6 de mayo de 2018 00:00

La jugada de Jong - un deja cabos sueltos 

El encuentro entre los presidentes de Corea del Norte, Kim Jong-un (izquierda), y su homólogo surcoreano, Moon Jae-in, marca un punto de inflexión en la conflictiva península. Foto: AFP

El encuentro entre los presidentes de Corea del Norte, Kim Jong-un (izquierda), y su homólogo surcoreano, Moon Jae-in, marca un punto de inflexión en la conflictiva península. Foto: AFP

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Agustín Eusse A. Editor (O)

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Los 25,49 millones de norcoreanos sienten cada vez más la precariedad económica de un régimen comunista que prevalece por siete décadas. No tienen suficientes alimentos, tampoco tractores para las tareas agrícolas o una moderna maquinaria para construir vías en el sector rural. Apenas el 0,1% de la población tiene acceso a Internet y los funcionarios tienen que racionar el uso de computadoras debido a los cortes de luz.

Los vehículos también son un elemento casi ausente de las amplias carreteras que unen Pionyang -la capital- con otras poblaciones. Fuera de la principal metrópoli, Corea del Norte sigue siendo un país de bicicletas como lo fue China durante el maoísmo o, simplemente, de habitantes cuyo medio de transporte más habitual es su propio calzado.

Pero el país, en estado de guerra con su vecina Corea del Sur desde 1950, se destaca en el arte, tiene funcionarios con excelente formación y en materia militar y nuclear ha mostrado sus músculos al mundo.

Pese a estos contrastes, el hermético país asiático se encuentra en plena primavera diplomática con las principales potencias mundiales.

Hay varias explicaciones sobre por qué Kim Jong-un se atrevió, el pasado 27 de abril, a poner sus pies en Corea del Sur -es el primer líder norcoreano que lo hace- en su intento de acabar con la última rencilla de la Guerra Fría.

Expertos aseguran que la penuria económica norcoreana es la que obliga a Kim a abrirse al mundo, primero reconciliándose con el presidente surcoreano, Moon Jae-in. En pocas semanas más lo hará con el mandatario de Estados Unidos, Donald Trump.

Kim ahora apunta al levantamiento de las sanciones económicas, a reconstruir la economía de su país y a conservar su arsenal nuclear, y todo eso sin dejar de ser el foco de atención del mundo: una actuación memorable, sostiene Nicholas Kristof, columnista de The New York Times.

Hace un año, de lo que se hablaba era de la posibilidad de una guerra, y ahora el mundo observa con asombro cómo las dos Coreas se sientan a la mesa de negociación para hablar sobre la desnuclearización y la paz permanente.

Otros factores que explican la nueva postura de Kim Jong-un son el cambio de actitud de China, que ha empezado a aplicar las sanciones internacionales con mayor seriedad, y el convencimiento norcoreano de que ya no necesita desarrollar más su armamento para hacerlo creíble. “Pionyang decidió que había ido demasiado lejos, y está dispuesta a dar algunos pasos atrás. Pero no sabemos aún cuántos”, señala el profesor de Estudios Norcoreanos en la Universidad Kookmin, Andrei Lankov.

Las hipótesis sobre el radical cambio de actitud de Kim oscilan entre los que aducen que se debe a la política de “máxima presión” apadrinada por Trump y su amenaza de borrar del mapa a ese país, y los que reconocen las sorprendentes aptitudes diplomáticas de un mandatario al que los estereotipos habían descrito como un personaje cercano a la demencia.

Kim Jong-un entiende cuál es el interés nacional de Corea del Norte. Es ahora más activo en la diplomacia porque percibe que existe una oportunidad táctica para promover ese interés ante la presencia de un presidente surcoreano favorable al compromiso y uno en Estados Unidos que quiere ser visto como un gran negociante, opina Mintaro Oba, exdiplomático del Departamento de Estado norteamericano especializado en las Coreas.

Una tesis que secunda el historiador y politólogo británico Rana Mitter. Él asegura que Kim está demostrando ser “un maestro en el jiu-jitsu diplomático”, aludiendo con ironía al arte marcial asiático del mismo nombre.

La promesa norcoreana sobre “no más guerra” y la “completa desnuclearización”, no obstante, divide a los expertos más reputados. Para Kim Tae-hwan, profesor de la Academia Nacional de Diplomacia de Corea, Kim Jong-un ejecuta el definitivo paso “de un país nuclear a un país normal”.

En la línea escéptica se incluye Andrei Lankov, profesor de la Universidad de Kookmin: “No creo que su desnuclearización sea posible porque va en contra de sus intereses a largo plazo”.

El analista Nicholas Kristof también pone en tela de duda la supuesta sinceridad de Corea del Norte. Los líderes del Norte y del Sur ya han firmado grandes acuerdos de paz, en el 2000 y 2007, y ninguno duró. En el 2012, Corea del Norte acordó no hacer pruebas con misiles y semanas después lanzó uno, pero lo llamó “lanzamiento de satélite”. Cuando Pionyang habla de “completa desnuclearización”, lo que históricamente ha querido decir es que si EE.UU. da por terminada su alianza con Corea del Sur, entonces Corea del Norte ya no necesitará armas nucleares para defenderse.

El régimen intenta fabricar armas nucleares desde la década de 1950, y no creo que ese país renunciará así como así a su arsenal, sostiene Kristof.

Los líderes norcoreanos saben que solo el as nuclear impidió en las dos últimas décadas que siguieran los destinos trágicos de dictadores como el libio Muamar el Gadafi o el iraquí Saddam Hussein. Y menos probable aún es que Kim entregue su arsenal ahora que ve a Trump tan predispuesto a tirar a la basura el pacto nuclear con Irán.

Otro tema espinoso gira en torno a una potencial reunificación. Kim y Moon acordaron trabajar para firmar este año un acuerdo de paz que sustituya al frágil armisticio que puso fin a la guerra de Corea (1950-1953) pero que mantiene a los dos países técnicamente en guerra desde hace 65 años. Varias generaciones de surcoreanos nacieron en ese ciclo de tensión-distensión y digieren con indiferencia las amenazas de destrucción masiva y los avances en la pacificación. Una encuesta del Instituto Coreano para la Unificación Nacional revela que siete de cada 10 surcoreanos veinteañeros se oponen a la reunificación. La imagen que tienen de Corea del Norte es que su régimen es muy autoritario.

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