19 de agosto de 2018 00:00

Luis Sodiro, padre de la botánica nacional

Alumnos de la Escuela Politécnica junto con el profesor Luis Sodiro. Arriba, de izquierda a derecha: Eudoro Anda V., Lino María Flor, Rafael María Mata, Alejandrino Velasco, desconocido, Antonio Sánchez, y José María Vivar. Abajo, de izquierda a derecha:

Alumnos de la Escuela Politécnica junto con el profesor Luis Sodiro. Arriba, de izquierda a derecha: Eudoro Anda V., Lino María Flor, Rafael María Mata, Alejandrino Velasco, desconocido, Antonio Sánchez, y José María Vivar. Abajo, de izquierda a derecha: Manuel Herrera, Alejandro Sandoval, Luis Sodiro y Miguel Abelardo. Este científico nació en vicenza de Venecia el 22 de mayo de 1836. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1856. Foto: archivo Fotográfico del Ministerio de Cultura del Ecuador, Quito.

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Amílcar Tapia Tamayo

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De entre los científicos extranjeros que realizaron trabajos y estudios especializados en nuestro país, el padre Luis Sodiro es uno de los más destacados -y a la vez olvidados- en los anales históricos nacionales.

Sus trabajos en el campo de la Botánica tienen la misma o quizá mayor importancia que los realizados por Caldas y Humbolt, en el siglo XIX.
“Desde muy temprana edad distinguiose por su elevado entendimiento, severas costumbres y amor decidido por el estudio, siendo de notarse que de todos los ramos del saber humano adquirió con facilidad extraordinaria conocimientos extensos y sólidos (…)

Sus estudios de literatura clásica -griega, latina e italiana- los coronó en breve tiempo (…) más tarde se distinguiría también en las Ciencias Naturales, opuestas generalmente por su aridez a las amenas disposiciones de un temperamento artístico” (Diario EL COMERCIO, Quito, 19 de mayo de 1909, Hemeroteca BAEP).

El padre Sodiro conocía de memoria las principales piezas de Cicerón, Virgilio, Horacio, Tibulo, Propercio, Ovidio y Alighieri, de quienes podía recitar trozos enteros con extrema facilidad, ayudado tan solo por su prodigiosa memoria. Hablaba a la perfección inglés, francés, alemán, griego, italiano y castellano y en esos idiomas escribía cartas y redactaba hermosas poesías. (Bravo, Julián, ‘El padre Sodiro’, Conferencia, Seighe, mayo de 1990).

En 1870, el presidente García Moreno, luego de ser rector de la Universidad Central, decidió establecer la Escuela Politécnica con el fin de buscar nuevas alternativas en la formación de profesionales en el campo técnico y científico, para lo cual solicitó al Superior General de la Compañía de Jesús envíe al Ecuador los más notables sabios para que dirijan este centro educativo.

El padre Sodiro formó parte del grupo de ilustrados conformado, entre otros, por el astrónomo Juan Bautista Menten (creador del Observatorio Astronómico de Quito) y del padre Teodoro Wolf, de cuyo luminoso paso por Ecuador nos quedan los más completos estudios en Geología, aún no superados por estudioso alguno.

Apenas llegado al Ecuador, Sodiro se puso a trabajar en el campo de la botánica. Revisó primero los estudios del profesor Jameson, docente de la Universidad Central de Quito por más de cincuenta años; en igual forma, se enteró de los estudios de Caldas, Humboldt y Bonpland, con lo cual pudo iniciar su admirable tarea científica en nuestro país. (Fondo histórico de la Universidad Central. Informes del Rectorado al Ministro de Instrucción Pública, 1872).

Luego de ello, inicia su investigación sobre todo en la Sierra, para lo cual pidió permiso a las autoridades de la Universidad, a fin de que los alumnos de manera obligatoria participen en las expediciones al campo para afianzar su formación académica, toda vez que antes de esta experiencia, en la casona todo se hacía de forma memorística y repetitiva.

