30 de septiembre de 2018 00:00

Tlatelolco: la trágica muerte de la alegría

La Plaza de las Tres Culturas fue el escenario de una movilización estudiantil. Militares abrieron fuego por orden del gobierno de Díaz Ordaz. Foto: Cortesía.

La Plaza de las Tres Culturas fue el escenario de una movilización estudiantil. Militares abrieron fuego por orden del gobierno de Díaz Ordaz. Foto: Cortesía.

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Leila Gómez* (O)

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‘Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la
Reforma, Juárez, Cinco de ­Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a una feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro, estarán allí hinchándose bajo la lluvia, en una feria en donde el centro del tiro al blanco serán ellos, niños-blancos, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así, el uno junto al otro, como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, clic- clic- clic- clic y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando
la ­cortina de satín rojo” .

Así inicia Elena Poniatowska, la conocida periodista y escritora mexicana, su libro ‘La noche de Tlatelolco’ (1971), en el que recoge los testimonios y fotografías de los protagonistas, testigos y sobrevivientes de la masacre es­tudiantil ocurrida el 2 de octu­bre de 1968, en la histórica ­plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, México.

En esta cita, Poniatowska resalta la alegría y la inocencia de estos jóvenes que, desprevenidos, fueron masacrados por francotiradores y soldados del Ejército, mandados por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, a diez días de celebrarse los Juegos Olímpicos en Ciudad de México. Los disparos se sucedieron por varias horas, hasta las doce de la noche, dejando un número impreciso de muertos y heridos y miles de detenidos.

Los periódicos de los días siguientes dan datos oscilantes, entre una treintena y centenares de muertos, entre centenares y miles de heridos. En ‘Posdata’, Octavio Paz cita el número que el diario inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa, considera como el más probable: 325 muertos. No se llegaron a saber con precisión estos números. Lo cierto es que, como señala uno de los testimonios del libro de Poniatowska, “Tlatelolco entero respira sangre”.

Cerca de las cinco y treinta de la tarde se habían reunido en la Plaza de las Tres Culturas más de 10 000 personas, en
su mayoría estudiantes, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, amas de casa con sus niños en brazos, vendedores ambulantes, vecinos. Las demandas del movimiento estudiantil eran la libertad de los presos políticos, la extinción del cuerpo de Granaderos -instrumento de represión-, la destitución de ciertos generales del Ejército, la indemnización de las ­familias de muertos y a los heridos en manifestaciones an­teriores, entre otras.

El reclamo de fondo de estos jóvenes, que provenían de diferentes instituciones educativas, como el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Autónoma de México, eran la democratización del sistema autoritario y unipartidista del PRI, el rechazo a una sociedad de consumo y el tener, ellos, los jóvenes, mayor representación en la toma de decisiones del país.

El movimiento estudiantil no se inició el 2 de octubre. Las demandas y enfrentamientos con el Gobierno llevaban varios meses, incluso años. El 13 de septiembre se había rea­­li­zado la gran Manifestación del Silencio. En estas protestas también había habido muertos, heridos y detenidos.

Para la historiadora Eugenia Allier Montaño, de la UNAM, el 2 de octubre no fue la primera ni la última manifestación de un movimiento pacífico y legal en ser reprimida por el PRI en el s. XX. También lo fueron el movimiento magisterial de finales de la década de 1950, el movimiento ferrocarrilero (1958-1959) y el movimiento médico (1964-1965), entre otros.

Sin embargo, el movimiento estudiantil se instaura como el inicio de la lucha por la democracia y la noche del 2 de octubre como la expresión más evidente del autoritarismo del Gobierno, como el epítome de toda la represión anterior. Esta masacre ocupa una centralidad en la memoria, como la más feroz sufrida por un movimiento estudiantil en América Latina, y en México, como la lucha política de civiles más importante luego de la Revolución Mexicana.

El diario Excélsior del 3 de octubre relata: “Unos trescientos tanques, unidades de asalto, yips y transportes militares tenían rodeada toda la zona, desde Insurgentes a Reforma, hasta Nonoalco y Manuel González. No se permitía salir ni entrar a nadie… Se luchó a balazos en Ciudad Tlatelolco”.

