14 de abril de 2019 00:00

El lector no come gato por liebre

Manuel Borrás, en el vestíbulo de un hotel del norte de Quito. Esta semana estuvo en la ciudad para dictar la conferencia titulada Editando desde las dos orillas. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Manuel Borrás, en el vestíbulo de un hotel del norte de Quito. Esta semana estuvo en la ciudad para dictar la conferencia titulada Editando desde las dos orillas. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor
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Manuel Borrás es uno de los editores independientes más prestigiosos de España. Esta semana, fue el protagonista de la décima edición del proyecto Escritor Visitante, organizado por el Centro Cultural Benjamín Carrión. En medio de sus conferencias y entrevistas hizo una pausa para charlar con este Diario sobre el mundo de la edición y su impacto social y cultural.

¿Cómo concibe a la edición: como un oficio, una profesión o un arte?
Te diría que como una combinación de las tres cosas. El mundo del libro tiene una dimensión artística desde el punto de vista formal y conceptual y ese es un aspecto que muchos editores han descuidado. Por fortuna hoy, entre los editores más jóvenes de países como Ecuador, Argentina, Holanda o España, es un aspecto al que dan relevancia.

¿Cómo ha cambiado el mapa de la edición en España durante las últimas cuatro décadas?
Soy un optimista impenitente, por eso creo que ha mejorado. Ha variado para bien, porque ahora en el tejido editorial español hay algo que se llama bibliodiversidad. Hay una eclosión de nuevas editoriales, que al contrario de lo que piensan muchos, no han venido a perturbar ese mapa sino a enriquecerlo. En España hay una rica tradición de editores que a mí me han servido de faro como Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Esther Tusquets y Chus Visor.

¿Cree que los editores españoles tienen una relación más cercana con la literatura que se escribe desde América Latina?
Creo que desde el ‘boom’ latinoamericano el estado de escucha respecto de todo lo que sucede en Latinoamérica es mucho más favorable. Sin embargo, esa relación de escucha comenzó con el desembarco de los grandes poetas modernistas americanos en Europa. Este estado de escucha se ha movido de una manera cíclica. Unas veces ha estado como referente y otras ha caído en una hondonada en la que se olvida un poco que sigue existiendo.

¿En qué parte de ese ciclo estamos en la actualidad?

En uno intermedio. Para la importancia que tiene la literatura que se está escribiendo en este continente, creo que no se le está prestando la atención suficiente en el ámbito internacional. A mi juicio la gran literatura se está escribiendo en español, inglés y portugués.

En España se habla mucho de la literatura de los ‘likes’, en referencia a la fama literaria que han alcanzado ciertos escritores a través de redes sociales, ¿cómo Facebook o Instagram están trastocando el mundo editorial?
No creo que se haya trastocado nada. Un ciberpoeta, por llamarlo de algún modo, no es peor que un poeta que se mueve por los circuitos tradicionales. Lo que existe es la buena poesía y la mala poesía. Creo que muchos de mis libros que no se han vendido siguen siendo buenos. Quizá yo no he sabido venderlos o quizá la sensibilidad de ese autor no ha estado a la altura de la sensibilidad de la época.

¿Hay editores que han banalizado al libro?
Siempre han existido editores que han banalizado y abaratado al libro. Muchas veces se dice que los que banalizan al libro son los grandes editores industriales y que los exquisitos son los editores independientes, pero creo que tanto unos como otros lo banalizan.
¿Cree que el criterio del ‘me gusta’ se impuso a la calidad literaria?
El ‘me gusta’ es una manera de determinar la sanción favorable de un libro pero lo que creo, y te lo digo honradamente, es que esos mensajes tan cortos que sirven, indudablemente, para comunicarnos, no nos sirven a la hora de pensar. La necesidad de pensar te obliga a dilatarte y hacer el mensaje más largo. El ‘me gusta’, así de forma escueta, está bien pero uno también debe saber por qué le gustan las cosas.

