2 de junio de 2019 00:00

La mitología y la sombra de ‘La Gloriosa’

José María Velasco Ibarra a su entrada a Quito, escoltado por militares, el 31 de mayo. Fue proclamado presidente por una multitud. Foto: Archivo Histórico del Ministerio de Cultura.

José María Velasco Ibarra a su entrada a Quito, escoltado por militares, el 31 de mayo. Fue proclamado presidente por una multitud. Foto: Archivo Histórico del Ministerio de Cultura.

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Fernando Tinajero

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Considerada como el punto más alto alcanzado por la izquierda ecuatoriana en el siglo XX, la “revolución” del 28 de mayo de 1944 fue la consecuencia de una suma de factores que se habían acumulado durante largo tiempo. El primero, que no siempre ha sido subrayado, es la penuria económica que se arrastró desde los años 20, se agravó en los 30 y se hizo insufrible en los 40.

El segundo, el desprestigio de los partidos tradicionales, bien sea por el recurso permanente al fraude electoral que les había privado de toda credibilidad, bien por los inesperados virajes que convertían en aliados a los mismos que la víspera habían sido irreconciliables enemigos. A esos dos factores se agregó, qué duda cabe, la dolorosa experiencia internacional del 41 y 42, que nos había llenado de vergüenza. No se trataba solamente del extenso territorio perdido: era sobre todo la humillación, la falta de fe, el despecho y la inercia, que son las formas iniciales de la desesperanza.

Bajo el dominio indudable del envejecido cristianismo de esos tiempos, los ecuatorianos no podían evitar la contemplación de su absurda derrota bajo el cristal de la culpa y el castigo. Por eso el país entero coincidió en identificar a un culpable, que no podía ser otro que el presidente Arroyo, cuyo gobierno ya había logrado acumular sobre sí los miedos y rencores de una sociedad sometida al despotismo y la represión permanente de los odiados carabineros.

Así se explica que en la noche del 26 al 27 de mayo, el asesinato de una niña en Guayaquil haya provocado una iracunda protesta que degeneró en un enfrentamiento entre soldados y carabineros. La izquierda se vio entonces obligada a adelantar los planes que habían fraguado sus conspiradores, y azuzó la violencia popular: el 28, una multitud enfurecida asaltó el cuartel de carabineros, ya identificados como la guardia personal del Presidente. Fue tan violenta la arremetida, que los carabineros no pudieron contenerla: su cuartel quedó literalmente liquidado.

Al conocer el suceso, Arroyo no hizo el menor intento de reprimir la rebelión: demasiado sabía que sin los carabineros su gobierno se venía abajo, y optó por asilarse en una embajada extranjera después de enviar al Congreso su renuncia. Pocas semanas antes, en uno de sus gestos de arrogancia, había intentado acallar las voces adversas declarando que había sido “elegido” para un período de cuatro años y que “ni un día más ni un día menos” ejercería sus funciones. Cayó el 28 de mayo aunque su período legal terminaba el 31 de agosto. Fue entonces cuando la Alianza Democrática Ecuatoriana, formada en 1943 con la participación de todos los partidos, desde el conservador hasta el comunista, decidió llamar nuevamente al doctor Velasco Ibarra.

Dicen que el Gran Ausente nunca estuvo solo desde que cruzó el viejo y estrecho puente que entonces había en Rumichaca. Según las lenguas de ese tiempo, ni los muertos se quedaban en sus tumbas cuando pasaba Velasco en el automóvil que le llevaba hacia Quito. Las campanas repicaban, los curas de aldea y sus sacristanes, junto a los comunistas, al gamonal y sus peones, todos juntos batían palmas, levantaban arcos florales y el grito de ¡Viva Velasco Ibarra! se oía de cerro en cerro y era reproducido por el eco causando la impresión de que las mismas montañas expresaban su entusiasmo.

Era el mismo grito que habría de llegar a todos los rincones del Ecuador a lo largo de todos los años venideros, porque la buena gente de los campos y ciudades decía siempre que el presidente era Velasco, incluso cuando él se encontraba en sus exilios. Era el mismo grito, pero en aquellos días sonaba diferente porque tenía la entonación de la esperanza, de la dignidad recuperada, de la alegría de tener por fin algo en qué creer, después del desengaño y la derrota.

El 31 de mayo, sin necesidad de elecciones, Velasco Ibarra fue proclamado presidente por una multitud que desbordaba la Plaza Grande y sus contornos.

Pocos días después, en el acto de fundación de la Confederación de Trabajadores del Ecuador (CTE), realizado en la Plaza Arenas, Velasco declaró que tenía el corazón a la izquierda. Pero el costado en que se hallara el corazón de Velasco era lo menos importante: a su alrededor estaba la penuria, estaban los recelos que afloraban entre las tendencias, estaba la torva competencia para ubicarse más cerca del caudillo, para ganar su confianza, para adivinar sus deseos y lograr sus confidencias; estaban los rumores, la escasez de alimentos, la enfermedad a medias aliviada, los arriendos atrasados; estaba la derrota, la inolvidable derrota que volvía como el fantasma de un muerto en penitencia para recordar a rojos, azules y morados que no hay sueños que puedan prolongarse más allá del despertar…

El doctor Velasco, que creyó haber sido ungido como insustituible redentor, no tuvo la fuerza necesaria para mantener la cohesión de las diversas tendencias. En marzo del 46, antes de haber cumplido un año de su irrepetible apoteosis, desconoció la Constitución que en el 45 él mismo había sancionado con el corazón en la izquierda, se proclamó dictador y llamó a una nueva asamblea constituyente, para acabar sancionando otra Constitución, esta vez con el corazón a la derecha; pero un año después fue derrocado por su propio ministro de Defensa.

En 1969, recordando aquellos días, José María Roura, antiguo militante comunista, dijo lo siguiente a la revista Mañana: “El pueblo, los estudiantes, los hombres de izquierda que participamos en el derrocamiento de Arroyo del Río, cabeza y símbolo de la corrupta oligarquía ‘liberal’, tuvimos inicialmente la ilusoria certeza de haber realizado una auténtica revolución…”.

De esa “ilusoria certeza” solo quedaron la Casa de la Cultura y la CTE o sus desprendimientos. La primera ya ha sido atomizada por la Ley de Cultura inspirada por la “revolución ciudadana”; la segunda parecería seguir viviendo, como toda la izquierda, de “ilusorias certezas”. A 75 años de la Gloriosa, tenemos la impresión de que su relato histórico y su mitología tienen demasiadas coincidencias con las experiencias recientes. ¿Quién dijo que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla?

 *Escritor, catedrático

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