14 de junio de 2020 00:00

Jeffrey Epstein, un retrato del abuso sexual y el poder

En la producción aparece el testimonio de varias mujeres que fueron abusadas por Jeffrey Epstein.

En la producción aparece el testimonio de varias mujeres que fueron abusadas por Jeffrey Epstein.

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Gabriel Flores

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Maria Farmer, Haley Robson, Shawna Rivera, Virginia Giuffre, Annie Farmer y Michelle Licata son sobrevivientes. Mujeres que tuvieron la valentía de romper el silencio y hablar de los abusos sexuales a los que Jeffrey Epstein las sometió cuando aún eran menores de edad.

Sus testimonios son parte de ‘Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico’, una docuserie de cuatro capítulos producida por Netflix, en la que se narra cómo uno de los hombres con más dinero y poder en Estados Unidos, durante las últimas cuatro décadas, abusó de cientos de adolescentes.

A los desgarradores testimonios de las sobrevivientes se suman los de policías, periodistas y extrabajadores, quienes rompen con la imagen del Gatsby contemporáneo que el propio Epstein construyó, para retratarlo como fue: un pedófilo que utilizó su dinero y su poder para encubrir su lado más monstruoso y evadir a un sistema de justicia permisivo.

Cuando conoció a Epstein, Michelle Licata tenía 14 años y una vida normal. Iba a la escuela y era animadora del grupo de porristas, en una de las secundarias de West Palm Beach. Un día, una amiga le ofreció ganar dinero dando masajes a ancianos. Ella aceptó la oferta, sin saber que aquella decisión marcaría el resto de su vida.

Una de las cinco casas que tenía Epstein era una mansión ubicada en Palm Beach, Florida. Hasta allí llegó Licata, como cientos de otras chicas, convencida de que ganaría USD 200 por hacer un masaje, pero lo que encontró al cruzar la puerta fue a un hombre que usaba a adolescentes, de manera sistemática, para satisfacer sus perversiones.

Una de las cosas que causan terror en esta historia, y hay muchas, es descubrir que los abusos a menores de edad, de los que fue acusado Epstein no fueron aislados ni esporádicos, sino parte de un esquema piramidal sexual, en el que muchas de las mujeres abusadas se convertían en reclutadoras de nuevas víctimas.

Epstein sabía cómo aprovecharse de las debilidades de los demás. Cuando el carisma no era suficiente recurría a la mentira y al chantaje. Así fue construyendo su imagen y su fortuna, desde la década de los ochenta, y así se ganó la cercanía de varios de los hombres más ricos del mundo.

Uno de los aportes narrativos de esta producción son las imágenes en las que Epstein aparece junto a varias de sus amistades más cercanas, entre ellos Bill Clinton, el Príncipe Andrés, hijo de la Reina Isabel II, Harvey Weinstein y Donald Trump. Algunos de ellos, según los testimonios recogidos, visitaron su mansión ubicada en Las Islas Vírgenes, un lugar que también se conoce como La Isla de la Pedofilia.

Otra de las cosas terroríficas que saltan en esta historia -si pensamos que el terror no es solo aquello que nos enseñó Hollywood- es el manejo que dio la justicia estadounidense a las acusaciones que hicieron las familias de las menores de edad abusadas, o a las investigaciones que realizó, por años, la policía de Palm Beach.

A pesar de que las denuncias de los abusos sexuales cometidos por Epstein se remontan a finales de la década de los noventa -la familia de Maria y Annie Farmer pusieron una denuncia en Nueva York- recién fue arrestado por tráfico sexual de menores en el 2019.

En Epstein, esa frase de perogrullo de que el dinero puede comprarlo todo se hizo carne varias veces. Una de ellas fue en el 2008, cuando logró eludir los cargos federales de tráfico sexual de los que fue acusado, con un controversial acuerdo en el que aceptó 13 meses de cárcel, que los cumplió como si estuviera viviendo en un hotel, porque salía todas las mañanas a trabajar a su oficina y regresaba por las tardes.

Entre los fiscales que confeccionaron este acuerdo estaba Alex Acosta, que en ese momento era el fiscal del Distrito Sur de Florida y a quien Donald Trump, en 2017, designó secretario de Trabajo. El mismo Trump, que antes de ser presidente dijo en una publicación citada en la docuserie: “conozco a Jeff desde hace 15 años. Es un tipo estupendo. Es muy divertido estar con él. Se dice incluso que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí y muchas de ellas están entre las más jóvenes”. El Presidente, como muchos de quienes reverenciaban a Epstein, se hicieron a un lado cuando se vino abajo .

Aunque Epstein murió el año pasado en una celda del Metropolitan Correctional Center de Nueva York, esta docuserie recuerda que todavía hay cosas por resolver para la justicia y también para muchas víctimas. Varias sobrevivientes cuentan que Epstein las prestaba a varios de sus amigos. En un pasaje Virginia Roberts, por ejemplo, narra cómo fue abusada por el Príncipe Andrés. Todo esto mientras la cámara hace ‘zoom’ a una foto en la que aparece abrazando la cintura de Roberts, cuando todavía era menor de edad.

Si hay algo que eriza los pelos y que aterroriza hasta la médula es la imagen del Príncipe Andrés viendo aquella fotografía y respondiendo, ante la pregunta de una periodista, que no recuerda haber estado junto a Roberts, la noche en la que fue capturada la imagen.

Otro de los nombres que aparece es el de Ghislaine Maxwell, la exnovia de Epstein y una de las celebridades de la alta sociedad británica. A ella, varias de las víctimas la señalan como una de las reclutadoras principales de la pirámide de abuso sexual de su expareja.

“No se sobrevive a ciertas cosas, aunque no te maten”. La frase que lanza uno de los personajes de ‘Galveston’, una novela firmada por Nic Pizzolatto -guionista de la serie ‘True Detective’, calza perfectamente para tratar de entender el dolor que puede sentir una persona que ha sido víctima de abuso sexual y cuyo victimario nunca recibió el castigo legal que se merecía.

En una de las escenas finales, Michelle Licata tiene su mirada perdida en el horizonte. Cuenta que uno de los sueños que jamás verá hecho realidad es estar en la corte mirando al hombre que un día la quebró por dentro. Lo que más le duele -cuenta- es que no podrá decirle las palabras que tenía preparadas: “seguro no te acuerdas de mí porque había miles como yo, pero yo me acordaré de ti el resto de mi vida”.

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