7 de julio de 2019 00:00

La memoria es un caleidoscopio

José Antonio Gómez Iturralde, en la sala de su residencia. Su pasión por investigar y escribir se inició con la publicación de un estudio sobre el pasado de su familia paterna. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

José Antonio Gómez Iturralde, en la sala de su residencia. Su pasión por investigar y escribir se inició con la publicación de un estudio sobre el pasado de su familia paterna. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor (O)
agarciav@elcomercio.com

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Tuitero a sus 93 años, escritor, historiador y cronista de Guayaquil. José Antonio Gómez Iturralde suelta de memoria nombres y fechas históricas en una conversación que vuelve siempre a su ciudad. El historiador guayaquileño reflexiona en esta entrevista sobre la memoria personal y su relación con esa otra memoria, la de los hechos históricos.

Decía Jorge Luis Borges que somos nuestra memoria, un quimérico museo de formas inconstantes y espejos rotos. ¿Somos esa naturaleza fragmentada?
Borges también decía que el cielo era una enorme biblioteca formada por las pequeñas obras de todos los hombres que han escrito en el mundo. Más que fragmentada diría que la memoria es una especie de mixturita de colores, como un caleidoscopio, y desde luego es también un ejercicio de imaginación, que implica representar de forma mental hechos, historias e imágenes.

Hay una memoria declarativa que almacena información como fechas, teléfonos, direcciones. ¿Es una memoria que utilizamos cada vez menos?

Pasa que las nuevas generaciones no están en contacto con esta necesidad, la tecnología todo lo facilita y todos los datos parecen estar al alcance, en el celular. La tecnología nos hace un poco perezosos en ese sentido, y veo con preocupación que los niños son víctimas, porque uno va a una reunión y no levantan la cabeza de la pantalla, no saben conversar, se evaden de la vida. No saben expresarse y los quiero ver buscando empleo o redactando un informe después, porque abrevian las palabras y menosprecian la ortografía.

Hay un auge de documentales y canales históricos ¿La nostalgia es hoy un marketing masivo?

(Sonríe) En cierto modo sí, pero la historia -que es una forma de educación- tiene un interés humano en sí misma, nos alude como especie. Yo no es que sea un nostálgico empedernido, pero es cierto que veo esa nostalgia en las historias y fotos antiguas que comparto en Twitter, hay una nostalgia por el tiempo que pasó o que no vivimos. Hay mucha pena, por ejemplo, por la arquitectura que desapareció, porque Guayaquil era una caja de fósforo expuesta a los incendios.

En palabras del historiador italiano Enzo Traverso, esa obsesión memorial es producto del declive de la experiencia transmitida.

No hay ese traspaso de experiencia y de tradición y eso es parte de la poca identidad de la que adolecemos; es verdad que hemos avanzado en un mayor sentido de pertenencia de la juventud hacia la ciudad, por ejemplo. Pero se necesita mucho más para formar ciudadanos disciplinados. Y el respeto al prójimo es una de las grandes expresiones de la civilización. La lectura es otro valor que hemos perdido y con ello se desdeña ortografía, vocabulario y claridad de pensamiento, porque al leer se mete usted en la forma de pensar de un montón de personas.

¿Se trata de suplir en la televisión una transmisión de experiencia y tradición que se hizo de otra forma?

Hemos perdido la transmisión oral. Tenía un tío abuelo, José Antonio Gómez Tama, que era un gran conversador, conservaba vivos los recuerdos de su juventud, de la familia, recordaba el nombre del primer Gómez que llegó a la ciudad. Y muchos años después esas conversaciones fueron el punto de partida para escribir mi primer libro, ‘Gómez, una familia guayaquileña’. Me descubrí investigador y me apasioné por la historia. Me dio una especie de fiebre por investigar y escribir que no ha terminado...

Gabriel García Márquez escribió, por su parte, que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos; y gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado. ¿Cree que todo tiempo pasado fue mejor?

No es verdad eso, el tiempo pasado tuvo su encanto, pero el hoy es mejor por comodidades y seguridades. Guayaquil, por ejemplo, era una ciudad malsana. En mi familia éramos cinco hermanos y murieron dos... y murió mi madre.

¿Y está de acuerdo con aquello de que si no conocemos el pasado estamos condenados a repetirlo?

