Justina Maldonado, una rebelde soñadora

Instituto Nacional De Patrimonio Cultural Estampa de 1890 de la actual plaza de Santo Domingo. García Moreno vivía en las calles Guayaquil y Rocafuerte, y las ejecuciones se hacían frente a su casa.

Instituto Nacional De Patrimonio Cultural Estampa de 1890 de la actual plaza de Santo Domingo. García Moreno vivía en las calles Guayaquil y Rocafuerte, y las ejecuciones se hacían frente a su casa.

Instituto Nacional De Patrimonio Cultural. Estampa de 1890 de la actual plaza de Santo Domingo. García Moreno vivía en las calles Guayaquil y Rocafuerte, y las ejecuciones se hacían frente a su casa.

Las páginas de la historia nacional que corresponden, sobre todo, al siglo XIX, están llenas de protagonistas de temas sociales, culturales, políticos y religiosos. Sin embargo, no siempre registran nombres de mujeres cuyas figuras estaban relegadas por una sociedad intransigente que les negaba todo derecho cívico y social, confinando su misión a tareas habituales hogareñas.

De vez en cuando surgen datos curiosos sobre damas que, saliendo del oscurantismo social, hacen conocer su voz de protesta y convierten su palabra en oportunidades para que detractores las minimicen; o, en otras ofrezcan su tímido respaldo, con el riesgo de ser blanco de críticas burlescas.

En la copiosa información documental que guarda la BAEP de Quito, encontramos dos hojas volantes anónimas junto al periódico El Amigo del Pueblo, publicado en 1886. En ellas se hace referencia a Justina Maldonado, hija del general Manuel Tomás Maldonado, quien en 1864 pretendió rebelarse contra García Moreno (asesinado en 1875). Fue fusilado por sus órdenes el 30 de marzo de ese mismo 1864.

“Los pueblos, por humillados que estén, tiene sus momentos de energía en que emplean todas sus fuerzas y todos sus recursos para librarse de la tiranía que les oprime. Solo el pueblo es el responsable de su destino cuando de elegir a sus gobernantes se trata: si se equivocan, deberán sufrir las consecuencias de su error; si aciertan, recogerán los frutos de su acto por cuanto el gobernante será muy consciente de que primero es el pueblo y luego sus intereses; sin embargo, esta ilusión, no pasa de ser un sueño, ya que cuando los hombres logran su propósito, sufren de amnesia y se olvidan de sus promesas hechas ante el sacrosanto pueblo (…) pero hay gentes, las gentes más ignoradas como son los pobres, pero no necesariamente pobres de bienes materiales, sino pobres por el cruel sufrimiento que les ocasionan las guerras y conflictos políticos, como es el caso de la señora Justina Maldonado, digna hija del general Manuel T. Maldonado, quien pretendió alzarse con el poder ante el abuso de García Moreno que buscaba una nueva reelección presidencial”, dice el autor.

“La señora Justina es una mujer que no pasará de los 30 años. Goza del privilegio de contar con una esmerada educación ofrecida por su familia, cosa rara en estos tiempos. Habla francés, conoce de memoria los clásicos europeos, interpreta con habilidad el arpa y otros instrumentos, pero sufre de las decepciones humanas como pocas personas. Fue obligada a contraer matrimonio a los 16 años con un hombre que le doblaba en edad. Tipo pedante, grosero y abusivo, quien consideraba que las mujeres no sirven para otra cosa que no sea el criar hijos y servir al marido de manera perversa y humillante. Con suerte falleció hace poco tiempo (…) de forma inmediata tuvo numerosos pretendientes, pero no quiso saber nada de bodas ni compromisos toda vez que teme ser abusada por su nuevo marido y con ella sus tres hijos de tierna edad…”.

