28 de diciembre de 2018 00:00

Una mirada contemporánea a un crimen del siglo XIX

Kristen Stewart  (izq.) y Chloë Sevigny son las protagonistas del filme ‘El asesinato de la familia Borden’

Kristen Stewart (izq.) y Chloë Sevigny son las protagonistas del filme ‘El asesinato de la familia Borden’. Foto: outnow.ch

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Fernando Criollo
Redactor (I)
fcriollo@elcomercio.com

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Sobre el piso de una habitación y en el sillón de otra hay dos cadáveres, y en el interior de la casa se escucha un grito desgarrado. El director Craig William Macneill comienza exponiendo la escena del crimen para narrar ‘El asesinato de la familia Borden’.

De ese modo salda cuentas con una historia de final conocido, basada en un hecho real, para dedicarse a explorar las circunstancias y contextos del doble asesinato perpetrado en EE.UU., hace 126 años.

El crimen, que ha inspirado series y películas hasta convertirse en una de las leyendas más populares del folclor norteamericano, hoy se repite una vez más bajo la mirada de un director que revive la experiencia desde el protagonismo femenino, marcado por Lizzie Borden (Chloë Sevigny), testigo y sospechosa de la muerte de su padre y de su madrastra, y por Bridget Sullivan (Kristen Stewart), empleada doméstica de la familia.

Desde el momento del crimen con el que se inicia el relato, el filme regresa en el tiempo hasta la llegada de Bridget a la casa de los Borden, una joven de escasos recursos, que vive lejos de su madre enferma.

Alrededor de este personaje y por contraste se empiezan a develar las formas de una sociedad patriarcal, conservadora, basada en la sacra institucionalidad de la familia -o al menos en sus apariencias- y cuyas relaciones sociales se definen y valoran en función del poder económico.

Ante el ojo público, los Borden ostentan la calidad de una familia recatada de clase alta, con suficiente dinero para vivir holgadamente, pero que, renuente a los beneficios de la modernidad como la luz eléctrica, sigue iluminando la casa con velas y lámparas.

Puertas adentro, Bridget será testigo de la tensa convivencia entre Andrew Borden (Jamey Sheridan), su segunda esposa (Fiona Shaw) y sus dos hijas Lizzie (Chloë Sevigny) y Emma (Kim Dickens).

La relación familiar se deteriora a cada paso, entre rígidas normas de convivencia y los constantes desafíos a la autoridad por parte de Lizzie, en los que deja sentado su deseo de libertad y autodeterminación.

En medio de esa lucha familiar de poderes, la fuerza y el abuso patriarcal también recaerá sobre la humanidad de Bridget, condicionada por la sumisión y el silencio.

Entre luces y sombras y una paleta de colores fríos, el lento ritmo con el que avanza el filme es compensado con el cuidadoso trabajo de sonido, producción y cámaras que crea un ambiente opresivo, casi claustrofóbico, que alienta la proximidad entre las protagonistas. Ellas se reconocen y se alían en su necesidad de rebelarse contra la soledad y la violencia.

El vínculo que se desarrolla entre Lizzie y Bridget va de la curiosidad hacia una atracción física, en la que también se fragua un acto, que hoy bien podría debatirse como un execrable delito o un justo castigo.

El agobio y la rabia contenida que proyecta Sevigny frente a la cámara terminan opacando a una poco expresiva Stewart.

Entre las actrices hay complicidad pero no química, lo que crea un vacío emocional que invalida la idea de sostener el filme desde los argumentos psicológicos de los personajes. El filme intenta recuperar algo de atención adornando el desenlace con una serie de giros, que solo estiran el suspenso
hacia la escena del crimen.

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