24 de mayo de 2019 00:00

Leonardo Valencia, escritor ecuatoriano: ‘Me preocupan los fanatismos políticos’

El escritor ecuatoriano Leonardo Valencia

El escritor ecuatoriano Leonardo Valencia. Foto: Diego Pallero/EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I)
gflores@elcomercio.com

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El escritor Leonardo Valencia nació en Guayaquil, en 1969. Es autor de ‘El desterrado’ (2000), ‘El libro flotante’ (2006) y ‘Kazbeck’ (2008). Fue seleccionado por el Hay Festival de Bogotá 39 como uno de los autores más destacados de la reciente literatura latinoamericana. Es profesor de la Universidad Andina. Su nuevo libro se llama ‘La escalera de Bramante’.

¿Cuál es su visión de la novela dentro del actual mercado editorial?

Creo que la novela desde su nacimiento fue un género muy amable con los lectores y los editores saben eso. La novela comenzó siendo un género muy popular que no tenía prestigio literario. En la época de Miguel de Cervantes era un género menor, pero a partir de los románticos alemanes, a fines del siglo XVIII, eleva su rango y se la considera un medio de conocimiento. Lo interesante de hoy es que conviven dos registros, la novela popular y las novelas grandes, donde hay un trabajo de lenguaje y una preocupación por preguntas de nuestro tiempo, que son ambiciosas.

¿Por qué defiende a la novela como un género que permite el disfrute de la lectura?

Creo que uno de los grandes placeres de la vida es el que genera la lectura del registro novelístico, que es el de contar historias. A mí, particularmente, me interesan las historias que problematizan el mundo actual desde distintos puntos de vista. Lo que quisiera es que los lectores de una novela la disfruten, pero que al mismo tiempo reflexionen y les sirva para hacerse preguntas de lo que pasa en su mundo.

En un nuevo auge de la novela breve usted presenta una obra de 619 páginas, ¿no pensó que era una apuesta arriesgada si pensamos que la gente lee cada vez menos?

Originalmente mi idea no era hacer una novela tan larga, eso surgió en el camino. Mi último libro fue una novela breve y mi idea era hacer una novela así de corta, pero cuando la estaba escribiendo me di cuenta que el tema no se agotaba y que me pedía más. La verdad nunca me he planteado el problema de la extensión por sí mismo, porque cada historia tiene su dinámica y su complejidad. Hubo editores a los que les gustó mucho la novela pero que les dio miedo apostar por su publicación. La experiencia te dice que a la larga siempre encuentras un editor arriesgado que te publique.

El epígrafe de un libro, muchas veces, suele funcionar como una especie de faro que ilumina al lector sobre el tema central del que nos quiere hablar el escritor, ¿la frase de Robert Desnos cumple esa función?

La frase de Desnos “Los discípulos de la luz solo inventaron tinieblas” es clave porque algo que me preocupa mucho de nuestra época es la idea de los fanatismos. Esa idea de los absolutos que simplifican la visión del mundo, que lo reducen, o que lo resumen me parece no solo peligrosa sino altamente mortal. En este libro quería abordar dos tipos de fanatismos, el fanatismo en el arte y los fanatismos políticos y también cómo las decisiones que toman estos fanáticos afectan a las personas que están a su alrededor.

Usted ha dicho que la literatura es un camino. Siguiendo esa analogía, ¿cuál es la función de la escalera de Bramante en esta obra?


Cuando viví en Quito de muchacho, entre los 10 y 13 años, visité varias veces la escalera de Bramante de la Plaza de San Francisco. Siempre me pareció una buena metáfora para pensar dos mundos: Europa y América Latina. Para mí esta escalera tiene una plasticidad y movimiento impresionantes. Me ha servido para pensar que la vida siempre es oscilante, que siempre vamos en círculos. Creo que la novela es el gran género que aborda el tema del tiempo, a diferencia de la poesía que se centra en el instante poético.

¿Por qué no es casualidad que tres de los cuatros protagonistas de esta historia sean artistas?


Te confesaré que a mí me hubiera gustado poder pintar, así como poder escribir poesía. En mis novelas trabajo a partir de imágenes. Las imágenes son el motor narrativo para que la secuencia y el tiempo se desarrollen. La decisión de que dos personajes principales sean pintores responde a esta idea que tengo de que la pintura te ayuda a tener otras perspectivas y matices.

¿Hacia qué otros mundos le condujo este viaje por su escalera de Bramante?

Una de las cosas que quería entender eran los conatos de movimientos subversivos que aparecieron en Ecuador en las décadas de los sesenta y setenta. Para el personaje de Laura investigué mucho sobre la violencia en Colombia, las guerrillas y la psicología de los guerrilleros. Me interesó mucho la figura de la mujer, porque estos movimientos que pregonaban el cambio de la sociedad paradójicamente reproducían, dentro de sus organizaciones, la marginación de la mujer.

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