¿Hay populismo en la edición de libros?

Claro que se puede hacer populismo a través de la edición. En el mundo de las editoriales independientes caben muy pocos pero existen. Estoy convencido de que el editor literario se dirige a lectores, no a públicos. Para mí hay una diferencia cualitativa entre los lectores y el público. Con esto no quiero decir que desdeño al público, pero el verdadero reto de los editores literarios está en los lectores, personas que procuran aplicar un criterio crítico y que siempre fijan jerarquías, a ellos es complicado darles gato por liebre.

¿Qué pasa con los ‘best-seller’?
Hay que sacarse de la cabeza esa idea de que los ‘best-selller’ son los malos de la película y los ‘long-seller’ son los buenos. Hay ‘long-seller’ que son libros malísimos y hay ‘best-seller’ que son buena literatura.
¿Por qué persiste la ine­quidad de género en el mercado editorial?
Con motivo de una conferencia que dicté en Estados Unidos, me antecedió una crítica muy prestigiosa que alabó que el catálogo de Pre-Textos tenga una proporción adecuada entre autoras y autores. Cuando me tocó hablar le agradecí por sus palabras pero me sentí en la obligación de corregirla. Dije que cuando edité a una mujer no lo hice porque fuera mujer, a un hombre porque fuera hombre, a un homosexual porque fuera homosexual o a un señor de derechas porque fuera de derechas, sino que me he ajustado a lo que era el libro. Si al libro lo consideré bueno lo incluí en mi catálogo.

¿Qué piensa del ‘boom’ que ha tenido la literatura infantil en las últimas dos décadas?
La literatura es buena para los niños y para los adultos y es mala para los niños y para los adultos. Creo que la industria del libro ha establecido de una manera oportunista una línea divisoria que es artificial. Es verdad que los registros son distintos, pero forzar la clave del niño es lo que ha llevado a hacer una literatura ñoña, que no los ayuda sino que los perjudica. Hay una cosa fundamental que no estamos haciendo desde todos los ámbitos y que es escuchar al niño para saber lo quiere y necesita.
¿Qué papel juega una editorial en la vida de una ciudad o un país?
Creo que aunque te ninguneen tú estás ahí haciendo una labor cultural. Estoy convencido de la utilidad social de la literatura. Leer hace mejores ciudadanos. La cultura escrita es muy útil, pero al poder le da miedo, por eso prefiere ignorarla.

¿Sigue creyendo que el mejor libro que un editor puede escribir es su catálogo?
En un catálogo el editor está escribiendo su propia autobiografía. El catálogo es un libro con unas características peculiares. Primero no lo has escrito tú, segundo lo que has hecho es escoger a voces de muy distintos ámbitos, géneros y estéticas en una misma casa. Esas voces deben estar armonizadas y esa armonización pasa por la forma en la que las interrelacionas.

¿La velocidad con la que se mueve el mundo ha hecho que los editores exijan a los escritores que escriban más?

La industria editorial ha impuesto unas velocidades que a mí me parecen nefastas y perversas. La velocidad siempre será una enemiga de la literatura, porque contraviene uno de sus principios; el de lentitud y la pausa.

¿Cuál es la valía de las editoriales independientes en la actualidad?
Las editoriales independientes preservamos la diversidad de la industria. La tendencia mundial es a la uniformización. No quiero demonizar a Amazon, pero solo imaginemos lo que pasaría si ellos logran capitalizar el mundo del libro, que ellos sean la única posibilidad de que los lectores tengan acceso a los libros.

¿Cómo se define dentro del mundo de la edición?
Me definiría, esencialmente, como un editor vocacional. A un editor vocacional siempre le precede un lector apasionado. Tuve la gran fortuna de vivir en un familia donde leer era una práctica más o menos natural. Creo que eso me condicionó el resto de la vida profesional.

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