la hacienda de San Pedro y que, por supuesto, no había traído antes el Viático, ni los óleos de Santa Marta, ocurrió por ellos al pueblecito más cercano de Mamotoco, distante apenas media legua de donde los trajo el cura párroco, don Hermenegildo Barranco. Más en llegando éste hasta la sala de la quinta, es para nosotros evidente que entregó la píxide del Viático al Ilmo. Sr. Estévez, quien entró a la alcoba y lo administró al Libertador, al caer de la noche” (Ibid, p. 21)

A la una de la tarde del viernes 17 de diciembre de 1830, murió el Libertador Simón Bolívar auxiliado espiritualmente por el cura de Mamotoco, ante la ausencia del obispo Estévez, quien se hallaba enfermo.

*Canciller de la Academia Bolivariana de América, Capítulo República del Ecuador.

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