“Sus reflexiones son a veces temerarias. Cree que llegará un tiempo en que las mujeres tendrán el mismo derecho que los hombres; incluso les superará, ya que son tan aptas para la política, las artes y las ciencias como los hombres por cuanto tienen un sentido más abierto y reflexivo que muchos políticos necios y obcecados (…) pronto llegará el día en que al igual o mejor que los hombres puedan participan en elecciones, a las que tienen derecho como parte de la sociedad ecuatoriana. (…)

“Sueña que al igual que los hombres, las mujeres también pueden desempeñar cualquier función y acción económica o mercantil. Cree que la educación hará libres a las mujeres por cuanto podrán criar mejor a sus hijos y les apoyarán en el ejercicio de sus trabajos. Saber leer y escribir no es un privilegio, sino un derecho tal como lo predica la famosa Ilustración francesa.

Las niñas deben ir a las escuelas, los colegios, incluso a la Universidad, lo mismo que los varones y no permanecer en sus casas enclaustradas por esta sociedad servil. Derechos, derechos a ser libres, derecho a pensar, derecho a opinar, derecho a ejercer su pensamiento, derecho a trabajar, derecho a participar en las elecciones. Las mujeres también tenemos derechos porque somos seres humanos y no gentes de segunda clase después de los hombres, dice esta mujer atrevida”.

“Escribo estas letras descabelladas, pero las registro como novedad, toda vez que me admira el talento de esta señora que ahora sufre mucho por la muerte de su padre, llegando al extremo de que se enfrentó con García Moreno para pedirle no fusilara a su progenitor. El tirano se burló y dispuso que la saquen de su presencia por cuanto le fastidiaba su necedad, sobre todo como mujer, ya que se atrevió a enrostrarle reclamando por su mala política nacional. Conozco que dijo: “ ¡No faltaba más, que una mujer me venga a decir cómo debo gobernar el país!.”

Efectivamente, el general Maldonado se había hecho notable como jefe de una conspiración que tenía por objeto librar al país del autoritarismo de García Moreno; sin embargo, la conjura fue descubierta, al igual que los conspiradores, que fueron enviados a las selvas del Napo. El general logró escapar de sus captores y refugiarse en las montañas vecinas, pero luego de varias semanas de intensa persecución, fue tomado prisionero nuevamente cuando se dirigía al Perú, y llevado a Guayaquil. El presidente García Moreno, que se hallaba en Quito, dio la orden al Comandante General de Guayaquil para que remitiera el preso a la capital.

Ofreció dinero a sus captores, quienes convinieron en que depositara la fabulosa cantidad de treinta mil pesos en un banco de Guayaquil como garantía para su liberación. (Para ese tiempo, una vaca costaba de dos o tres pesos); sin embargo, Maldonado no pudo reunir esa cantidad debido al abandono de sus amigos que consideraron inútil su resistencia, señalando, además, que si hacían ese trámite, el dinero no sería recibido por el jefe militar sino por el Gobierno. (Pedro Moncayo, El Ecuador de 1825 a 1875, Quito, Imprenta Nacional, 1906, p. 293)

Una vez llegado a Quito, el prisionero fue conducido a la presencia de García Moreno, quien reprochó duramente su conducta, ordenando luego se le sacara a la plaza, frente a su palacio para su inmediata ejecución. Toda la población estaba consternada y muchos esfuerzos se hicieron para salvarlo.
(Entendemos que entre los suplicantes estaba su hija Justina Madonado), pero el Presidente fue inexorable, a pesar de que el sentenciado gozaba de la simpatía popular: los mismos soldados que iban a fusilarlo, apenas podían contener las lágrimas.

“A la llegada de su esposa (e hija) tuvo lugar en la plaza una escena tan conmovedora, que aquellos que la presenciaron no podrán olvidar mientras vivan. La Sra. Maldonado fue arrancada de los brazos de su marido y llevada a un lugar casi insensible.” (Ibid. p. 294)

El texto de la segunda hoja volante termina así: “Es posible que la señora Justina Maldonado tenga o no razón con el devenir de los años: si se equivoca, no habrá pasado de ser una simple visión; sin embargo, si el tiempo le da la razón, será considerada por la historia como una rebelde soñadora”.

* Doctor en Historia, profesor y especialista en investigación de temas nacionales.