Aun conociendo el pasado se repiten muchos errores. Y el problema es la falta de educación, todos los gobiernos ecuatorianos son deudores en educación. En términos políticos la falta de educación no permite discernir a la gente con claridad qué es lo que le conviene, y por eso elige lo que le gusta.
Historia y memoria comparten el mismo objeto, la elaboración del pasado.

¿Qué tanto de absoluto y de relativo tienen?

La historia es la reconstrucción científica, crítica, de la tradición y de la memoria ciudadana, de unos hechos históricos. La memoria es fundamentación de la historia, y es crucial la investigación y la documentación primaria -porque la idea no es solo leer y citar a otros autores-, pero en mis libros he incluido detalles de los que me acordaba, que no están registrados en ninguna parte.

¿La memoria suele ser absoluta y la historia es más bien relativa, susceptible siempre a nuevo contraste?

Sí, pasa incluso que no se unifican opiniones. Vea usted, la historia de la Fundación de Guayaquil, que celebremos este mes. Unos dicen que Guayaquil se fundó el 15 de agosto del 1534, y otros, el 25 de julio de 1547. Santiago fue fundada en Liribamba el 15 de agosto del 1534 pero esa fundación no sirvió de nada y había una cedula real de Carlos V que facultaba al conquistador a mudar de sitio esa ciudad a otro lugar, y fue trasladada al Litoral. Quito se fundó en el mismo lugar y fue trasladada al sitio donde está, el 6 de diciembre de 1534.

¿La historia y la memoria tienden a la distorsión?

La historia de Guayaquil ha sido distorsionada, disminuida u ocultada, por eso hay que investigar, escribir y difundir, por eso inicié hace unos años mi cuenta de Twitter, para difundir mis artículos, mis opiniones y compartir una colección de fotos antiguas. En el caso de la Fundación de Guayaquil celebramos el 25 de julio porque en una sesión 200 años después del establecimiento de la ciudad se dijo que había sido un 25 de Julio cuando se produjo la conquista de la ciudad y la provincia. No quiere decir que haya sido ese día, no exactamente, pues no está documentada la fecha.

¿Hay zonas grises en una y otra?

Claro y, si me permite, sigo con el ejemplo. Guayaquil fue un pueblo errante por el Litoral hasta llegar al cerro Santa Ana en 1547. Según Dora León se fundó en realidad el 16 de junio. Como conocedor del río me he cuestionado sobre lo que cuesta sacar un tronco grande de balsa, descortezarlo, jalarlo al agua y armar balsas. Porque eran 150 familias más sus animales que tenían que trasladarse, más de 700 personas tenían que trasladarse desde la desembocadura del los actuales Boliche o Bulubulu y se necesitan balsas grandes y con piso para que los animales no se rompan las patas. Yo he recalculado la fecha y apunto en lo que he escrito que, por pura casualidad, pudo Guayaquil haber llegado al cerro Santa Ana muy cerca de ese día o el propio 25 de Julio de 1547.

¿Qué es lo más antiguo que logra recordar a los 93 años?


Yo recuerdo mucho la sensación de montar a caballo con mi padre, cuando era muy pequeño, llevándome delante de él en la misma silla. Y luego la primera experiencia de cuando me subieron solo a un caballo, bien niño. Mi madre murió cuando yo tenía 1 año y mi padre desde muy niño me enseñó a cuidarme solo. Tenía libertad para practicar lo que me provocaba hacer, como por ejemplo tener un bote e irme a remar por el río a los 7 años.

¿Si la memoria es lo que somos, el olvido diluye nuestra identidad?


La gente cuando envejece pierde la memoria reciente, pero conserva la antigua -a no ser que padezca alguna enfermedad- por eso se suele decir, ‘qué memoria la que tiene ese señor’, pero es probable que no recuerde el nombre de la empleada que acaba de entrar.

José A. Gómez

Nació en Guayaquil en 1926, historiador y articu­lista. Fue miembro de la Academia Nacional de Historia y dirigió el Archivo Histórico del Guayas por 14 años. Obtuvo la Orden Nacional al Mérito en 2002. Es curador cultural del Club de la Unión, con el que ha editado ocho libros -dos suyos- de la Colección Bicentenario Independencia de Guayaquil, sobre historia de la ciudad.

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