25 de agosto de 2019 00:00

Cuando el mar se rehusó a ser cómplice

La Chocolatera fue el escenario del hallazgo, el 31 de agosto de 1970. Los autores del asesinato trataban de que el cuerpo se hundiera en el mar. Foto: Archivo El Comercio

La Chocolatera fue el escenario del hallazgo, el 31 de agosto de 1970. Los autores del asesinato trataban de que el cuerpo se hundiera en el mar. Foto: Archivo El Comercio

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German Rodas Chaves

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En las primeras horas de la mañana del lunes 31 de agosto de 1970, a 2 kilómetros de la población de Anconcito, en el lugar conocido como La Chocolatera, fue encontrado por los pescadores de la región un saco de yute donde se hallaba un cadáver. Era evidente que quienes lo arrojaron al mar intentaron esconder su culpa, hundiendo el cuerpo del occiso en las profundidades de las aguas que, finalmente, se negaron a ocultar este suceso.

Las autoridades de la zona hicieron el levantamiento del cadáver y ordenaron que se practicara la autopsia de ley, la misma que estableció, gracias a las huellas dactilares, la identificación de la víctima. Se trataba de Rafael Brito Mendoza, estudiante de Derecho de la Universidad de Guayaquil.

Brito Mendoza estuvo muy cerca de la lucha estudiantil de 1969 que se inició el 14 de abril de ese año, cuando algunos estudiantes secundarios y universitarios iniciaron la toma de las instalaciones de la universidad -que duró 45 días- emplazando al Consejo Universitario a atender planteamientos referentes al libre ingreso.

Era una propuesta articulada, a modo de réplica, frente a una situación social de deterioro de los niveles de vida, con un alto índice migratorio del campo a la ciudad, que incrementó la desesperación juvenil por superar el marginamiento, intentando con la profesionalización una posible alternativa para afrontar su situación de creciente miseria.

En aquellos mismos días, el presidente de la FEUE de la Universidad guayaquileña, Armando Conforme, vinculado con algunos sectores de pensamiento tradicional, recibió todo tipo de presiones para que definiera una postura frente a los acontecimientos descritos. Muchos de sus compañeros le exigieron que asumiera posiciones contra el libre ingreso. Ante su constatación de las crecientes expectativas que había en los estudiantes que se tomaron la Universidad, y frente a la conducta intransigente de los grupos políticos de su entorno, se vio sitiado y se sintió sin escapatoria. O mejor dicho, escapó mediante el suicidio. Se quitó la vida el 24 de abril de 1969.

Rafael Brito Mendoza fue estudiante de Derecho en la Universidad de Guayaquil. Protestó contra el desalojo violento ordenado en mayo de 1969 por Velasco Ibarra, quien meses más tarde se declaró dictador.

Rafael Brito Mendoza fue estudiante de Derecho en la Universidad de Guayaquil. Protestó contra el desalojo violento ordenado en mayo de 1969 por Velasco Ibarra, quien meses más tarde se declaró dictador.


Las circunstancias dramáticas referidas fueron la antesala de los sucesos del 29 de mayo de 1969, cuando el Ejército, a pedido de las autoridades de la Universidad, desalojó violentamente a los estudiantes de los predios universitarios provocando, según información oficial, seis muertos, 32 heridos y 70 detenidos.

Brito Mendoza consideró que este crimen de Estado -perpetrado en el régimen constitucional de José María Velasco Ibarra- no podía quedar en el silencio y dedicó sus mejores esfuerzos a denunciar los hechos relatados e incluso estuvo presto a participar con este objetivo, en un encuentro estudiantil internacional que debía desarrollarse en septiembre de 1970, en Guayaquil. Este evento se suspendió, puesto que en junio de ese mismo año, Velasco Ibarra se proclamó dictador. Fue en medio de todas estas circunstancias cuando sucedió el crimen de Rafael Brito Mendoza.

El desgarrador episodio referido no hace sino demostrarnos, una vez más, que la lucha de los estudiantes ha sido consustancial a la existencia misma de la Universidad y que su confrontación con el poder ha formado parte de su tránsito histórico.

No obstante, el dogmatismo del statu quo, en más de una ocasión atosigó a las ideas que no fueron de su agrado y que se formularon en la Institución Universitaria. Por ejemplo, cuando en la Intendencia de Guadalajara (México) a finales del siglo XVlll se impulsaron -con el apoyo de importantes grupos estudiantiles- las reformas en el campo educativo para que la Universidad asumiera analogías con la Universidad de Salamanca, determinados sectores sociales hostigaron y acosaron al extremo a los estudiantes que luchaban por la sustitución de la formación tomista.

Lo propio ocurrió cuando la influencia del pensamiento criollo Ilustrado, en Quito y en Santa Fe de Bogotá, coadyuvó para que la escolástica fuera desplazada por el método experimental y se produjera la incorporación de nuevas disciplinas en el aprendizaje, algunos de los estudiantes -casi todos incorporados luego en las filas libertarias- impulsaron tales innovaciones en la episteme formativa, pero mientras se produjo tal contingencia, tuvieron que soportar toda clase de asechanzas provenientes del poder colonial.

Así debe comprenderse también -una vez más como modelo de lo afirmado- que en nuestra región los más importantes movimientos en defensa de los intereses populares -adscritos a las orientaciones nacionalistas y patrióticas, en contra de las dictaduras, a favor de un ordenamiento más justo en la sociedad y contraria a los arquetipos económicos y sociales indebidos- hubieran encontrado aliento entre los estudiantes universitarios, en medio de feroces represiones y hasta de transgresiones sin nombre provenientes desde el poder.

Aquello aconteció en nuestro país, verbi gratia en el siglo pasado, cuando los jóvenes alzaron su voz de protesta y se movilizaron para condenar la masacre del 15 de noviembre de 1922 ocurrida en Guayaquil; en la primera fila de dichas movilizaciones en Quito estuvo, entre otros, el joven estudiante Ricardo Paredes, quien fue perseguido en aquellos años por las fuerzas del orden.

Lo propio, cuando ocurrió la confrontación estudiantil al régimen de Carlos Arroyo del Río y, luego, en contra de la dictadura velasquista a las cuales -como dirigente estudiantil- combatió el estudiante Plutarco Naranjo Vargas y a quien esos mismos regímenes hostigaron con encono.

Y qué decir cuando el 12 de abril de 1970 fue encontrado muerto, con signos de tortura, el presidente de la FEUE de Quito, Milton Reyes, por ­combatir a la dictadura de aquellos años.

La voz de los estudiantes siempre ha sido un haz radiante a la conciencia. Sus luchas constituyen una expresión de sus convicciones que incluso les ha llevado al sacrificio de sus vidas.

Su recuerdo, en la figura de algunos de sus dirigentes -más allá de compartir o no sus ideas- es la verificación de su entrega a las causas en las cuales creyeron, realidad que no puede sumergir el mar, ni debe disimular la historia.

 *Escritor, historiador y docente.

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