23 de septiembre de 2018 00:00

No hay sociedades sin conflictos

La artista quiteña Ana Fernández en el taller que abrió, en abril de este año, en el barrio La Floresta. Un espacio que, en las últimas semanas, ha sido visitado por muchos niños. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

La artista quiteña Ana Fernández en el taller que abrió, en abril de este año, en el barrio La Floresta. Un espacio que, en las últimas semanas, ha sido visitado por muchos niños. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

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Gabriel Flores

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La entrevista con Ana Fernández ocurrió el jueves pasado, dos horas antes de que un grupo de personas, que ella convocó, se reunieran en una sala del OchoyMedio para charlar sobre la condena pública, que, en las últimas semanas, han vivido el grafiti y los grafiteros. En su taller ubicado en La Floresta desgrana sus ideas sobre las intolerancias que se sienten en el país y el mundo.

¿Por qué la sociedad actual tiene un rechazo visceral a todo lo que no comulga con sus ideas?
No es solo cosa de la sociedad actual. A lo largo de la historia, los seres humanos le han tenido miedo al otro, al diferente. Muchas veces no somos capaces de ponernos en los zapatos del otro y ahí, más que falta de tolerancia hay una falta de empatía. Le tenemos miedo a los grupos pequeños y eso no es de ahora. Solo recordemos que los homosapiens terminaron con los neandertales, o que en la Edad Media se hacían cacerías de brujas, todo por el terror hacia el distinto.

¿Pero no cree que ese rechazo visceral se ha exacerbado en los últimos años?
Creo que sigue siendo igual de grave, solo recordemos el Holocausto. El problema es que como sociedad no hemos aprendido de la historia y creemos que vamos a tener otras oportunidades para cambiar y la verdad es que es probable que ya no las tengamos.

¿Qué papel juegan las ideologías frente a la intolerancia?
Aferrarse o encerrarse en una ideología puede ser muy cómodo pero también muy peligroso. Muchas veces no nos permiten ver al otro y a nosotros mismos reflejados en ese otro. A veces no nos permiten intercambiar ideas, conversar, o hacer interpretaciones de lo que está pasando porque implican la existencia de una sola verdad, y eso muy peligroso.

¿La sociedad ecuatoriana es intolerante?
Creo que es una sociedad muy joven. No somos un país que ha tenido la oportunidad de ponerse muy al tanto de temas como la diversidad, que es una conversación que venimos teniendo desde hace poco. Antes éramos incapaces de vernos en el espejo del otro, no queríamos reconocernos diversos entre nosotros mismos y, como te dije, ponernos en los zapatos del otro. Cuando una sociedad es más abierta se escucha una polifonía de voces.

¿Esta intolerancia responde, entonces, a la falta de un debate público sobre algunos temas?
Podría ser una falta de debate público pero también una falta de debate privado en el hogar. Hay una negación de vernos a nosotros mismos y de saber quiénes somos y de dónde venimos.

¿Qué pasa cuando una persona cree que siempre tiene la razón?
Es gravísimo. Es una postura muy compleja porque implica la existencia de una verdad inamovible. Ese es uno de los peligros de esta obsesión que existe por los hechos, por la medición y por el cálculo. Cuando realmente lo que debería existir son diversas interpretaciones de lo que pasa. Eso es algo que los filósofos, los teóricos, los artistas y los poetas nos han enseñado a través de sus distintos pensamientos.

¿Cree que la falta de debate público responde a una pereza intelectual por parte de las personas?
No sé si es pereza intelectual, más bien creo que es miedo y un no saber conversar. Por ejemplo, con relación a lo que pasó con el grafiti del metro. En las redes sociales había gente furiosa que decía que hay que cortarles las manos a los grafiteros o que debemos cerrar filas con el Alcalde. Pienso que lo del grafiti es algo importante y que se debe conversar pero pasan cosas más graves en la ciudad como la violencia contra las mujeres. Pensemos que se impone cinco años de cárcel para alguien que grafitea y 60 días para un hombre que casi mata a una mujer. Creo que la ciudad es un texto que nos ofrece múltiples lecturas y el problema es que nos cerrarnos a pensar que existe solo una.

