9 de noviembre de 2020 16:23

Epidemiólogo en la piel del covid-19: 'Lo difícil es infectar al primer ser humano'

Imagen referencial. Según los investigadores, no hubo una diferencia significativa en la mortalidad de pacientes con covid-19. Foto: Pixabay

Imagen referencial. El virus SARS-CoV-2 ha causado millones de muertes en el mundo. Foto: Pixabay

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Franck Courchamp*
The Conversation

Desde hace meses, solo hablamos de él, sin embargo ¡nunca hemos escuchado su punto de vista! Durante esta entrevista imaginaria, Franck Courchamp, director de investigación del CNRS y titular de la Cátedra AXA de Invasiones biológicas (Universidad Paris-Saclay), se mete en la piel del SARS-CoV-2, el coronavirus que alarma a todo el planeta. Más allá del punto lúdico, este “encuentro” es una forma de hacernos cambiar la perspectiva sobre los desafíos de la pandemia y las lecciones que de ella podríamos extraer.

¿Quién es usted, coronavirus?

Yo diría, modestamente, que soy el Rey. Al fin y al cabo, ustedes mismos lo reconocen al ponerme en el nombre la “corona”. Soy una pequeña joya de la evolución, aunque mantenga la sencillez. Paradójicamente, esta simplicidad es una fuente de incomprensión para ustedes. Les cuesta decidir sobre un asunto tan básico como si estoy vivo o no. En su descarga hay que decir que también se plantean la misma pregunta con los demás virus.

Personalmente, poco me importa cómo me clasifiquen. Es verdad que me comporto de una manera notablemente diferente a la de los seres vivos. Pueden verme como una especie de máquina biológica microscópica. Mi programa es muy sencillo: sobrevivir y reproducirme para perdurar de una generación a otra. En ese sentido, tengo exactamente el mismo objetivo que todas las especies vivas.

La diferencia, seguramente, es que yo solo necesito lo mínimo: penetro en las células de mi huésped y me apodero de todo lo que me hace falta. Secuestrando la maquinaria de las células que infecto, fabrico copias de mí mismo, me replico tanto como puedo. A continuación, mis semejantes, partículas virales completamente nuevas, se expanden por todas partes al asalto de otras células. Los coronavirus producimos 1000 virus por célula infectada, ¡en apenas diez horas!

Sin embargo no soy grande. Mi diámetro es del orden de cien nanómetros, o sea una diezmilésima de milímetro.

Soy, por lo tanto, mil veces más pequeño que las bacterias, que son de 10 a 1000 veces más pequeñas que una célula humana. 50 billones de veces más pequeño que una gota de agua. Conforme a mi escala, sus células son bastante más grandes para mí que las ciudades para ustedes.

¿Por qué infecta usted a las personas?

Es una pregunta rara. La personas son mi hábitat, mi ecosistema y mi medio. Es como si yo le preguntara a usted por qué vive en este valle o en esta montaña.

Sin embargo, al contrario que usted, yo no llevo una vida sedentaria cómoda. Soy nómada, puesto que mi huésped (ustedes o los animales que infecto) no es inmortal. Así que, con el fin de perpetuarme, debo pasar a otro huésped constantemente antes de que el primero desaparezca. Hay que admitir que, a veces, algo de culpa tenemos: algunos huéspedes no soportan nuestra proliferación, que termina dañando sus órganos. En otras ocasiones, nuestros huéspedes son víctimas de la batalla que libran contra nosotros sus sistemas inmunológicos, y acaban perdiendo el control.

¿Cómo nos infecta usted?

En mi caso, mis recursos son sencillos, usted ya ha descubierto algunos de mis secretos, como el que consiste en viajar en las gotitas de saliva, al estornudar, y quedarme en las manos o en los objetos manipulados por personas que se han tocado la saliva o los mocos.

Puedo meter a 100 mil millones de mis congéneres por mililitro en un salivazo, puedo aguantar 5 días en el plástico o 7 días en una mascarilla quirúrgica. No soy muy sofisticado, pero soy eficaz. Como todos los demás virus, de hecho. Somos expertos en eficacia, nos adaptamos sin límite.

Examinemos, por ejemplo, la principal dificultad de transmisión a otro huésped. ¿Por qué cree usted que cuando está infectado, estornuda? Una vez contagiado, se transforma usted en un potente pulverizador capaz de trasportarnos a más de 50 Km/h en una nube de decenas de miles de gotitas hacia nuestras nuevas víctimas (o en las manos, que pone después por cualquier parte).

