23 de diciembre de 2018 00:00

El despojo, sistema de violencia

El artista guayaquileño Marco Alvarado posa en el MAAC, que acoge un proyecto que contó con su dirección artística: la muestra colectiva ‘Contaminados, lo popular en el arte’. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

El artista guayaquileño Marco Alvarado posa en el MAAC, que acoge un proyecto que contó con su dirección artística: la muestra colectiva ‘Contaminados, lo popular en el arte’. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor
agarciav@elcomercio.com

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Marco Alvarado ha sido testigo de procesos de despojos de tierras en recintos montuvios del Guayas y en comunas de Santa Elena. Su propia casa de caña en el recinto La Esperanza (Guayas), desde donde dirigía un proyecto de arte comunitario, fue arrasada a causa del fenómeno. Habla también, a un nivel más íntimo, del despojo de la muerte, aún más doloroso pero igual de revelador.

¿Podríamos empezar ensayando una definición personal de despojo?
Es un sistema de violencia, que nos lleva a una larga historia de poder, entendiéndose poder como esta relación de dominio y subordinación. Es un tema candente ahora porque hay una disminución de los recursos naturales no renovables como los hidrocarburos. En América Latina y en Ecuador somos vistos como un gran territorio verde donde hay agua, sol todo el año, un gran potencial de recursos. Y los humanos estorban para las transnacionales y para los intereses económicos privados, es uno de los factores del despojo de tierras, por ejemplo.

¿En esos recursos naturales entra también el potencial turístico?
Sí. Y el turismo entraña riesgos en el sentido de que tiene que ver con la objetivación, el convertirlo o reducirlo todo a mercancía, incluso las prácticas y tradiciones culturales, o las memorias de los pueblos. El peligro es que en el momento en el que entra el Estado o la normalización se produce una perspectiva reguladora, burocratizadora.

¿Hay un despojo también de saberes culturales?
Pasa con los artesanos de La Pila (Manabí), por ejemplo, que no pueden reproducir las piezas precolombinas, si no es con una normalización. El Estado les dio un sello que ni siquiera sirve porque no entra en la arcilla húmeda. Entiendo que está de por medio el tema de control del patrimonio intangible. ¿Pero hasta dónde ese saber no le pertenece a un habitante de La Pila, que tiene en su memoria, en su forma de vida, hasta en su fenotipo y su perfil étnico que es un manteño? Son claramente descendientes de la nación manteña y el Estado les dice que están falsificando piezas, cuando lo que están haciendo es poniendo en práctica el saber que les transmitieron sus abuelos y sus ancestros.

En ese sentido, ¿el despojo se convierte en un corte?
Hay una mutilación, se está poniendo un muro a un artesano que se lo desvincula de su pasado ancestral solo porque está vivo y porque al usar imitaciones de camisetas Adidas o zapatos Reebok ya no es indígena ni es exótico. Lo ideal sería una política de respeto a la autonomía, pero ese diseño de indicadores o de modos de operar esas realidades implica un esfuerzo que el Estado no va a hacer nunca, pues es incapaz de pensar de manera distinta porque jamás se va a subvertir o revolucionar a sí mismo, porque es todo un engranaje de intereses y de corrupción.

El engaño y la violencia física suelen estar detrás del despojo. ¿Qué papel juega la usurpación?
La usurpación se normaliza y encuentra visos de legalidad. En sectores rurales de Pedro Carbo o Isidro Ayora, donde trabajé proyectos en las comunas, conocí casos de campesinos que vivían con la amenaza constante de trasladarse porque esas tierras podían ser invadidas, declaradas bien público por improductivas o adquiridas a través de trampas de préstamos de fomento productivo. Otra constante es que hay predios con tres propietarios, todas supuestamente legales. También se corrompe a los directivos de las comunas.