¿Cree que las redes sociales nos han vuelto más intolerantes?
Por una parte sí, porque cuando estamos cara a cara es otra cosa. Imagínate lo grave que sería que estando frente a ti te diga que te voy a cortar las manos porque haces grafiti. Eso no lo hacemos a menos que estemos fuera de nuestros sentidos. En cambio cuando hay está distancia espacial es más fácil caer en esto de lanzar la piedra y esconder la mano. Las redes se han convertido en un lugar para insultar y agredir de forma impune.

¿Hay temas que no son debatibles o todo lo es?
Más que debatible todo es conversable. Todo puede ser sujeto de conversación. Es importante hablar de las cosas que nos hieren pero sin olvidar que el conflicto es importante y necesario. No existen sociedades sin conflicto. Lo que se debe hacer es establecer un lugar propicio para conversar sobre las ideas que tenemos y fomentar una cultura del debate que debe ser cultivada desde el hogar, desde un espacio como la sobremesa que se ha ido perdiendo con el paso del tiempo. Está el espacio de la palabra pero también el espacio del arte.

¿En qué medida el arte ayuda a romper con la intolerancia?
El arte es una herramienta del pensamiento y de la intuición. Se pueden hacer un montón de ejercicios con los niños en las escuelas, en donde se muestre una obra de arte y se hable de ella. A partir de esa obra se puede abordar la importancia de la empatía que hay que tener con los otros.

¿Cree que la intolerancia nos hace perder los matices que tienen las personas y las cosas?
Sí pero como te decía también se pierde la capacidad de conversar. La consecuencia de esa ausencia de conversaciones es la primacía del yo tengo la razón, que rápidamente se convierte en un estoy furioso contigo y un te odio. Vuelvo a lo de la sobremesa que me parece una metáfora lindísima para esta conversación. Sentarse a la mesa a charlar es tremendamente importante.

¿Qué se esconde detrás de la negativa de dar legitimidad a la opinión discrepante del otro, a más del miedo?
En el caso del grafiti del metro la reacción primaria ha sido una referencia al Manual de Carreño. ¡Las paredes y murallas son papeles del canalla! este es un ejemplo de que todavía hay principios que se consideran inamovibles.

¿Cree que la forma más eficaz de oponerse a algo es no conocerlo?
Sí y es la forma más triste también porque te opones a algo que no conoces o nunca te vas a dar la oportunidad de conocer y que quizás te hubiera encantado. Nos estamos negando por ejemplo conocer a nuestros hermanos que están viniendo de inmigrantes desde Venezuela. Solo crecemos cuando tenemos la curiosidad de vernos en el espejo del otro.

Malcolm Gladwell, de la revista The New Yorker, dijo que lo más fácil del mundo es mirar los errores y condenarlos y que es mucho más difícil mirar esos errores y entenderlos, ¿somos una sociedad que condena con facilidad?
A veces sí pero más bien siento que somos pueblerinos. Ser pueblerino también tiene aspectos maravillosos pero creo que sí hay esos aspectos condenatorios que vienen del chisme y que están arraigados en el miedo al otro. Es muy fácil condenar los errores de otros y pensar que somos incapaces de hacer mal. Emitir crítica es importante pero eso tiene que llevar a la posibilidad de construir algo.

¿La inmediatez y el efectismo le están ganando a la tolerancia y a la reflexión?
Sí, porque ahora es más común querer tener satisfacción instantánea y eso nos impide llegar a un lugar que es importantísimo que es el del aburrimiento. Encontrar qué hacer solo viene de estar un momento en reflexión y eso implica soledad y aburrimiento.

¿A qué no debemos ser tolerantes?
Al asesinato hacia las mujeres y a la violencia contra los niños. Como hace unos días dijo María Paula Romo, la violencia en el espacio doméstico es violencia social.

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