Otro ejemplo: no es fácil moverse cuando no se tienen pies. Afortunadamente, usted tiene mocos y produce muchos más cuando le infectamos los virus respiratorios. No es de extrañar: se trata de un medio de transporte muy práctico para transmitirnos con mayor facilidad. Ciertos virus eligen fluidos distintos, provocan heces líquidas que causan diarrea. Resultado: una transmisión masiva igualmente eficaz. ¿Sin contacto con ninguna persona? No importa: También podemos alojarnos en los fluidos seminales y transmitirnos durante las relaciones sexuales. Puede usted aislarse cuanto quiera que, como especie, acabará cayendo en la reproducción en un momento u otro.

En cuanto a los virus que provocan cambios de comportamiento para facilitar la transmisión, como la rabia, que le desorienta y le vuelve agresivo, dispuesto a morder, qué difícil luchar contra ellos, ¿no?

¿Por qué ustedes, los virus, están tan enfadados con los humanos?

No hace falta ser tan egocéntrico. No estamos enfadados con ustedes, no tenemos sentimientos, ni buenos ni malos. Ustedes son simplemente los huéspedes favoritos.

Porque hay que decir que, como huéspedes, los humanos son perfectos. Nos facilitan las cosas desde numerosos puntos de vista. Ahora mismo, viven frecuentemente en lugares con alta densidad de población y están interconectados a nivel global. Lo que nos da un acceso casi sistemático a la totalidad de los huéspedes disponibles, ¡de punta a punta del planeta!

Yo lo he demostrado sobradamente estos últimos meses: salí de una región cualquiera de China y he logrado rápidamente (y sin patitas) llegar a todos los continentes sin que me inviten, incluso hasta los rincones más recónditos del planeta. Las poblaciones animales están generalmente fragmentadas, lo cual limita nuestra capacidad de difusión y nos aísla en pequeñas regiones. Se trata de un círculo cerrado. Pero con los humanos, ¡es otra cosa! Ni el mar ni la montaña nos detiene. Viajamos de un huésped a otro en barco, en avión: ¡perspectivas sin fronteras, sin límites! En teoría, en menos de una semana, puedo crear focos de infección en todos los continentes.

Además, nos facilitáis las cosas: los seres humanos mantienen a una gran parte de su población en condiciones sanitarias bastante deplorables, lo que facilita enormemente nuestra transmisión. Sin mencionar los comportamientos de ciertos dirigentes, que carecen de la moralidad o de la inteligencia para actuar con responsabilidad. Todo eso nos genera unas oportunidades increíbles en ciertos rincones del mundo, donde la epidemia se minimiza oficialmente para no tener que controlarla.

Pero, al principio, usted no infectaba a los humanos…

Efectivamente, en origen yo estaba supeditado a otras especies animales. Pero por todas las razones que acabo de explicar, los virus que infectamos a otros animales ¡teníamos motivos para envidiar a quienes habían sido capaces de adaptarse a unos huéspedes como ustedes! No obstante, a fuerza de copiarnos una y otra vez en el interior de las células que infectamos, ocurre que alguna vez una de nuestras réplicas muta y resulta ligeramente distinta de las otras. Y, de vez en cuando, a uno de esos mutantes le toca el premio gordo: su mutación le capacita para sobrevivir en –y transmitirse mediante- otros animales distintos de los que suelen infectar sus congéneres. Entonces, esa nueva cepa de virus está lista para cambiar de huésped.

Pero esta situación es muy rara. Porque no se trata solo de adquirir la capacidad de infectar a una nueva especie animal: ¡además necesita estar suficientemente cerca para poder infectarla! La probabilidad de que estas circunstancias coincidan es ínfima, pero hay dos factores que juegan a nuestro favor.

Por una parte, somos muy, muy numerosos. ¿Ustedes son alrededor de 5000 especies de mamíferos? ¡Nosotros, los que infectamos a los mamíferos, somos alrededor de 320.000 virus distintos! Un gran abanico de posibilidades, ya que cuantos más virus hay, más mutaciones hay.

Por otra parte, ustedes, los humanos nos facilitan las cosas al multiplicar los contactos con otras especies, y por tanto, las posibilidades que existen de que les encontremos y pasemos a ustedes. Entre las incursiones brutales que ustedes efectúan en los territorios vulnerables de especies de por sí estresadas a causa de la caza, la falta de hábitat y de recursos, la polución o el clima, más todas las especies salvajes que ustedes cazan, enjaulan, apilan en los mercados, comen más o menos bien cocinados, a razón de millones de toneladas por año, las oportunidades de infectarles son cada más frecuentes. Así es como el VIH, el SARS, el Zika o el MERS han pasado a ustedes en estos últimos años.

Además, podemos añadir que aunque un virus no se tope con un ser humano, pero sí con una de sus especies domésticas, el resultado es bastante similar. Cuando ustedes les comen el territorio a los murciélagos instalando sobre sus hábitats devastados granjas intensivas de cerdos, incrementan las posibilidades de que un virus de murciélago (al azar, el Nipah) pase al cerdo cuando entre en contacto con su saliva o sus heces (en las que están presentes). Como estos cerdos viven hacinados y en malas condiciones sanitarias, las oportunidades para trasmitirnos aumentan y nada nos detiene.

