13 de diciembre de 2020 00:00

Karla Cornejo da la voz a los indocumentados

Un oficial de la patrulla migratoria de Estados Unidos retiene a una mujer y un hombre que habrían  cruzado ilegalmente la frontera de Texas. Foto: REUTERS

Un oficial de la patrulla migratoria de Estados Unidos retiene a una mujer y un hombre que habrían cruzado ilegalmente la frontera de Texas. Foto: REUTERS

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Diego Ortiz.  Coordinador (O)

‘Ser deportable significa que tienes que estar preparado para irte en cualquier momento; que debes estar listo para irte con nada más que la ropa que llevas puesta’. Con esta frase, Karla Cornejo Villavicencio, en su libro ‘The Undocumented Americans’ (2020), muestra una de las realidades que afrontan los indocumentados en los Estados Unidos; gente que, de un momento a otro, puede perderlo todo, lo cual les genera un sentido de persecución, rechazo y miedo a cada paso que dan.

Semanas atrás, la autora quedó como una de las finalistas de los National Book Awards 2020, uno de los certámenes editoriales más importantes de los Estados Unidos. Con‘The Undocumented Americans’, ella cierra y abre al mismo tiempo un capítulo de su vida marcado por el miedo a ser deportada y por su nueva situación como residente legal en este país, donde lucha por los derechos de gente como sus padres y las decenas de personas cuyas historias forman parte de este libro.

Esta publicación es un experimento editorial en el cual la ficción y la realidad se conjugan en seis capítulos. A lo largo del libro, la autora combina sus historias personales y sus fantasías con las de los indocumentados que viven diariamente entre empleadores deshonestos, turnos de trabajo extensos, problemas de salud derivados de una mala calidad de vida, y, sobre todo, son parte importante de la fuerza laboral de los Estados Unidos.

El libro empieza con lo anec-dótico de ser la hija de una pareja de ecuatorianos que partió a los Estados Unidos para obtener mejores ingresos y pagar deudas. Luego de pasar un buen tiempo separada de su familia, a los cinco años logró viajar a ese país para estar junto a sus padres. En este instante empezó ese largo recorrido que implica ser una niña que debe aprender una lengua extraña no solo para educarse, sino también para ayudar cuando, por ejemplo, su madre necesitaba una traductora al recibir atención médica.

Ser una inmigrante indocumentada sembró en ella la idea de que debía apoyar a quienes estaban en su misma situación. Y fue en el 2017, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, cuando ese miedo e impotencia salieron a flote para convertirse en un libro cuidadosamente elaborado.

Cornejo es enfática al decir que este no es un trabajo periodístico. Y lo basa en el hecho de que no solo está narrando la vida de las personas sino involucrada, formando parte de su lucha por una mejor experiencia en los Estados Unidos.

Sea en Nueva York, Miami o Flint, las historias que recoge muestran cómo el indocumentado es, de cierta manera, forzado a vivir en medio del silencio y la incertidumbre. No pueden hablar muy fuerte por miedo a ser reconocidos por las autoridades migratorias, deben manejar con cuidado para no ser detenidos y deportados. Y si llegan a enfermarse, su dolor es calmado con hierbas o medicina que logran obtener en la parte trasera y oscura de las farmacias.

A pesar de que viven casi en las tinieblas, estos mismos indocumentados son los primeros en aparecer cuando es necesario reconstruir los Estados Unidos. Y precisamente a ellos les dedica todo un capítulo relacionado con uno de los momentos más caóticos de la historia estadounidense contemporánea: los atentados del 11 de septiembre.

En la fatídica mañana en que las Torres Gemelas fueron atacadas, “los primeros en responder fueron los bomberos y los paramédicos. Los segundos fueron los inmigrantes indocumentados”. Cornejo describe así que la tarea de remoción de escombros y reconstrucción de la llamada ‘zona cero’ fue posible gracias a cientos de personas que fueron a trabajar en medio del desastre y apenas protegidos.

En esta historia en concreto, ella se aproxima a los grupos de apoyo para quienes estuvieron expuestos al polvo y materiales tóxicos que dejó el atentado terrorista. Y allí reúne los testimonios de personas que desarrollaron enfermedades respiratorias, cáncer y otras, debido a que necesitaban el empleo pero no podían reclamar por una mejor paga ni por equipo de protección a causa de su estatus migratorio.

Lejos de lo que podría llamar ‘hogar’, para los inmigrantes indocumentados no existen buenos y malos trabajos, sino solamente trabajos. Cada dólar cuenta, y en su búsqueda del sustento económico, la autora revela un hecho en común: tener una buena salud es casi una cuestión de suerte.

En el libro hay testimonios desgarradores como el de la gente que muere con cáncer sin recibir un tratamiento adecuado por no tener papeles. O de aquellos que deben recurrir a amigos para que les ayuden a comprar medicamentos bajo prescripción. También están las historias de las mujeres que casi ‘sudan cloro’ debido a que su vida se reduce a limpiar de casa en casa.

Pero en medio de toda la impotencia que despiertan estas historias, también hay luces de esperanza. Y esta no viene del Gobierno central, sino de aquellos inmigrantes legales y estadounidenses que luchan por conseguirles ayuda, techo, tratamientos de salud o alimentos a quienes han viajado a un país donde “nada se siente seguro”, a una nación en la cual “como una persona indocumentada, me siento como un holograma”, como escribe la autora sobre su propia experiencia.

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