María Luisa González: ‘La copia como trampa es algo que desgasta’

La bailarina María Luisa González, en su casa en Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

La bailarina María Luisa González, en su casa en Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

La bailarina María Luisa González, en su casa en Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

La bailarina María Luisa González tiene un lugar reservado en la historia del arte ecuatoriano. Hace poco más de un año, celebró una trayectoria de cinco décadas sobre las tablas del Ecuador y de varios escenarios del mundo.

Es irónico que se presentara un mes antes de la pandemia y se lo titulara ‘De cuerpo presente’.

Y estamos de cuerpo ausente. También hemos perdido el rostro. La primera vez que hice fila para las compras se me iban las lágrimas. Todos estaban atravesados por el miedo, pensando dónde está el virus. Quizá ahora no se perdió el miedo, pero nos hemos acostumbrado a manejarlo.

Hay un trabajo intenso de los artistas escénicos en las presentaciones virtuales…

Muchos han tenido que migrar a estos nuevos formatos porque la vida sigue. Y eso es lo que hacemos y lo que somos. Hay trabajos muy interesantes que han permitido que se conecten con otras partes del mundo, pero no es lo mismo.

¿Por qué?

Lo nuestro es un hecho único e irrepetible porque queremos convocar una vivencia, no solo para el que está en el escenario, sino para el espectador. Lo otro, puedes parar el video, tomar un café, contestar el teléfono…

¿Se acabará tras la pandemia?

No creo que se lo vaya a dejar, pero lo otro hace falta. Ojalá que podamos renacer. Los movimientos del arte son como una gran ola. Queremos reconocernos y reencontrarnos en un mar de aguas más tranquilas.

¿Cómo convocar una vivencia?

Trabajamos sobre lenguajes que están basados en las subjetividades. Hacer lecturas de eso es complejo. En la danza tenemos varios caminos. El uno, que se ha manejado todo el tiempo, es pensar que la danza es construir un lenguaje desde el propio cuerpo a partir de una narración. De ahí viene la necesidad del otro, de la percepción, de la mirada, de la interpretación y la lectura. Pero en los últimos 20 años, las danzas moderna y contemporánea han pedido otros lugares de ubicación del cuerpo, fuera de las grandes narraciones. Eso quiere decir que ya no interesa que el lenguaje sea narrativo, sino que permita conmover y mover, que la lectura no sea única. Lo que más nos interesa es que el espectador salga conmovido.

Los retos son complejos…

Isadora Duncan hablaba de la libertad en el escenario y hablaba del ser humano. Ella decía que sus mejores maestros de danza eran Federico Nietzsche y Walt Whitman. La literatura, la música, las artes plásticas, siempre están entrelazadas con la danza, que ha podido juntar todo eso para hacer un código simbólico.

La búsqueda de libertad es permanente en el arte, pero ¿hay alguna medida para eso?

Hablamos de la libertad del ser humano creativo. Los sueños y la imaginación pueden ser maravillosos y se viaja a mundos increíbles. Pero eso bajado a la realidad de un montaje escénico tienes sus límites, que son físicos en primer lugar. Queremos volar, pero el cuerpo físico, el mundo y el terreno no nos lo permiten. Pero por otro lado, lo que más nos interesa es que haya más libertad en la búsqueda dialéctica, que nunca va a haber una sola libertad. Lo importante, desde donde me ubico (bailarina, creadora, mujer) es esa libertad de saber los propios límites y no depende solo de mí, sino que el contexto social, económico y político hacen que yo pueda decidir algunas cosas.

Usted habla de creatividad. ¿Qué pasa con las copias?

Es triste porque hay un triple engaño. ¿Qué queremos con la copia? En el caso del arte, cuando uno da los primeros pasos, ingenuamente empieza copiando como un ejemplo. Esa mimesis es un ejercicio. La danza nació como una mimesis. Hablando de creatividad en el momento actual, hay un agotamiento de la danza, la copia de la copia. Ya no hay una creatividad sino que hay un ponerse de moda. Por otra parte, la copia como esa pequeña trampa, como la que hay en el colegio y en la cotidianidad, es entrar a un mundo que desgasta a uno, al otro, al maestro, a la sociedad porque no llevan a ningún lado.

Y se busca ser original.

En el arte, la creatividad no es pensar en algo fabuloso o quién hace más destrezas. Es al revés. La originalidad quizá debe dejar todo lo que está de moda, porque es terrible y se vuelve a una dictadura. En la danza está el gesto, que es heredado. Ese gesto primario tiene que estar pulido porque es único e irrepetible. Y viene lo que en danza llamamos la singularidad del cuerpo, que por supuesto tiene un lenguaje y un entrenamiento. Como dijo Foucault, es ese cuerpo domesticado.

Eso es muy duro.

Es terrible, pero en la actualidad queremos que sea liberador. Sí hay un entrenamiento desde el comienzo, pero ya no queremos que sea castigador. Cuesta, duele, cansa, como a los deportistas, pero eso es solamente un camino que, si uno puede manejar con buenos maestros, no será castigador, sino liberador.

Ha recibido propuestas para ir al extranjero. ¿Por qué no decidió tomar sus valijas e irse?

Primero por temor. Creo que he sido un poco tímida. Tuve una propuesta de quedarme en Alemania. He sentido que aquí ‘yo soy’, a pesar de que mi estadía en México fue muy grata y habría querido quedarme un poco más. Estuve tres años y cada vez que se acababa la visa, era difícil renovarla a pesar de que estaba bailando y estudiando. Me cansé de pelear por los papeles. Aquí he sentido, primero intuitivamente y luego afectivamente, que este es mi lugar. Y siento que aquí he podido hacer cosas. Cuando fui directora del Instituto y de la Compañía Nacional de Danza podía hablar con ministros porque me tocó tomar la dirección en las crisis económicas y había reducción del gasto en cultura… Mi lugar ha sido aquí; caminar con varias generaciones y ver crecer la danza, a pesar de que no tenemos tanto público. Pero vamos creciendo: ahora hay universidades que ofrecen una licenciatura en danza.

TRAYECTORIA

Es una de las grandes figuras de la danza en Ecuador. A los 16 años ingresó al ballet folclórico de Marcelo Ordóñez. El año pasado, cumplió 50 años y lo celebró a lo grande con tres obras recogidas en ‘De Cuerpo presente’, en el Teatro Nacional Sucre.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 12 de abril de 2021