¿Qué pasó en La Esperanza, cuyo desalojo documentó en su libro ‘Difícil de leer’, una realidad que pasó también a través del tamiz de la pintura de paisajes y del cuento?
La Esperanza (caserío a 40 kilómetros de Isidro Ayora) era el nombre de un proyecto de reforestación del Ministerio de Agricultura en la provincia del Guayas. En 2009 el Ministerio y los campesinos aceptaron mi proyecto de vincularlos con un grupo de artistas e intelectuales para buscar modos de proteger el bosque seco a través del arte y proyectos de investigación científica. Pero en 2010 los campesinos fueron víctimas de un abusivo e ilegal desalojo, con más de 200 policías, a favor de intereses personales de poderosos miembros de la red de corrupción que sostiene el propio Estado, que se fue en contra de un proyecto proforestal que era parte del propio Gobierno. Prevalecieron los intereses de los madereros.

¿El despojo deja cicatrices hondas en la sociedad?

Muchas familias de La Esperanza no pudieron regresar a sus predios, me he encontrado en Guayaquil con algunos de esos campesinos vendiendo frutas o trabajando como jardineros. Supe que una chica estaba estudiando para enfermera. Es un despojo cultural también porque se pierde la relación con el entorno. Aunque es cierto que el desarraigo cultural está en la médula de estas comunidades, es muy común encontrarse con jóvenes que no quieren saber nada del entorno en el que viven.

¿El factor cultural facilita también las prácticas del despojo de tierras ?
Así es. La industria del espectáculo lo permea todo y los jóvenes acatan ese rumbo. Se vuelven unas culturas de mentalidades planas, presas fáciles de quienes están allí para aprovecharse. Hay la violencia del oportunista, llámese político o empresario, pero también existe una violencia por la inercia del aparato estatal. Y el Estado no se va a subvertir, por eso es que no educa sino que adoctrina.

¿En su caso el impacto emocional de atestiguar el desalojo de La Esperanza fue tan fuerte como para buscar convertirlo en arte?
El dolor, la frustración y la indignación atraviesan una experiencia como esta. Pero las responsabilidades cruzan y nos atañen a todos, incluso a los campesinos, porque hay campesinos que saben cómo están ocurriendo las cosas y al mismo tiempo se aprovechan. Hay corrupción entre los campesinos y los dirigentes de los grupos, entonces es un cáncer. La ética es la excepción.

¿Cuál es la solución?

El sistema es corrupto y si alguien se opone y denuncia es perseguido o por último le mandan un sicario y eso posicionó de la manera más descarada en la década pasada. Una vía de solución es el autogobierno, la consolidación de circunscripciones autónomas, que el marco jurídico ampara. El sistema cultural otra vez juega en contra.

¿Cuál es el papel del arte en el aporte a estas luchas?
El vínculo y la expansión de lo estético a lo ético está cruzado por el ‘bien hacer’, que está en el origen mismo de la palabra arte. Creo que no están distantes. En la historia del arte latinoamericano de hecho se ha acuñado el término de ‘artivismo’, un mezcla de arte con activismo. En la exposición ‘Contaminados’, del MAAC, tenemos algunos ejemplos de ello. Pero hay un montón de preguntas: ¿Hasta dónde es la competencia del artista? ¿Hasta dónde es una ingenuidad practicar el activismo? ¿El sometimiento al ‘statu quo’ es el único camino?

¿Ahora, el despojo también puede ser revelador sobre nuestra condición?
El dolor enseña. El dolor está relacionado con el apego y los apegos, con la falta de conocimiento que tenemos de cada uno y de aceptación.
¿Y qué nos dice de la muerte, ese otro despojo, más definitivo?

Tras la muerte de mi padre le hice caso, por primera vez pinté paisajes. Lo descubrí como una persona diferente, que yo desconocía, un médico de espíritu hippie y lamenté no haberle conocido realmente. Y como un homenaje pinté paisajes, pero como registro de estos procesos de despojo.

¿Qué relación encuentra ahora entre ese despojo íntimo y el colectivo?
Con su incapacidad de organización y de lucha, los comuneros también estaban atravesando un luto. El luto por el padre perdido, en mi caso; y el luto por el ancestro ausente en ellos, el masculino guerrero perdido.

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