16 de febrero de 2020 00:00

Maras, un tatuaje difícil de borrar

Los tatuajes en varias partes del cuerpo representan al grupo de pertenencia, y también pueden incluir figuras importantes para cada miembro. Foto: Yuri Cortez/ AFP

Los tatuajes en varias partes del cuerpo representan al grupo de pertenencia, y también pueden incluir figuras importantes para cada miembro. Foto: Yuri Cortez/ AFP

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María Carvajal A. Editora (O)

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El programa Borrón y Vida Nueva, que incluso ha contado con el apoyo de Unicef, lleva casi 20 años ayudando a niños y adolescentes centroamericanos a borrar los tatuajes que los identifican como miembros de una mara, nombre genérico asignado a las pandillas de esa región.

En más de un documental -con miles de visitas en YouTube- se encuentran los testimonios de personas que realizan este tratamiento a través de rayos láser , o de enfermeros que refieren la llegada de jóvenes que tratan de sacarse por su cuenta las marcas, a veces hasta con un cuchillo, sin importarles ni la sangre ni el dolor.

El capítulo de la historia que registra la guerra civil en El Salvador (1980-1992), con todo y sus 75 000 muertos, ya se vuelve solo el preámbulo de un estado de violencia constante, que, sin ser un conflicto armado declarado, se ha cobrado más víctimas que los de Afganistán, Iraq, Siria y Yemen juntos, según cálculos del diario The New York Times.

Desde su llegada a la Casa Blanca en 2016, Donald Trump las ha tenido en la mira; hace dos años llegó a decir que “no son personas, son animales”; su Gobierno hace amplia promoción cada vez que arresta a uno o varios de sus miembros. El recién posesionado presidente guatemalteco, Alejandro Giammattei, proclamó en su discurso inaugural la intención de declararlas grupos terroristas, y su homólogo salvadoreño, Nayib Bukele, se encuentra en estos días en una pugna con su Legislatura porque quiere hacer un préstamo para reforzar a la fuerza pública, en un intento por mermar este fenómeno a balazos.

Sin embargo, las cifras y los hechos -registrados cada día en los despachos de las agencias internacionales de noticias- muestran que la impronta de este monstruo de múltiples cabezas es tan profunda, que la retórica política escasamente llega a hacerle cosquillas. Estamos hablando de pobreza reflejada en falta de educación y falta de oportunidades, y en un entorno de violencia y narcotráfico ya se vuelve difícil precisar si la migración forzada es una causa o un efecto.

Si se considera que casi tres de cada cuatro jóvenes que pertenecen a una pandilla en el ‘triángulo de fuego’ -como se conoce al territorio de El Salvador, Honduras y Guatemala- no ha terminado la secundaria, sorprende su capacidad de organización al punto de extender sus dominios hasta el otro lado del Atlántico. Diarios como El País de España cuentan cómo, desde la década pasada, miembros de la Mara Salvatrucha empezaron con USD 10 000 un negocio de lavado de dinero a través de la compra y venta de vehículos.

Mantener la atención los 57 minutos que dura el documental ‘The Maras Life MS-13’, rodado en Honduras, significa sentir escalofríos más de una vez. El dueño de un negocio de ataúdes relata que recibe por lo menos tres o cuatro llamadas por día de familias que tienen que hacer colectas puerta a puerta en sus barrios, para reunir el equivalente en lempiras a USD 50, que es el precio del cofre más barato. En él se enterrará a un joven abatido o acuchillado en cualquier esquina, que la morgue entrega a sus parientes sin dar ni pedir mayor explicación. Viudas que por miedo ni se atreven a preguntar si empezó algún proceso judicial por el asesinato de sus maridos; adolescentes que afirman que la mara es la segunda familia que la vida les da, y que sienten orgullo de ella aunque sepan que vender droga y extorsionar no les va a llevar a ninguna parte...

Para equipos de gobiernos como el de Bukele, es un logro anunciar que el número de homicidios por cada 100 000 habitantes bajó entre 2018 y 2019. Pero a El Salvador le falta mucho para dejar los primeros lugares en el ranking de los países con más asesinatos elaborado por la ONU, que compartió el año pasado con Venezuela, sobre todo cuando hasta los más optimistas reconocen que los nexos con el crimen organizado y el cobro de un ‘impuesto’ hasta al puesto más humilde de venta de tortillas, en la que quien no paga simplemente muere,siguen tan arraigados y sin posibilidad de acabar.

Las caravanas de migrantes centroamericanos que cruzan ríos a pie para entrar a México y desde ahí hacer el intento de llegar a EE.UU. huyen de la violencia en sus países, generada en gran proporción por las maras. Y organizaciones como Médicos Sin Fronteras (MSF) claman que muchos de los desaparecidos son sujeto de un reclutamiento forzoso de parte de las mismas pandillas de las que estaban escapando.

Ya casi se completan cuatro décadas desde que surgió la primera Mara Salvatrucha en las calles de Los Ángeles, y la historia de inmigración seguida de deportación, violencia y muerte continúa en barrios estadounidenses, como en los del ‘Triángulo de fuego’. Es un tatuaje social que no se borra con sangre ni con rayo láser, ni siquiera con los discursos incendiarios de Trump.

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