6 de abril de 2019 00:00

Laguna de mar se destaca en el puerto de chanduy, en el cantón Santa Elena

El poblado pesquero, parroquia rural de Santa Elena, es uno de los más antiguos de esa provincia de la Costa, ligado a un pasado ancestral. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

El poblado pesquero, parroquia rural de Santa Elena, es uno de los más antiguos de esa provincia de la Costa, ligado a un pasado ancestral. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor agarciav@elcomercio.com (F-Contenido Intercultural)

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Las mareas inundan la desembocadura del Zapotal, un río de poco caudal, que renueva -con cada marea alta- las aguas de una piscina natural que se forma en esa extensa zona baja y arenosa. Las aguas tranquilas de esa suerte de laguna marina contrastan con las olas del Pacífico, que golpean con fuerza a pocos metros, al otro lado de la playa.

La ruta turística ‘Laguna de Mar’ es un paraje poco conocido en la playa de Chanduy, parroquia rural del cantón Santa Elena. Se trata de uno de los poblados más antiguos de la provincia y ligado a un pasado ancestral que atestigua el Centro Cultural Real Alto, un museo de sitio sobre 12 hectáreas de yacimientos arqueológicos de la cultura Valdivia (4400-1700 antes de Cristo).

La franja costera de un kilómetro de extensión, una playa abrigada por la puntilla de un cerro que sobresale al oeste, está ubicada entre el puerto pesquero artesanal de Chanduy y la cabecera cantonal, en donde se inauguró hace dos años un paradero turístico.

El paradero de la desembocadura cuenta con tres restaurantes y ofrece alquiler de sillas y tumbonas. Un sábado reciente, una treintena de personas disfrutaba del lugar. “Es un sitio ideal para familias y para los niños, que son los que más disfrutan y se mueven a su antojo por esta gran piscina”, dijo Carmen González, de 79 años, quien había llegado con familiares desde Guayaquil.

En el otro extremo de la desem­bocadura, en la playa Brisas del Mar, se ubica el paradero turístico Encanto del Sur, que cuenta con otros comedores.

Allí tiene su estancia Delfina Mina, afroecuatoriana de 44 años, que se instaló con su familia en el sitio hace 19 años y que regenta Paraíso de Jehová, paradero rústico con un quiosco de caña, cade y hamacas, desde donde se domina la vista de la desembocadura. Mina les vende a los visitantes pescado frito, chicharrón de calamar, cebiches y camarones reventados. El lugar cuenta además con duchas.

A cerca de un kilómetro de la desembocadura, hacia el noroeste, se encuentra el puerto pesquero artesanal, donde decenas de embarcaciones de fibra de vidrio descargan en gavetas la pesca del día. Una nube de pelicanos y gaviotas oscuras planean por la playa, descienden, meten el pico y se roban peces de las gavetas que los pescadores llevan en hombros y descargan en la orilla.

Los peces pequeños llenan los baldes de camionetas y camiones que se destinan a la fabricación de balanceado o harina de pescado. “Se atrapa sobre todo menudo, hojita, sardina, corvina, pero también vendemos botellita, pargos, róbalos, sierras y picudos; los fines de semana vienen compradores de Santa Elena y Guayaquil”, indicó Carlos Tomalá, de 50 años, quien tiene un puesto de venta de pescado.

En las facciones de los pescadores se adivina la herencia ancestral del poblado. El Museo Real Alto o El Mogote, ubicado a 10 minutos en auto del puerto, plantea un recorrido por la vida de los antiguos habitantes de esa zona.

El guion museográfico hace énfasis en el nivel de organización socioeconómica alcanzada por la cultura Valdivia en el sitio durante 1400 años, los cambios en el patrón del asentamiento, con un mapa de sus antiguas plazas y sitios ceremoniales. En el lugar se asentaron las primeras aldeas agroalfareras, con centro ceremonial, del continente Americano.

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