Díaz Ordaz había dado la orden de represión para desmoronar el movimiento estudiantil, su desacato. Como dice Poniatowska: “Posiblemente no sepamos nunca cuál fue el mecanismo interno que desencadenó la masacre de Tlatelolco. ¿El miedo? ¿La inseguridad? ¿La cólera? ¿El terror a perder la fachada? ¿El despecho ante el joven que se empeña en no guardar las apariencias delante de las visitas?” Pero se provocó el efecto que se buscaba evitar. Los corresponsales extranjeros que estaban en México para cubrir los Juegos Olímpicos comenzaron a enviar notas a todo el mundo para informar sobre los sucesos.

En el contexto de la Guerra Fría, Díaz Ordaz justificó la represión aludiendo a la supuesta conexión del movimiento estudiantil con Cuba y la Unión Soviética. Si bien es cierto que existían militantes comunistas y simpatizantes de la Revolución Cubana entre los estudiantes, el movimiento excedía estos parámetros. La mayoría de ellos se sentía parte del movimiento por un ideario generacional que se oponía a lo que se percibía como el ­conservadurismo del Gobierno y de los mayores. Más allá de la ideología partidista, el Che era para los jóvenes  una imagen de rebeldía.

Para protagonistas de esta generación, como David Huerta, se trató de una juventud temprana, casi adolescencia, dividida entre las simpatías por los cubanos y la atracción por la cultura popular de Estados Unidos. Salvador Martínez Della Roca va en la misma dirección cuando afirma que: “En 1968 había imágenes y símbolos: el Che era quijotesco, Casius, Los Beatles, Los Rolling Stones, Ángela Davis, Regis Debray, la guerrilla en Bolivia, la Revolución Cubana, el mayo francés” (Vázquez, Memorial, 2007).

La minifalda, las drogas, el pelo largo, las pastillas anticonceptivas formaban parte de esta cultura juvenil rebelde e idealista. México fue el epicentro de un fenómeno estudiantil más grande, que tuvo lugar también en Praga, Tokio, París, Córdoba, Berlín, Nueva York, etc.

La masacre de Tlatelolco dio lugar a múltiples representaciones artísticas y culturales que funcionan como un lugar para la memoria de los hechos a través de ficción, crónicas, testimonios, periodismo, documentales, filmes.

Una de las más recientes es la novela ‘Amuleto’, de Roberto Bolaño, donde una exiliada uruguaya en México rememora su experiencia de la toma de la UNAM por el Ejército, el mismo día de la matanza en Tlatelolco.

La uruguaya Auxilio La­couture logra sobrevivir encerrada en el baño de la universidad por diez días. Desde allí recuerda a esta juventud feliz en un relato en el que Bolaño repite esta imagen de alegría juvenil en Poniatowska: “Y los oí cantar, los oigo cantar todavía, ahora que no estoy en el valle, muy bajito, apenas un murmullo casi inaudible, a los niños más lindos de Latinoamérica, a los niños mal alimentados y a los bien alimentados, a los que lo tuvieron todo y a los que no tuvieron nada, qué canto más bonito es el que sale de sus labios, qué bonitos eran ellos, qué belleza, aunque estuvieran marchando hombro con hombro hacia la muerte…

Así pues, los muchachos fantasmas cruzaron el valle y se despeñaron en el abismo. Un tránsito breve. Y su canto fantasma o el eco de su canto fantasma, que es como decir el eco de la nada, siguió marchando al mismo paso que ellos, que era el paso del valor y la generosidad, en mis oídos. Una canción apenas audible, un canto de guerra y de amor, porque los niños sin duda se dirigían hacia la guerra pero lo hacían recordando actitudes teatrales y soberanas del amor …” (126).

Aunque hoy Tlatelolco se recuerde como el lugar ominoso de la represión, fue el inicio del proceso de apertura democrática en México en las décadas siguientes, y en ese sentido fue una victoria de la (generosa) juventud.

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