16 de septiembre de 2018 00:00

El homicidio perpetrado por el hombre que amaba a los perros

La muerte de León Trotsky, asesinado por un estalinista durante su exilio en México, continúa generando interés entre los historiadores. Aunque la literatura también ha aportado su visión sobre este magnicidio.

La muerte de León Trotsky, asesinado por un estalinista durante su exilio en México, continúa generando interés entre los historiadores. Aunque la literatura también ha aportado su visión sobre este magnicidio.

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German Rodas Chaves
*Historiador y académico

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Aquella tarde, el malhechor llegó a la residencia donde vivía su víctima –a quien había visitado en muchas ocasiones- llevando en su brazo un abrigo que escondía el arma. A menos de una cuadra del portón principal de la residencia, la madre del victimario le esperaba para que luego del crimen –en cuyo preparativo había participado activamente- el asesino pudiera huir en el automóvil que ella conducía.

Debido a que había sido un visitante regular de esa casa, los guardianes le abrieron la puerta a quien conocían con el nombre Frank Jackson. Este se dirigió, como en todas las ocasiones anteriores, al pequeño departamento donde residía el ruso León Trotsky. Conversó unos minutos con el asilado político y le entregó unos papeles.

El anciano se puso los lentes y se dirigió hacia la ventana de la habitación para leer los documentos, dándole las espaldas al mentado Jackson, quien aprovechó esta circunstancia para sacar el piolet que había transportado embozado en el sobretodo y arremetió contra Trotsky propinándole en su cabeza varios golpes mortales que, luego de unas horas de lenta agonía, acabaron con su vida. Este suceso ocurrió el 20 de agosto de 1940.

De manera inmediata, en la propia escena del hecho, fue detenido el culpable quien, en las indagaciones policiales, dijo llamarse Jacques Mornard; por tal abominable crimen purgó 20 años de prisión en una cárcel de México, país en el que ocurrió el suceso relatado.

Luego de salir del presidio viajó a la entonces Unión Soviética y sus últimos años de vida los pasó en Cuba, donde murió, víctima de un cáncer óseo, el 19 de octubre de 1978. En la Isla, a fin de pasar inadvertido, el expreso usó el nombre de Ramón López, a quien se solía ver acompañado de sus canes, paseando por la playa.

Mientras purgaba la pena impuesta por el brutal asesinato narrado, en agosto de 1953 se reveló en México el verdadero nombre de quien falsamente hasta entonces dijo apellidarse Mornard, conociéndose que el condenado se llamaba realmente Ramón Mercader. El individuo en mención había nacido el 7 de febrero de 1913 en Barcelona y se vinculó a las filas del Partido Comunista Catalán en 1935. Fue hijo de una ciudadana cubana, Caridad del Río, quien desde 1897 vivió en España en donde se casó a comienzos del siglo XX.

Caridad del Río, luego de una vida azarosa en España, residió en Francia, país en el cual se relacionó con el Partido Comunista. Ella tuvo enorme influencia en su hijo Ramón, al punto que le incorporó al núcleo que se había estructurado desde Moscú para acabar con la vida de Trotsky, quien en condición de confinado político residió en México desde 1937, protegido en la mansión de los artistas Frida Kahlo y su esposo Diego Rivera.

Trotsky –el fundador del ejército rojo de la URSS y cuyo verdadero nombre fue Lev Davidovich Bronstein– llegó a México a propósito de la feroz persecución estalinista de la que fue víctima y que se expresó, entre otras cosas, en su obligada separación del poder en 1925; en su expulsión del partido en 1927; en la deportación de la que fue objeto a Kazajastán en 1928 y en el destierro que ocurrió en 1929; debido a los cometidos de toda índole del Gobierno soviético para que los países en los cuales intentó Trotsky residir, lo expulsaran; y, de manera particular, frente a la cada vez más evidente determinación de Stalin para hacerlo eliminar físicamente.

En efecto, el crimen político fue urdido en las más altas esferas del poder estalinista y entre las paredes de los servicios secretos rusos a los cuales llegaron a pertenecer Mercader y su madre, quienes se valieron de todas las astucias para el atentado contra Trotsky, tanto así que Mercader inició una ficticia relación amorosa con la dirigente Troskista norteamericana Silvia Ageloff, a quien conoció en París en 1938, para de esta manera aproximarse a los círculos de Trotsky.

Sobre las particularidades de la vida del homicida Mercader, respecto del entorno del crimen perpetrado en contra de León Trotsky y en relación con el contexto político en el que se perpetró el magnicidio, el novelista cubano Leonardo Padura escribió una formidable novela a la que llamó ‘El hombre que amaba a los perros’ y que fue publicada en Cuba, en el 2010.

Al escritor cubano en referencia en la visita que yo le hiciera hace poco en La Habana –encuentro al que accedió generosamente y que ocurrió en la tarde del 19 de mayo de este año en su residencia– le señalé que la crítica literaria del mundo hispano encuentra en esta novela su verdadera madurez de escritor. A mi aseveración respondió: “Seguramente el personaje de las otras novelas que he escrito, el investigador Mario Conde, quien es un año más viejo que yo, que tengo 62, llega al público lector con otro impacto puesto que Conde es una creación mía, mientras que Mercader es un personaje real y cuya vida la estudié con sumo cuidado y quien, a diferencia de Mario Conde, que es más callejero que yo, no está entre nosotros”.

A Padura le señalé, en la entrevista a la que hago relación, la posibilidad de que muchos cubanos se debieron haber cruzado en la vida de Ramón López, frente a lo cual señaló: “Ramón Mercader –Ramón López era como se hacía llamar en Cuba– que casi parece un personaje de novela, estuvo en el entorno de la realidad cubana de esos años y tuvo una vida cauta, lo cual, seguramente, le impidió conocer y aprehender de manera integral las particularidades de nuestro medio, aquellos rasgos que, en contraste, los expresa Mario Conde -el personaje de las novelas de Padura- puesto que Mario enuncia las vivencias de la gente, sus alegrías y sus
problemas…aquello es posible porque Conde es parte de
ese pueblo…”

Un crimen político –el de Trotsky– que todavía sobrecoge a la humanidad cuando lo recordamos, y cuyo acontecimiento nos lleva de la mano a encontrarnos con la frase del escritor y filósofo español Jorge Santayana, quien afirmó que “para el hombre que ha cumplido sus deberes, la muerte, aun en la peor circunstancia, es tan natural..”.

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