1 de mayo de 2019 00:00

‘El guardián de Jaboncillo’ salta a la novela

El Museo del Cerro Hojas Jaboncillo está ubicado en la parroquia Picoazá, en el cantón manabita de Portoviejo. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

El Museo del Cerro Hojas Jaboncillo está ubicado en la parroquia Picoazá, en el cantón manabita de Portoviejo. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor  (F-Contenido Intercultural)
agarciav@elcomercio.com

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Miguel Rodríguez Tejena comenzó a explorar las inmediaciones de Cerro Hojas Jaboncillo, en la provincia de Manabí, cuando tenía 8 años de edad.

A lo largo de los últimos 37 años ha recolectado 1 500 piezas arqueológicas, entre cerámicas rotas, figurinas, collares, cuentas, ocarinas y silbatos.

Se convirtió en un ‘taita’ o médico ancestral, realiza rituales para sanar males del espíritu -dice- y exhibe las piezas de su colección en un museo ambulante para llamar la atención sobre la riqueza cultural de sus ancestros y sobre los peligros de la depredación minera.

La historia de este chamán de herencia manteña inspiró la novela ‘El guardián de Jaboncillo’, un libro dirigido al público infantojuvenil, de la periodista guayaquileña Marcela Noriega, quien en el 2010 había escrito una crónica sobre el tema.

Y regresa ahora al personaje para ahondar en la capacidad de aquel niño para comunicarse de forma espiritual con sus ancestros. “Miguel tendrá que enfrentar a su familia, a la sociedad y a las empresas depredadoras de ese patrimonio natural con tal de proteger a la montaña”, dice la autora.

La escritora Marcela Noriega junto a Miguel Rodríguez, en cuya historia se basa la historia de la novela ‘El guardián de Jaboncillo’. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

La escritora Marcela Noriega junto a Miguel Rodríguez, en cuya historia se basa la historia de la novela ‘El guardián de Jaboncillo’. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Rodríguez Tejena cuenta que abrió senderos -a pulso- para interesar al público por las ruinas de una antigua civilización manteña al oeste de Portoviejo, con 900 vestigios de estructuras monumentales, mucho antes de que se inau­guraran un museo y un complejo arqueológico en el sitio.

A lo largo del siglo, XX arqueólogos como Federico González Suárez, Marshall Saville, Jacinto Jijón y Caamaño y Emilio Estrada anunciaron la grandeza del sitio, hasta que en el 2009 se declararon como Patrimonio Cultural y Natural del Ecuador las 3 500 hectáreas de los cerros de la zona.

‘El guardián de Jaboncillo’, de 45 años, originario de la cercana parroquia de Picoazá, en Portoviejo, cuenta que los vestigios de la ciudad perdida en la montaña abarcan 13 000 hectáreas, hoy explotadas por una docena de canteras.

“Las empresas mineras no deberían explotar más allá de la cota 200, pero utilizan dinamita y destruyen los cerros arriba de 400 metros de altura”, se queja Rodríguez, quien reivindica la magia de las culturas ancestrales y toma distancia del proyecto museográfico. “La lucha es por conservar todo el lugar, rescatar los monumentos de piedra y los antiguos pozos, y aparte de eso que no le hagan daño”.

Según Noriega, en Cerro Hojas hay una ciudad enterrada de dimensiones enormes, una civilización preinca de la cultura manteña (600 después de Cristo al 1532 d.C.). “Se trata de una capital espiritual mucho más grande que Machu Picchu”, dice.

Marcela Noriega presentó en Guayaquil otros cuatro libros dirigidos al público infantojuvenil, publicados por Academia Editores. ‘Mamá, estoy embarazada’ es una novela sobre el embarazo adolescente, ‘Las recetas de las abuelas’ pretende despertar la creatividad culinaria de los lectores, ‘Vivir para contar’ es un libro de crónicas y un manual para jóvenes cronistas, mientras que ‘Bichos raros’ reúne una colección de cuentos.

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