2 de junio de 2019 00:00

Mid90s: Años de formación

Escena de Mid90s, que gira en torno a su personaje principal, el pequeño Stevie (segundo der.). El papel es protagonizado por Sunny Suljic. Foto: AFP

Escena de Mid90s, que gira en torno a su personaje principal, el pequeño Stevie (segundo der.). El papel es protagonizado por Sunny Suljic. Foto: AFP

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Juan Fernando Andrade

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Jonah Hill, conocido por sus papeles cómicos (desde la clásica Superbad) y por haberse convertido, en pocos años, en uno de los mejores secundarios de Hollywood, se arriesga como director y guionista con Mid90s.

La cinta le sigue los pasos a su personaje principal, Stevie, un adolescente que como cualquier otro anda buscando su lugar en el mundo, que tiene muchas, acaso demasiadas, ganas de pertenecer a algo, de encontrar su manada y seguirla guiando por el instinto de supervivencia. Pero poco después de partir con la historia comprendemos que, como ocurre en los mejores casos, más que un destino, lo que a Mid90s le interesa contar es el camino hacia él: digamos que no es una novela sino un cuento o un episodio.

Y en este caso lo que a nosotros nos corresponde es acompañar al personaje y estar con él en las buenas y en las malas, compartir los momentos de felicidad absoluta que a veces le intoxican el cuerpo, los descubrimientos que a su edad parecen y son definitivos, y bajar la cabeza y ponerle el pecho al dolor para resistirlo.

Stevie es pequeño en todo sentido, bajo de estatura y flaco, lo único que tiene, lo que le da onda y personalidad y acaso define su moral frente a la vida, es el pelo largo y un par de ojos que parecen estar viendo cosas que nadie más puede ver. Vive con su madre, que aún lo considera un niño indefenso y sobre todo inofensivo; y con su hermano mayor, una mezcla de héroe y villano al que Stevie ve como referente (se fija en sus discos, en sus revistas, en sus zapatos Air Jordan) y como enemigo: su relación se basa de las peleas que el hermano mayor siempre gana, en las que Stevie se defiende como un animal salvaje siempre contra el piso, en esas batallas casi a muerte en las que se golpean como solo dos hermanos pueden golpearse.

Entonces sí, Stevie es pequeño, pero no es eso lo que quiere ser, y como nos pasa a todos, en vez de mirar hacia atrás, de agarrarse con las uñas a los últimos momentos dorados de su niñez (cuando sonríe se nota claramente que aún es un pelado), corre desesperado hacia la adolescencia, como si se le fuera a escapar.

La vida que Stevie quiere está en la calle, en las pistas de skateboard, en esa gente que parece libre y se defiende y protege endogámicamente, como una tribu. Se junta con chicos mayores que él, comienza a fumar cigarrillos mentolados (comienza a toser) y a tomar cerveza para luego, antes de llegar a casa, lavarse la boca con jabón, literalmente. Uno de sus grandes momentos, cuando los otros empiezan a verlo realmente como uno de ellos, sucede en una escena que podríamos llamar de iniciación.

Están todos en un techo, saltando con sus patinetas sobre un vacío; Stevie apenas patina, se balancea sobre la tabla y se impulsa con el pie, no mucho más, pero igual lo intenta; sus amigos lo previenen, le dicen que no lo haga, pero él lo hace; Stevie toma impulso, se acerca al vacío, alguien grita tienes que ir más rápido, pero ese grito llega demasiado tarde; Stevie salta de un extremo del techo, cae antes de llegar al otro y su cuerpo queda derramado sobre una mesa. Ese salto es la gran prueba de carácter, de que Stevie se las trae y de que con él las cosas van en serio. Intentarlo es mucho más importante que lograrlo, porque ahí, en el intento, en el salto, en la tentación del fracaso, está la realización del valor y el coraje.

Como director, Jonah Hill ha logrado burlarse de la reputación de cómico escandaloso que lo precede, aunque últimamente sus papeles están más cercanos al drama que al humor (véanlo en la serie ‘Maniac’, estrenada en Netflix el año pasado).

Mid90s está filmada con cautela, con calma, quizás con los nervios propios del principiante, y hasta podría pasar por una película contemplativa de no ser por las emociones que chocan y rebotan entre las paredes de la pantalla.

Hill, que tiene a sus personajes muy cerca por una cuestión generacional y, también, se nota, de hermandad cósmica, ha decidido verlos de lejos, con planos fijos, y así se ha permitido crear el espacio suficiente para que se muevan con soltura y tomen sus propias decisiones (muchas de las escenas se resolvieron con improvisaciones sobre la marcha), un espacio que también nos pertenece a nosotros, que a ratos lo vemos todo desde adentro o desde el centro, como si estuviéramos atrapados en un remolino de patinetas y empezáramos de repente a girar como ruedas contra el asfalto.

Pero el verdadero logro de Jonah Hill es la manipulación de la nostalgia, la veracidad del recuerdo. Todos los elementos de la película, físicos y emocionales, corresponden a una época que todavía nos resuena en la cabeza.

Los peinados, el vestuario, las locaciones, la obligación de huir de todo lo que fuera popular y llenarse con lo alternativo, y ese tipo de lenguaje en clave solo para iniciados, son lo que podríamos llamar hechos de la vida real. Y es ahí cuando uno dice yo hacía lo mismo, a mí también me pegaron, mis amigos eran más importantes que mi familia, cuando la película triunfa porque nos vuelve parte de ella, nos demuestra que el cine de verdad se siente propio y autobiográfico.

Hay una escena en la que Stevie se ve aún más pequeño que en las demás, está en una fiesta, hablando con una chica mayor que él, sorprendentemente seguro de sí mismo y hasta coqueto; ella le pregunta si ha estado con una chica antes, él responde que sí pero se le nota la mentira; de todos modos ella se lo lleva a un cuarto. Cuando Stevie sale, cuando le cuenta a sus amigos lo que acaba de pasar (porque si no lo cuentas no existe), su rostro es el mismo de alguien que ha visto por primera vez el sol.

Quizá esa sea la clave para procesar Mid90s hasta apropiarnos de ella por completo: verla como una película sobre las primeras veces. No se trata de cometer errores y aprender de ellos, al contrario, se trata de cometer errores hasta que no haya más errores que cometer, y de encontrar en esos errores la luz de la verdad. Los golpes que damos y que nos damos, tanto como los que recibimos, nos van acomodando el esqueleto dentro de una armadura tan sólida y fuerte como el peso de nuestros recuerdos, de las cosas que decidimos hacer sabiendo que era mejor no hacerlas.

Al final de Mid90s uno se queda tranquilo: Stevie va a estar bien. A veces se llenará de miedo y ese mismo miedo le dará el coraje para vencerlo; a veces se llenará de rabia pero esa misma rabia le bastará para salir de cualquier jaula; a veces se llenará de lágrimas, y esas mismas lágrimas le lavarán la cara.

 *Editor adjunto de la revista Mundo Diners.

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