14 de marzo de 2019 00:00

Los integrantes de la comunidad waorani mantienen su cultura en la selva

Las mujeres waoranis mantienen su traje típico. Ellas bailan la danza ancestral, acompañada con cánticos de agradecimiento a la naturaleza. Foto: Modesto Moreta/ EL COMERCIO.

Las mujeres waoranis mantienen su traje típico. Ellas bailan la danza ancestral, acompañada con cánticos de agradecimiento a la naturaleza. Foto: Modesto Moreta/ EL COMERCIO.

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Modesto Moreta
Coordinador 
(F-Contenido Intercultural)

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Los habitantes de la comunidad Waorani de Toñampari, en Pastaza, trabajan para mantener la cultura, las tradiciones, la vestimenta, la danza y los conocimientos ancestrales en los niños y jóvenes.

Los taitas y las mamas transmiten esos saberes en este poblado, asentado en medio de la selva amazónica.

Al pueblo, de construcciones dispersas, se ingresa por vía área o se camina un día entero, por los senderos abiertos por los lugareños en medio de la selva y de ríos torrentosos. El pueblo es parte de la parroquia Curaray del cantón Arajuno.

Toca Caiga, dirigente de la comunidad, labora desde hace tres años en este proceso para que los niños de la comarca conozcan sobre las costumbres.
Por ejemplo, técnicas de la pesca y caza, la elaboración de los platos típicos como el maito de pescado o de chontacuros (larvas de escarabajos que crecen en la palma de chonta), la chicha de yuca y chonta.

Además, están las artesanías diseñadas con semillas que encuentran en la selva, la danza autóctona y el idioma que es importante, puesto que las mamas y taitas solo se comunican en wao. “Nuestras costumbres las mantenemos vivas, el interés es que los niños aprendan las técnicas ancestrales y los jóvenes la conserven”, dice Caiga, de 55 años.

Sus padres fueron guerreros y de pequeño asimiló todos los conocimientos para sobrevivir en la selva. Está alegre, porque solo un bajo porcentaje de los 430 habitantes de la comuna migró a la ciudad, por lo cual no ha afectado a su cultura.

Los hombres son quienes se dedican a la pesca. Ellos permanecen entre dos y tres días selva adentro. En ocasiones llevan a sus hijos y nietos hasta los ríos Curaray, Sapino y Tebeno donde recolectan el bagre, bocachico y carachama.

A su retorno comparten con sus familiares y amigos. “Los ríos no están contaminados, nuestros alimentos son sanos y al no tener contacto con la ciudad sobrevivimos de la caza con la cerbatana y la lanza de monos, sajinos y otras especies de animales”.

En este proyecto también participa Pancho Gava, exdirigente de Toñampari. Es experto en la caza, pesca y en la preparación del maito, uno de los platos apetecidos por los turistas que visitan este poblado.

En la cabaña construida con madera y techo de paja toquilla, el olor del pescado asado se riega. Un grupo de periodistas que llegó vía aérea para conocer su cultura fueron invitados a comer el maito de bocachico, acompañado con verde y yuca cocinada. “No usamos condimentos, solo salamos el pescado, lo envolvemos en las hojas de bijao, amarramos cada porción y los ponemos en el carbón”, menciona Gava.

Asarlos a fuego lento tarda entre 15 y 20 minutos. Se acompaña con un mate lleno de chicha de yuca o de chontaduro, que ellos preparan masticando; ciernen y fermentan la bebida por dos o tres días. Estas bebidas son usadas como refresco para aliviar el calor y la humedad, que fluctúa entre 25 y 28 grados. “Estos saberes los aprendí de pequeño con mis abuelos y padres, ahora debo transmitirlos a mis nietos”, afirma Gava.

En Toñampari, las mujeres utilizan un tipo de prenda similar a una falda corta, elaborada con la corteza de los árboles que es sometido a un proceso de raspado y secado; cubren sus pechos con hilos de chaquira que obtienen de la palma y llevan en la cabeza una corona elaborada con plumas.

Claudia Enomenga dice que la vestimenta tradicional aún la mantienen en la comunidad. Ella es parte del grupo de danza y está encargada de enseñar a las más pequeñas, aunque explica que sus madres son las primeras maestras en darles a conocer su cultura. En su danza y canto agradecen a la naturaleza.

La mujer, de 40 años, lleva pintada una parte de su rostro con achiote, que en su cultura representa la belleza y la pureza de la mujer indígena que habita en la selva.

Nancy Yeti , vecina de la comunidad, enseña a sus tres hijos -desde que eran pequeños- el canto y la danza de la cultura waorani. Quiere que cuando crezcan canten igual a ella pronunciando bien las palabras. “El aprendizaje es similar a la de los cantantes, deben aprender desde pequeños a pronunciar cada palabra en wao y si no logran alcanzar la voz, ya no podrán cantar en el grupo de las mujeres”.

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