9 de junio de 2019 00:00

Una lectura completa sobre Keynes

John Maynard Keynes fue el primer economista que entendió o al menos propuso una comprensión de las principales variables de la economía de manera interrelacionada. Foto: archivo EL COMERCIO

John Maynard Keynes fue el primer economista que entendió o al menos propuso una comprensión de las principales variables de la economía de manera interrelacionada. Foto: archivo EL COMERCIO

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Diego Mancheno P.
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Hace tres semanas, Vicente Albornoz publicó en este Diario un artículo titulado: ‘Keynes para dolarizados’, con la intención de convencer al público de que la exitosa política económica keynesiana, de estimular la demanda, permitió a los países avanzados superar la crisis del año 1929; y que, esta política no es apropiada para nuestro país en la actualidad.

Su argumento central es que el “estímulo a la demanda” key­nesiano se traduciría en un “estímulo al consumo” de bienes importados (citando a Augusto de la Torre). El efecto para el país, al no tener moneda propia, sería una salida de dinero, una contracción de la liquidez y una crisis económica.

Fundamentarse en denegar la actualidad del aporte de la demanda efectiva de Keynes (siglo XX), para defender como vigente la propuesta de las ventajas comparativas de David Ricardo (siglo XIX), resulta un tanto paradójico.

No son los años los que restan validez a un planteamiento teórico, sino la posibilidad de ser o no útil para interpretar una realidad y para fundamentar una propuesta de política económica. No es correcto hacer una lectura incompleta de estos planteamientos teóricos, ya que esto le resta validez a la exposición y a la posibilidad de contribuir a enriquecer el diálogo educativo.

Sí, el estímulo a la demanda en Keynes es un estímulo al consumo, pero los cursos de macroeconomía enseñan que Keynes entiende como “demanda efectiva” a la de bienes de consumo, pero también a la de la inversión (bienes de capital) y que, en economías abiertas, esta demanda incluye a la que realiza el resto del mundo de nuestros productos, es decir, a las exportaciones netas.

Para Keynes, el estímulo “desde afuera” como lo califica Albornoz, considera también la ampliación de las capacidades productivas (generación de empleo) en paralelo a la recuperación de la demanda de consumo, lo que es aún más evidente en situaciones en las que la economía no está usando toda su capacidad instalada. Es decir, si se quiere, Keynes es el primer economista que entiende o al menos propone una comprensión de las principales variables de la economía de manera interrelacionada, quizá de manera sistémica.

Está claro que para aquellos neoclásicos que se quedaron con el modelo de Robert Solow, otro de los grandes de la economía de los años 50 del siglo anterior, la inversión se explica exclusivamente por el ahorro y, en consecuencia, la demanda se reduce al consumo de los hogares y del gobierno. Es así que bajo este marco conceptual, ahorrar más equivale a invertir más, de forma automática.

Otro error: si bien se debe advertir que en la época de Solow no existían los paraísos fiscales, Keynes aportó dos conceptos importantes a la teoría económica: el concepto de ‘eficiencia marginal del capital’, que explica los fundamentos de la inversión, lo que incluso le permite invertir la causalidad, es decir, que la inversión precede al ahorro.

El segundo concepto es el de la ‘preferencia por la liquidez’, que explica situaciones donde los agentes económicos: hogares, bancos y empresas prefieren, bajo ciertas circunstancias, mantener saldos monetarios en efectivo (especular) antes que ahorrar o peor aún invertir.

Por tanto, sostener que el ahorro es exógeno e idénticamente igual a la inversión y reducir la demanda de bienes a solo los bienes de consumo es no entender a Keynes. Diría que incluso le hace poco favor a los aportes neoclásicos después de Robert Lucas, premio Nobel de Economía en 1995, por sus aportes para entender las expectativas racionales.

Finalmente, resulta igualmente paradójico que se sugiera que la única alternativa posible para el Ecuador sea aumentar las exportaciones y que, solo así, se pueda generar o financiar las importaciones. Se trata de un planteamiento que fue expuesto y defendido por los mercantilistas de los siglos XVI y XVII, este sí poco útil o, al menos, bastante limitado para leer la realidad actual.

Según este planteamiento, el problema de la economía se reduce al bajo nivel de exportaciones o a un exceso de importaciones; por tanto, hay que vender primero para luego poder comprar, al mejor estilo del gobierno correísta.

Otro error. Nuevamente se olvida el aporte de Keynes de leer a la economía en su integralidad. En el artículo citado se propone que el país debe aumentar las exportaciones de café, cacao, banano, flores, camarones y petróleo, porque su consumo local no aumenta cuando aumenta el ingreso nacional y que, son estas exportaciones las que deben financiar las importaciones de los bienes que no producimos.

Esta afirmación se fundamenta en al menos tres supuestos que primero deberían comprobarse. Primero, que efectivamente el aumento de ingresos no provoca un aumento en el consumo de estos bienes en el país, mientras que el resto del mundo sí los demanda y de manera creciente, pues solo así podremos vender más de ellos.

Segundo, que la teoría de las ‘ventajas comparativas’ de David Ricardo, del siglo XIX, es cierta, es decir, que para alcanzar el desarrollo y el crecimiento los países deben especializarse en la producción y exportación de los productos que pueden extraer de la naturaleza.

Y, tercero, que las exportaciones se traducen de forma automática en ingresos monetarios, en liquidez monetaria efectiva para la economía nacional.
Lamentablemente, para David Ricardo y para el autor de la nota ‘Keynes para dolarizados’, los países asiáticos como China, Japón y Corea, entre otros, nunca debieron empezar a producir lo que producen y exportan en la actualidad. Y además, en esos países, con seguridad, los recursos que generan sus exportaciones sí se traducen en liquidez interna que dinamiza sus economías.

La economía internacional actual y la economía dolarizada en particular no pueden leerse con la simpleza de una relación causal fundamentada en una posición ideológica; y, la recuperación de los aportes de los grandes teóricos de la economía debe ser integral; evitando en lo posible su fragmentación.

 *Decano de la Facultad de Economía de la PUCE

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