7 de octubre de 2018 00:00

Montúfar, prócer de la independencia

Figuras de Eugenio Espejo (c) y Juan Pío Montúfar (d) en la sala dedicada a la masacre del 2 de Agosto de 1810. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Figuras de Eugenio Espejo (c) y Juan Pío Montúfar (d) en la sala dedicada a la masacre del 2 de Agosto de 1810. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Carlos Landázuri Camacho* (O)

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Juan Pío Montúfar y Larrea nació en Quito, el 29 de mayo de 1758. Fue el primogénito del noble español Juan Pío de Montúfar y Frasso, primer marqués de Selva Alegre y presidente de la Real Audiencia de Quito entre 1753 y 1761, y de la quiteña doña Rosa de Larrea y Santa Coloma, de una familia igualmente destacada. Él y sus tres hermanos quedaron huérfanos muy niños, pues ambos progenitores murieron en 1761, por lo que fueron criados por sus abuelos maternos.

Por esa circunstancia, Montúfar debió trabajar desde muy joven para consolidar la fortuna familiar, muy venida a menos, y después para acrecentarla y reorganizarla, hasta convertirse en un rico hacendado, obrajero y comerciante. Dos detalles pueden simbolizar esos notables progresos: recuperó el derecho de usar el título de marqués de Selva Alegre, que había sido suspendido por la imposibilidad de pagar los derechos debidos al rey, y adquirió la gran hacienda de Chillo Compañía, cercana a Quito, que había sido de los jesuitas, expulsados en 1767.

Cuando tenía 20 años, Juan Pío Montúfar se casó con Teresa Larrea Villavicencio, prima segunda suya, con quien tuvo cinco hijos, tres de los cuales, Francisco Javier, Carlos y Rosa, tuvieron destacada participación en los conflictos de la independencia ecuatoriana. Doña Teresa murió en Quito en 1790, pero el marqués nunca volvió a casarse.

El éxito económico y la preeminencia de su familia le abrieron el camino de la política. Fue regidor y Alcalde de segundo voto del Cabildo de Quito y caballero de la Real y Soberana Orden de Carlos III. Fundó junto con Eugenio Espejo y otros ilustrados la Sociedad Patriótica de Amigos del País y durante la presidencia del Barón de Carondelet (1799-1807) fue tanta la influencia de los Montúfar en el gobierno, que la administración del Barón ha sido llamada “el gobierno criollo”.

El segundo marqués de Selva Alegre fue un ilustrado, tanto por su educación formal (había estudiado filosofía en el Colegio Seminario de San Luis y en la Universidad de Santo Tomás) como por sus relaciones sociales. Fue discípulo, amigo personal y mecenas de Eugenio Espejo (1747-1795), el más notable de los ilustrados quiteños y precursor de la independencia, así como del naturalista alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), una de las cumbres de la Ilustración europea. Humboldt visitó el actual Ecuador en 1802 y se alojó en la casa de los Montúfar en Quito, así como en algunas de sus haciendas.

En 1808, cuando la invasión de Napoleón a España produjo la crisis de la monarquía española, Juan Pío Montúfar convocó a varios de sus amigos a su hacienda de Chillo Compañía para celebrar la Navidad, pero también para analizar esos acontecimientos políticos. Ellos tomaron allí una decisión trascendental: desconocer al Gobierno vigente y sustituirlo por una junta de gobierno local. Esa decisión señaló el inicio del proceso independentista de Hispanoamérica y transformó para siempre la vida del propio Montúfar.

El golpe finalmente se dio el 10 de Agosto de 1809. La Audiencia fue depuesta y su presidente, el español don Manuel de Urriez, conde Ruiz de Castilla, apresado. En su lugar comenzó a gobernar la Junta Suprema, presidida por Juan Pío Montúfar e integrada exclusivamente por criollos. Pero el nuevo Gobierno duró muy poco. Fracasó, entre otros factores, porque las demás provincias de la Audiencia -Guayaquil, Cuenca y Popayán- se le opusieron y porque las demás autoridades realistas, como el virrey del Perú, la combatieron con toda decisión. Ruiz de Castilla recuperó el mando, bajo la promesa de no tomar represalias por lo sucedido. Pero cuando entraron en Quito las tropas enviadas por el Virrey de Lima, muchos de los que participaron en los acontecimientos de agosto fueron apresados, el fiscal pidió la pena de muerte para 46 personas y las de presidio, destierro o confiscación de bienes para muchas más.

A partir de entonces, la tensión en Quito fue creciendo, para estallar el 2 de Agosto de 1810. En la tarde de ese día, un grupo de quiteños asaltó los cuarteles de la ciudad para liberar a los presos. Algunos consiguieron escapar, pero muchos más fueron asesinados en sus propias celdas. La violencia continuó en las calles y quebradas de la ciudad y al final del día habían muerto entre 100 y 300 personas. Toda Hispanoamérica se conmovió ante la enormidad de la tragedia.

Pero los acontecimientos del 2 de Agosto no fueron una victoria realista sino una tragedia colectiva. Para encontrar una salida, se decidió que salieran de Quito las tropas que la ocupaban, que se formara un nuevo ejército local, que se declarase perdón y olvido para los implicados en los acontecimientos anteriores, y que se recibiera a Carlos Montúfar y Larrea, hijo del marqués de Selva Alegre, teniente coronel del ejército español que peleaba contra los franceses en la Península, quien había sido nombrado Comisionado Regio por el Consejo de Regencia que por entonces gobernaba la España patriota.

El reconocimiento del comisionado permitió la formación de una Junta Superior de Gobierno, subordinada al Consejo de Regencia, integrada por Ruiz de Castilla como presidente, Selva Alegre como vicepresidente, el obispo de Quito, José Cuero y Caicedo (Cali, 1735-Lima, 1815), y el propio comisionado como vocales natos, aparte de varios otros vocales por los distintos estamentos y barrios de la ciudad. Posteriormente Ruiz de Castilla se vio obligado a dejar la Presidencia, siendo reemplazado por Cuero y Caicedo.

La nueva Junta fue reconocida por el Consejo de Regencia, pero combatida por las autoridades americanas. Al principio, la victoria correspondió a los quiteños que derrotaron a los realistas en Alausí y avanzaron hacia el sur hasta Cuenca, por el norte hasta Popayán y por el occidente hasta Esmeraldas. Pero luego los insurgentes se dividieron, lo cual favoreció el contrataque realista, cuyo ejército recuperó Quito el 8 de noviembre de 1812. La batalla final se dio junto a la laguna de Yahuarcocha, muy cerca de Ibarra: allí los realistas derrotaron a lo que quedaba del ejército patriota y fusilaron a varios de sus jefes.

Para Juan Pío Montúfar, el fracaso de la Revolución Quiteña, que él había encabezado, significó el fin de los ideales a los que había consagrado una buena parte de su vida. Cuando la independencia triunfó, varios años después de su muerte, se concretó de manera muy distinta de la que él y los suyos la habían soñado. Y, en un plano más personal, los años posteriores a 1812 le depararon muchas amarguras. Debió enterarse del fusilamiento en Buga de su hijo Carlos, por insurgente, en 1816, y someterse a una serie de juicios, confiscaciones, prisiones y destierros dentro del país, hasta que en enero de 1818 lo abandonó para siempre, pues fue desterrado a España. Allí murió, cerca de Sevilla, el 3 de octubre de 1819, a los 61 años de edad. Si hubiera podido leerla, quizá hubiera estado de acuerdo con la frase que Bolívar escribió en 1830: “El que sirve a una revolución, ara en el mar”.
 *Historiador, catedrático. Autor de varios libros y ensayos.

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