Imagine huéspedes de costa a costa, hasta donde alcanza la vista, debilitados, estresados, que viven entre sus propios excrementos y entre los cadáveres de los que mueren, ¡para un virus es un bufé libre! Así es como los compañeros de la gripe aviar H5N1 y de la gripe porcina asaltaron las granjas de aves y de cerdos hace unos años. Estas concentraciones de huéspedes con mala salud conducen a concentraciones extraordinarias de virus. Así aumentan nuestras posibilidades de pasar posteriormente de los animales domésticos a las personas. Como el Nipah (que causa de un 40 a un 75% de mortalidad en el ser humano) o el H5N1.

Y como he dicho antes, lo difícil (relativamente ahora) es infectar al primer ser humano. Después, la globalización hace el resto. ¡Es increíble que ustedes hayan creado las condiciones para que los virus circulen libremente! Así que, muchas gracias, thank you very much, danke schöne, 衷心感谢, merci beaucoup, большое спасибо, etc.

¿Es usted consciente del daño que causa?

Deseamos causar el mismo daño que una oveja le desea a una mata de hierba. Si tuviéramos elección, evidentemente preferiríamos que las personas que hemos infectado no murieran jamás y siguieran albergándonos eternamente. Nos facilitaría enormemente la vida, créame. Pero a veces su naturaleza mortal nos impulsa a replicarnos con rapidez para poder infectar a otra persona antes de que muera la primera. Esta replicación intensa provoca unos síntomas que en ocasiones resultan nocivos e incluso letales. Uno de los problemas está en que si mantenemos poca actividad y no nos movemos, nuestra escasa carga inicial corre el riesgo de ser arrasada por las defensas del sistema inmunológico humano en el caso de que no consigamos ocultarnos suficientemente bien. Entre sobrevivir sin hacer demasiado daño y ser eliminados, ¡no es fácil encontrar el punto medio!

De todas formas, la mayoría de las veces, los virus y las especies infectadas llevamos interaccionando cientos de miles de años a lo largo de nuestra evolución conjunta, así que al final, por lo general, nos adaptamos bien los unos a los otros, sin causarnos daños en la mayoría de los casos.

Sobre todo, no hay que olvidar que los virus jugamos un importante papel regulador sobre las poblaciones de otros seres vivos (desde microorganismos hasta plantas pasando por los animales). Si desapareciéramos de la noche a la mañana, posiblemente el resultado sería la superpoblación, con el riesgo de morir de hambre ya que al crecer tanto se agotarían los recursos. Además, se dice que somos de vital importancia para la ecología y la evolución del mundo vivo.

Y encima, hay cantidad de virus que son buenos para ustedes, por ejemplo, porque matan bacterias que tampoco ustedes aprecian demasiado. ¡Incluso hay quienes se plantean utilizarlos para sustituir a los antibióticos! Por otra parte, no olvidemos que los virus pueden tener un efecto que podríamos calificar como “neutro”. Siguiendo con el ser humano, que es lo único que les interesa a ustedes, identificamos alrededor de 5 000 virus distintos, pero menos del 3% causan enfermedad, es decir, son patógenos. Al final no es para tanto…

Por último, existen un montón de virus que se interesan tan poco por ustedes que tampoco ustedes se interesan por ellos. Presentes en el suelo, en suspensión en el aire, flotando en el agua, infectan a las plantas, a los insectos o a las estrellas de mar… Por ejemplo, en un litro de agua de mar hallamos un millón de virus en suspensión. De hecho, hay tantos virus en suspensión en los océanos que, puestos en fila y a pesar de su tamaño ridículamente minúsculo, la longitud obtenida representaría una distancia que sobrepasaría las galaxias vecinas.

Una vez más, los virus están en todas partes, aunque ustedes no los vean… A veces, los tienen delante de los ojos y no los reconocen, como sucede con esos extraordinarios virus gigantes, mayores que algunas bacterias, con las que fueron confundidos en un principio.

Y ¿de dónde vienen ustedes, los virus?

Supongo que lo que quiere decir es ¿desde cuándo venimos? En realidad, siempre hemos estado aquí. En cualquier caso, desde que el ser humano existe, e incluso mucho antes que sus primeros ancestros animales. Algunos dicen que somos más antiguos que las bacterias más antiguas.

Ya presentes en el origen de la vida, hemos jugado un papel esencial en la evolución, especialmente al permitir la trasferencia de genes no de una generación a la siguiente, sino entre las especies. Somos tan antiguos que algunos de nosotros nos hemos integrado en sus genomas, por aquí y por allá, para al final formar parte integral de ustedes.

