11 de noviembre de 2018 00:00

Guayas: el shuar cuida su bosque

150 metros tiene el sendero que se interna en la cordillera Molleturo, en Naranjal. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

150 metros tiene el sendero que se interna en la cordillera Molleturo, en Naranjal. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora
(F-Contenido intercultural)

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Cada bocanada de aire se convertía en un canto vigoroso. Con una hoja de platanillo entre sus manos, Marco Lequi invocaba al tucán en medio de la frondosa vegetación que reviste a la cordillera Molleturo.

Una lluvia de hojas anunció su llegada. Sobre las ramas la imponente ave, de pelaje negro y pico alargado -llamada Dios te dé por los comuneros-, permanecía atenta al llamado.

El espíritu de nayeimp (naturaleza) da vida al bosque de la comunidad shuar, ubicada a 8 kilómetros del cantón Naranjal (Guayas). Son 800 hectáreas de ecosistema húmedo, de donde también brota la fuente de aguas termales que le permitió a la comuna incursionar en el ecoturismo.

Marco conoce los secretos de la montaña. Sabe que un bocado de palmito da energía al caminante; que el árbol de matapalo, odiado por muchos, es el que más CO2 capta del ambiente; que la ayahuasca, que crece en una de las laderas, les permite avizorar el mañana.

Por una visión de la ayahuasca, sus ancestros llegaron a estas tierras. En la leyenda, Yakum y sus hijos Nase y Etsa huyeron de la guerra en Morona Santiago, allá por 1830. En busca de paz pasaron por Milagro y Bucay en la Costa, hasta que finalmente, después de años de conflicto con los mestizos, se asentaron en Naranjal.

“Mi padre y mi abuelo hicieron ayuno en la montaña. El espíritu de la ayahuasca y del guanto les reveló una fuente de agua y que mucha gente venía. Lo que vemos ahora ya estaba dicho”, cuenta Marco.

En 1971 se establecieron en este territorio, que evoca a la Amazonía. Ocho shuar fueron los primeros en arribar; tres de ellos ya fallecieron.

Las cabañas de cade y caña rodean las cinco piscinas termales, que pueden alcanzar hasta 40°C. El líquido tiene altas concentraciones de azufre.

Las cabañas de cade y caña rodean las cinco piscinas termales, que pueden alcanzar hasta 40°C. El líquido tiene altas concentraciones de azufre.

Hoy, 23 familias dan vida a la comunidad. En una parte de sus tierras funciona el complejo de piscinas Tsuer Entsa o aguas calientes, que fluyen del cerro Pan de Azúcar. En los fogones mantienen su gastronomía ancestral; sobre ellos asan el maito envuelto en hoja de bijao. Los rituales los mantienen conectados con sus ancestros.

El anent de Amada Lequi, un canto melancólico, resuena en su cabaña. Su garganta da musicalidad a las leyendas de su pueblo, que hablan de la tierra y de los suyos. De la espesa vegetación que los rodea obtienen las plantas medicinales para las limpias, y las semillas de ojo de venado y guairuro para los shakap, los adornos que usan las

Los senderos están cubiertos por esas coloridas semillas, que atraen a las guantas, guatusas y armadillos. Este también es el hábitat de jabalíes, tigrillos, osos de anteojos, venados, micos y monos aulladores. Los gavilanes, carpinteros y colibríes danzan entre los árboles. Y las diminutas ranas se camuflan entre las hojas resecas.

Guayacanes, macharis, nogales y guarumos prevalecen en este bosque. Entre sus ramas crecen helechos, orquídeas y el espigado bejuco camino al cielo. En ellos hacen casa arañas, hormigas arrieras y una infinidad de insectos. Por esas cualidades, esta reserva se sumará a la lista de áreas de conservación provinciales, de la Dirección de Ambiente de la Prefectura del Guayas.

Marco recorre el camino con su tawasap, una corona elaborada con pelaje de tigrillo; y la nanki, una lanza de madera que es también un amuleto. Hasta el 2002 las usaban para la caza, pero desde entonces se comprometieron a ser los guardianes de este valioso ecosistema. “La historia cuenta que los grupos étnicos sobreviven de la flora y la fauna. Nosotros somos uno de ellos”.

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