11 de noviembre de 2018 00:00

La guerra que destrozó a los imperios

Representación del asesinato de Franz Ferdinand, heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, el 12 de julio de 1914, en Sarajevo. Esto desató la Primera Guerra Mundial. Foto: AFP

Representación del asesinato de Franz Ferdinand, heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, el 12 de julio de 1914, en Sarajevo. Esto desató la Primera Guerra Mundial. Foto: AFP

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Alejandro Ribadeneira
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El imperio, esa seductora idea de que un monarca tiene el derecho de gobernar a varias naciones, es más vieja que las mismas hazañas de Alejandro Magno, quizás el emperador más grandioso de todos y que, por eso, fue fatalmente imitado por otros reyes con ambiciones de coleccionar países.

Alejandro aprendió de los persas, cuyo estilo para gobernar no consistía en matar o esclavizar a los enemigos, sino en hacerlos vasallos y tributarios, pero respetando sus costumbres y religiones, y animándolos a prosperar dentro de un gran imperio multiétnico. Darío era llamado ‘rey de reyes’, y Alejandro se hizo llamar de esa manera cuando derrotó a los persas. Ese ejemplo lo adoptaron los romanos para su propio imperio.

Pero el mundo, o gran parte de él, dejó de creer en los emperadores con el avance de las ideas democráticas y la creación de las naciones-estado en el siglo XIX. La Primera Guerra Mundial fue, entre muchas cosas, un duelo de imperios europeos, y el resultado fue que todos se liquidaron o quedaron heridos para morir pocos años después. En un bando estaban el Reino Unido, Francia y el imperio ruso; en el otro, los imperios alemán, otomano y austro-húngaro.

Hoy se conmemora el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, un conflicto sangriento que destrozó la economía de Europa y que, como parte de sus consecuencias políticas, generó la destrucción de los imperios y el nacimiento de varios países.

Solamente quedaría en pie el británico, pero este conflicto lo dejó tan debilitado a pesar de que controló los territorios árabes que pertenecían a los otomanos (el Reino Unido pasó de ser el mayor acreedor del mundo a una de las naciones más endeudadas) que en la práctica comenzó su acelerado resquebrajamiento, consolidado en 1947, con la independencia de la India y Pakistán. Desde entonces, el Rey de Inglaterra dejó de usar el título de Emperador de la India.

Mucho se ha escrito sobre lo que se considera fue la gran consecuencia de esta guerra: dejar listas las condiciones para que el fascismo y sus feroces variantes nacionalistas emergieran, sobre todo entre los alemanes derrotados que debieron renunciar a su imperio y entregar sus posesiones coloniales en Oceanía y África.

El imperio ruso también halló su final, muy dramático, en este conflicto global. En febrero de 1917 los mencheviques derribaron a los zares, pero los bolcheviques de Lenin tomaron el poder en noviembre y acabaron a balazos con cualquier posibilidad de que los Romanov, en el poder desde 1613, pudieran regresar. Ahí se murió el imperio ruso, aunque para algunos lo que nació fue otro imperio, el soviético.

Menos conocidas pero igual de dramáticas fueron las tribulaciones del imperio Austrohúngaro, que en realidad era una prolongación de lo que había sido el Imperio de Austria (1804-1867), que a su vez era un nostálgico pero refinado vestigio del Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806), entidad supranacional que quiso prolongar el Imperio Carolingio (768-843), piedra angular de Europa Occidental.

El imperio Austro-húngaro comprendía varios reinos menores, ducados y territorios más allá de Austria y Hungría, como en los Balcanes, en Ucrania, Rumania, Bohemia, Moravia, Polonia y Eslovaquia. La derrota en la Primera Guerra Mundial provocó la creación de varios países. Pero también puso punto final al derecho de los Habsburgo a reinar en Austria, que se convirtió en una república pequeña.

Los Habsburgo constituyeron una de las casas reales más poderosas de Europa. Su nombre significa ‘Castillo del halcón’, aunque su sello real era un león coronado con la mirada hacia el Occidente. Fundada en el siglo XI por Radbot, un conde suizo que jamás pudo prever que sus descendientes adquirirían enorme poder no mediante las guerras o el comercio, sino por el hábil truco de las alianzas matrimoniales, hasta controlar la corona de Austria. Y por medio de esas alianzas, hasta llegaron a dividirse en varias ramas, dirigir el imperio español y el Sacro Imperio Romano e incluso aventurarse a poner un pariente, el desventurado Maximiliano, como Emperador de México.

La derrota en la Primera Guerra dejó a los Habsburgo sin corona alguna, aunque sus descendientes siguen a la expectativa. Carlos de Habsburgo-Lorena reclama los títulos de archiduque y príncipe imperial de Austria, pero en la práctica no puede recibirlos porque son ilegales: ese país abandonó la idea imperial. Eso no evitó que Carlos se dedicara a la política y en 1996 fuera elegido eurodiputado.

Otro imperio de larga trayectoria que se acabó hace 100 años fue el Otomano, quizás el más temido por Occidente y que en 1529 estuvo a un paso de tomar Viena, lo que hubiera cambiado por completo la historia de Europa.

Solimán el Magnífico suele ser considerado su mayor gobernante, pues durante su reinado (1520-1566) los otomanos conquistaron el norte de África, gran parte de los Balcanes y la mayoría del Oriente Medio. Aunque los occidentales lo llamamos ‘Magnífico’, los otomanos lo llamaban ‘Codificador’, por las profundas reformas legales que introdujo en sus amplios dominios.

El Imperio Otomano comenzó a desmembrarse en el siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, las derrotas militares y la corrupción interna. La derrota en la Primera Guerra Mundial debilitó a la dinastía osmanlí, que no pudo evitar la proclamación de una República turca en 1923 y la renuncia oficial a ser un imperio.

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