En total, cerca de un 10% del genoma humano procede del ADN de virus asimilado en los cromosomas. Y de todos estos nuevos genes que les hemos dado, algunos son importantes, incluso esenciales. En los mamíferos, por ejemplo, el embrión es aceptado por el sistema inmunológico de la madre a pesar de ser un extraño (es un híbrido entre el padre y la madre), únicamente por la existencia de la placenta, cuyo origen se debe a un virus integrado en el genoma humano. Así que, ¿gracias a quién?

Y usted, en particular, ¿de dónde procede, coronavirus SARS-CoV-2?

¿Qué especies infectaron mis ancestros antes de pasar a ustedes? No lo sé. Murciélago, pangolín, mono u otro, ¿qué más da? ¿Qué harían ustedes si lo descubrieran? ¿Dejarían de cazar y devorar a esta especie? ¿La exterminarían? ¿Harían lo mismo con todas las especies que pudieran contagiarles virus? Evidentemente, es imposible, porque prácticamente son todos los animales …

¿Para qué buscan ustedes culpables si todos son candidatos? ¿Los culpables no son más bien quienes “van a buscan” a los virus al perturbar los sistemas virus-animal relativamente cerrados desde hace millones de años? Si usted molesta a un gato y éste le araña, ¿vas usted a eliminar a todos los gatos? ¿No debería, más bien, dejar de estirarles la cola?

¿Cómo nos deshacemos de usted?

En teoría, es bastante sencillo. Solo tiene que imaginar las epidemias como si fueran incendios forestales. Ambos son fenómenos naturales, pero si juega con las leyes de la naturaleza, puede perder el control.

La suma de condiciones propicias (como la acumulación de leña seca) favorece los incendios. Tras una quema rápida, el incendio suele extinguirse: ya sea porque llega a zonas donde los árboles están demasiado separados como para que las llamas pasen de uno a otro (el equivalente al distanciamiento social) o bien porque llega a zonas donde las especies de árboles son menos combustibles (son inmunes al fuego).

En el caso de las epidemias naturales, la situación es relativamente similar. Surgen y luego se propagan hasta que se frena el contagio porque la mayoría de los infectados no logran infectar a otras personas, debido a que no encuentran a nadie (a causa de la toma de medidas de distanciamiento social, cuarentena… ) o porque los que encuentran son inmunes (inmunidad adquirida como consecuencia de una infección pasada o gracias a la vacunación). Si el ritmo de infecciones disminuye, la epidemia se atenúa hasta que desaparece.

Entonces, ¿la cuestión principal consiste más bien en saber cómo no contagiarse con el próximo virus?

En efecto, puesto que no se trata de saber “si” surgirá un nuevo virus peligroso para el ser humano a partir de otra especie sino “cuándo”.

¿Estarán ustedes preparados? Más vale responder rápidamente, porque las epidemias que proceden de animales salvajes se han multiplicado los últimos años y ya conocen a mis primos virus en varios continentes…

Los virus emergentes hemos matado a millones de los suyos, a veces infectando aleatoriamente o atacando a categorías muy específicas (como en mi caso a las más vulnerables físicamente). Hemos puesto en riesgo sus sistemas económicos y políticos, les hemos encerrado en casa, les hemos aterrorizado, les hemos hecho alumbrar las más absurdas teorías conspiratorias… ¿Qué han aprendido?

Y usted, ¿qué nos tiene reservado para el futuro?

No podría decirle: mi prolífica descendencia y yo infectamos y mutamos al azar.

Si usted sobrevive a mi paso por su organismo, ¿quedará inmunizado cuando se cure? No lo sé y no es mi problema. ¿Podrán mantenerme a raya mediante mascarillas y distancia física durante la segunda ola de invierno? Lo averiguaremos juntos.

Una cosa es cierta: de un año para otro no seré completamente igual. Recuerde, los virus mutamos. Y si somos muchos –como cuando se infectan millones de personas, que es el caso actual– entonces también las mutaciones serán más numerosas.

De todas la mutaciones, la mayoría dan cepas poco viables, poco contagiosas o poco virulentas. Estas cepas desaparecen pronto. Excepcionalmente, las mutaciones dan cepas muy contagiosas o más mortales. Aunque las mutaciones más peligrosas se den con menos frecuencia en los coronavirus, cuanto más les cueste a ustedes mantenernos a raya, más numerosos seremos y, por lo tanto, matemáticamente, aumentarán las posibilidades de que aparezca una cepa muy peligrosa…

Sin embargo, tranquilícese: no existe un virus tan peligroso como para destruir completamente a toda su población huésped. Sencillamente porque también destruiría sus recursos, su ecosistema y su medio. Desaparecería, por lo tanto, al mismo tiempo. Y aunque no sea listo, no soy tan tonto como para destruir mi propio medio. ¿Quién lo es?

*Franck Courchamp es Director de investigación de la CNRS, Université Paris-Saclay

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