5 de agosto de 2018 00:00

Mariana de Jesús, la Santa Alegre

Luis subía Óleo de Joaquín Pinto sobre la Santa. Templo de La Compañía.

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Amílcar Tapia Tamayo

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Dentro de la historia social y religiosa del Ecuador, santa Mariana de Jesús ocupa un lugar importante, particularmente entre los quiteños, quienes la conocen comúnmente con el nombre de ‘Azucena de Quito’. De ella recordamos los 400 años de su nacimiento.

Su corta existencia (31 de octubre de 1618 al 26 de mayo de 1645) transcurrió en Quito, entonces sede de la Real Audiencia de Quito, creada por Felipe II en 1563. En tan limitado tiempo de vida, se reconocen tres etapas bien diferenciadas: la primera infancia hasta más o menos los 5 años; la segunda, quizá hasta los 11 o 12; y luego con gravedad prematura, sin transición de adolescencia, al tenor uniforme de una madurez asentada en asombroso heroísmo hasta la temprana muerte. (Espinosa Pólit, Aurelio, Santa Mariana de Jesús, Quito, Offset Ecuador, 1975, p.11)

Mariana fue la última de ocho hijos del capitán Jerónimo Flores Zenel de Paredes, español, y Mariana de Granobles y Jaramillo, quiteña. Fue bautizada en la iglesia de El Sagrario el 22 de noviembre de 1618, siendo padrino su abuelo materno. (Libro de bautizos de la iglesia de El Sagrario, 1618) Su padre fue oficial de Milicias de Quito y su madre descendía de familias distinguidas de la capital, que poseían grandes propiedades en los alrededores: una de ellas fue la hacienda Granobles, localizada en las cercanías de Cayambe, la cual, incluso, siglos más tarde, fue arrendada por García Moreno cuando ocurrió el terremoto de Ibarra en 1868.

La muerte de su padre ocurrió cuando la niña tenía apenas 4 años. Poco tiempo después también murió su madre, padeciendo orfandad a tan tierna edad, razón por la que fue acogida por su hermana Jerónima de Paredes y su esposo Cosme de Caso y Miranda. El padre Espinosa comenta que Mariana tenía cinco pequeñas compañeras: su hermana mayor Inés; sus tres sobrinas (hijas de Cosme y Jerónima) Juana, María y Sebastiana de Caso; y la quinta niña, de nombre Escolástica Sarmiento.

Su niñez transcurrió en medio del afecto y cuidado de su familia. Mariana, a su vez, correspondió al cuidado por educarla, como hija siempre obediente y dedicada a pedir permisos, como estudiante sobresaliente tanto en aritmética como en manualidades. Aprendió además a tocar instrumentos musicales con destreza, sobre todo la vihuela.

La niña “era de carácter suave, atrayente y simpática, fue buscada por los suyos y los más cercanos, tanto para la sabrosa tertulia familiar, el juego infantil, la risa, la diversión sana (…) y más tarde se convirtió en la bien cotizada consejera de propios y extraños”.

(Benítez Romero, José, S.I. Santa Mariana de Jesús, Quito, Gráficas Argenis, 2018, p.15) Con ella, las mujeres bordaban juntas, tejían y también la escuchaban con agrado hablar de Dios y aprendían el catecismo.

Llegados los 12 años, destinaba una parte de su tiempo para la oración, actividad en la cual la pequeña ponía especial empeño y gran madurez que había demostrado desde cuando tuvo uso de razón, causa por la que era motivo de admiración entre la gente de la para entonces pequeña ciudad de Quito, que no pasaría de los 20 000 habitantes. Ella misma cuenta en sus confesiones, escritas por orden de sus confesores jesuitas: “De seis a nueve, oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez, saldré de mi aposento por un jarro de agua, y tomaré algún alimento moderado y decente. De diez a doce ejercitaré oración mental” (Ibid. Espinosa, p. 27).

Luego, dedicaba gran parte de las tardes a los trabajos manuales, sobre todo maravillosos bordados, que eran vendidos para apoyar a los más pobres y menesterosos, que en gran número se concentraban a la puerta de su casa para pedir ayuda. Jamás tomó un centavo de las cuentas familiares, por cuanto consideraba que “…a Dios le agrada que mis pobres coman de mi trabajo y esfuerzo”. Sus prendas eran muy solicitadas, sobre todo por las damas que le pagaban buenos patacones. (Ribas, Juan Miguel, Pbro., Santos de América, Lima, Imprenta de L.M, 1950, p. 76).

Muchos indigentes se juntaban a mediodía en casa de Mariana (ahora convento del Carmen Alto) para recibir las limosnas que les ofrecía a diario. Luego de ello, invitaba a los más desagradables para asearlos personalmente, sin que ellos le causen repugnancia alguna; no así a sus parientes y sirvientes que se hallaban presentes, quienes huían ante la desagradable figura y el estado de los menesterosos. Una vez que los limpiaba, ingresaba a su cuarto y sacaba una pequeña canasta llena de pan para repartir entre ellos. Sus allegados no se explicaban de dónde venía, porque en casa ella no amasaba, y tampoco nadie lo enviaba; sin embargo, nunca le faltó este gesto de caridad. (Ibid. Espinosa, p. 32)

don de Dios que la tristeza de la doble orfandad desde su niñez no marchitara con su sombra la espontánea sencillez y candor de su semblante e interior alegre, y dejara en ella la huella indeleble, sobre todo en su primera juventud, y se prolongara durante toda la vida. (Ibid. Benítez, p, 19)
En cuanto a la resolución adoptada por sus familiares para que ingresara a un convento en razón de su piedad y amor por Dios, todo intento fue fallido, causa por la que el jesuita Juan Camacho sugirió que Mariana hiciera su vida de santidad desde su propia casa, en la cual instauraría una vida de oración y extrema penitencia. Uno de sus directores espirituales fue el Hermano Hernando de la Cruz, quien, a más de su vocación jesuita, era un extraordinario pintor, y con su pincel pudo captar el rostro verdadero de la futura santa quiteña.

El 15 de marzo de 1645 se produjo el pavoroso terremoto de Riobamba, que destruyó la urbe y la región circundante. Quito podía correr igual suerte con las réplicas. Por esa misma fecha, la capital padecía de una grave epidemia de alfombrilla y garrotillo (sarampión y angina), que causaba graves estragos en la población tanto española como indígena. Mariana de Jesús acudió al templo de La Compañía de Jesús y escuchó que el célebre jesuita Alfonso de Rojas ofrecía a Dios su vida por la defensa de la ciudad. Al instante, la santa pidió al cielo que tomara su vida y no la de este religioso, por cuanto ella “amaba a Quito con toda su alma y ofrecía su existencia a cambio de la protección divina para su pueblo”. (Bravo, Julián, La santa quiteña, conferencia, agosto del 2010)

Ese mismo día enfermó gravemente y padeció atroces ­dolores que le causaron la muerte el viernes 26 de mayo de 1645. Falleció a los 27 años de edad.
Fue canonizada por el papa Pío XII, el 9 de julio de 1950. Sus restos descansan en el altar mayor de la iglesia de La Compañía de Jesús de Quito, en un arcón donado por Gabriel García Moreno; en tanto que sus objetos personales reposan en un relicario localizado en el altar de la Virgen de Loreto, de la misma iglesia, obsequiado por González Suárez. 
*Numerario de la Academia Ecuatoriana de Historia Eclesiástica.

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