Sus exámenes, dice el padre Bravo, “consistían en desechar lo verbal, obligando a que los alumnos demuestren de manera práctica sus conocimientos, exigiendo, además, que cada uno trate de convertirse en un estudioso de la materia de forma responsable y práctica..”. Esto produjo la reacción de varios catedráticos acostumbrados a los caducos sistemas de enseñanza.

Como resultado de estas investigaciones, publicó su famoso libro ‘Criptógamas Vasculares del Ecuador’, con sus descripciones en latín y castellano. Este volumen, de más de 700 páginas, encierra la descripción de cerca de quinientas especies.

En 1873, por pedido de García Moreno, se trasladó a la Costa, particularmente a la región de Daule para establecer la primera Escuela de Agronomía del Litoral, proyecto que no pudo llevarse a cabo por la falta de profesores especializados en temas agrícolas. (Periódico El Grito del Pueblo, Quito, 1909, BAEP).

Al poco tiempo de muerto García Moreno (1876), la Escuela Politécnica cerró sus puertas y la mayoría de jesuitas decidió regresar a Europa; sin embargo, el padre Sodiro solicitó permiso para permanecer en el Ecuador y formar parte del claustro de la Universidad Central del Ecuador, que lo acogió con profunda satisfacción. Se convirtió en profesor de Botánica en los cursos de Medicina y Farmacia, continuando con sus investigaciones científicas.

En 1877 publicó su trabajo titulado ‘Descripción de la formidable erupción del Cotopaxi’,, 1879, ‘Nuevas especies de helechos de los Andes de Quito’ en 1881, ‘Una excursión botánica’ en 1883, ‘Recensio Cryptogamarum vascularum provincial quitensis’ en 1888, ‘Observaciones sobre los pastos y las plantas forrajeras’ en 1892, “Observaciones sobre la enfermedad del cacao, llamada “la mancha” y medios para preservarla” (Periódico La Ilustración Ecuatoriana, 1909, BAEP), entre otras numerosas obras que son guardadas con celo en la biblioteca de los jesuitas (BAEP) de Cotocollao, en Quito.

En 1886 impulsó de manera notable la creación del Instituto de Ciencias en la Universidad Central, al cual se hallaba anexo la Escuela de Agricultura, y fue responsable del primer texto de estudios que sobre la materia se conoce en el Ecuador, que fue aplicado más tarde a nivel nacional por orden del presidente Eloy Alfaro, durando su aplicación más de cincuenta años. (Realpe, Miguel, La Universidad Ecuatoriana, Cuenca, Imprenta de L.Cordero, 1956, p. 165)

En Quito, hasta el año de 1903, fue Director del Jardín Botánico que funcionaba en las inmediaciones del actual parque de La Alameda y que fuera creado por insinuación de Marieta de Veintimilla, sobrina de Ignacio de Veintimilla. En ese año, el Congreso liberal, en un gesto sin precedentes, decidió otorgarle la pensión jubilar de 100 sucres mensuales, valor que rechazó para sí, pero ante la insistencia del presidente Leonidas Plaza, solicitó que ese valor se entregue a la Universidad Central para continuar con investigaciones en el campo de la agronomía. (Ibid. Bravo)

Un día, el superior de su comunidad le sugirió que disminuyera un poco su agitada actividad. Le respondió: “Su reverencia: la eternidad es para descansar, el trabajo para disfrutar. El Ecuador me necesita y me esforzaré hasta el último día de mi vida” (Ibid. Bravo)

Falleció el 15 de mayo de 1909, a los setenta y tres años, mucho de los cuales dedicó al servicio y a la vocación. Como evidencia de su obra, hoy en día en la BAEP se conservan 13 500 especímenes vegetales, de los 20 000 que recogió en su vida, muchos de ellos únicos en su género.  

 *Historiador especializado en temas nacionales. Autor de varios libros.

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