9 de febrero de 2020 00:00

George Steiner, el pensador extraterritorial

En esta foto tomada el 21 de octubre de 2006, aparece el escritor, erudito, crítico y filósofo estadounidense nacido en Francia George Steiner. Posa durante el evento Cite de la Reussite, en la universidad de La Sorbona, en París.

En esta foto tomada el 21 de octubre de 2006, aparece el escritor, erudito, crítico y filósofo estadounidense nacido en Francia George Steiner. Posa durante el evento Cite de la Reussite, en la universidad de La Sorbona, en París.

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Gabriel Flores

Son una minoría, pero existen. Se trata de hombres y mujeres que dedican su existencia a pensar el mundo y sus derivas. Unos apuestan por el campo de la ciencia y otros, aunque cada vez de manera menos frecuente, por el de la humanidades. George Steiner, que murió esta semana, a los 90 años, pertenece a los segundos.

Sus reflexiones humanistas encontraron en la crítica literaria su mejor puerto pero no el único. También transitó por la filosofía, la poesía y la narrativa. Al estilo de Jorge Luis Borges, él se consideraba ante todo un lector, uno que siempre volvía a autores como Platón, Georg Hegel, Friedrich Schelling, Ludwig Wittgenstein, Thomas Mann, Friedrich Nietzche y Karl Marx.

Pero Steiner no era cualquier lector. Era uno que leía en inglés, con la misma erudición que lo hacía en francés, alemán e italiano. Su carácter políglota marcó su vida intelectual de tal forma que durante los últimos años de su vida se levantaba todas las mañanas, iba a su biblioteca, sacaba un libro al azar, seleccionaba un texto y lo traducía a los cuatro idiomas.

Con frecuencia se refería a sí mismo como un mensajero, alguien que llevaba las noticias y que en el mejor de los casos trataba de ejemplificar las virtudes del conocimiento. En una entrevista dijo que el mayor privilegio de un intelectual es ayudar a impulsar el debate sobre las ideas interesantes que hay en el mundo.

Esas ideas fueron plasmadas en libros como ‘Tolstoi o Dostoievsky’, el ensayo que publicó en 1960, ‘Antígonas’, ‘La muerte de la tragedia’, ‘Gramáticas de la creación’, ‘La barbarie de la ignorancia’, ‘La idea de Europa’ y ‘Después de Babel’ y también fueron sembradas en las mentes de cientos de alumnos en sus clases, en las universidades de Cambrigde, Oxford, Harvard y Ginebra.

Como lo hizo Harold Bloom, otro de los teóricos literarios imprescindibles del siglo XX, Steiner defendió el canon literario e hizo grandes aportes para el estudio de la literatura comparada. Quizá su aporte más significativo, porque trascendió el ámbito de la crítica literaria, es su idea de extraterritorialidad.

Steiner acuñó el término extraterritorial para hablar de la obra de Franz Kafka, Vladímir Navokov, James Joyce y Borges, autores multilingües, que se habían desarraigado de su país de origen, un hecho que aseguraba había influido de manera contundente en su creación literaria. Una situación que había vivido en primera persona cuando, a causa de la Segunda Guerra Mundial y la persecución a los judíos, tuvo que dejar Europa para vivir en Nueva York.

Heredero del pensamiento de Martin Heidegger y de aquella máxima que resuena de tanto en tanto, “Nada humano me es ajeno”, estaba convencido de que todas sus circunstancias, viajes, lecturas e idiomas en que hablaba y leía le permitieron comprender que en cualquier lugar y situación hay cosas que aprender.

Esa visión del mundo, que solo la puede tener un hombre cosmopolita, lo llevó a trasladar la idea de extraterritorialidad a la cultura de masas y específicamente a los medios de comunicación. Entre 1967 y 1997 escribió para The New Yorker más de 150 artículos. La mayoría fueron reseñas de gran extensión en las que abordaba, con gran lucidez, temas contemporáneos.

En estas reseñas, que han sido recopiladas en varias publicaciones, también se puede descubrir a los autores que leía y con los que fue armando su canon literario, que finalmente se ha convertido en el canon de millones de lectores.

Steiner le dedica tiempo y tinta a Thomas Bernhard y a Samuel Beckett, con la misma dedicación que lo hace con Gershom Scholem, Walter Benjamin, E. M. Cioran o George Orwell.

Si se mira con atención se pude ver que estaba interesado en los clásicos pero también en los autores de su tiempo, entre ellos Sigmund Freud, a quien después de leerlo lo consideró un gran creador de mitologías.

En uno de sus ensayos, el editor Robert Boyers afirma que estaba compulsivamente comprometido con el arte y con el pensamiento de su época, “a todo lo que considera le hace el regalo de su persona entera, con su infatigable curiosidad y con sus pasiones, recelos y simpatías”, cuenta.

Uno de los ensayos que más ilustran su genio lleva por título ‘Matar el tiempo’. En este texto publicado en 1983, en el The New Yorker, reflexiona sobre ‘1984’, uno de los libros que casualmente ha vuelto a tener vigencia, en los últimos años, por la presencia de gobiernos totalitarios.

1983 fue un año atípico a escala mundial
. Por primera vez en la historia de la humanidad el título de un libro comenzó a detonar una serie de debates sobre las probabilidades de que lo que se cuenta en sus páginas, a saber: la existencia de una sociedad donde todo está controlado por el ojo del Gran Hermano, deje la ficción y se convierta en algo real. Intelectuales de todas las disciplinas comenzaron a interrogarse qué tan cerca estaba la humanidad de aquel 1984, o cómo podía cambiar la sociedad a partir de esa fecha.

En su artículo, Steiner cuenta que Orwell y Fred Warburg, su íntimo amigo y editor, eligieron otro título. “(Los dos posibles títulos se discuten en una carta de Orwell a Warburg fechada el 22 de octubre de 1948)”. El otro posible título era ‘El último hombre de Europa’, un nombre que, a su criterio, se hubiera ajustado con más exactitud a la política que subyace al libro, “su admonitorio llamamiento a una Europa socialdemócrata que se oponga tanto al sistema totalitario del estalinismo, como a la inhumanidad exterminadora de la tecnocracia”.

Steiner también cuenta que tras terminar su manuscrito en noviembre de ese año, Orwell se limitó a invertir el orden de los dos últimos dígitos. “A causa de esta estratagema más o menos accidental si Orwell hubiera acabado de escribirlo en 1949, seguramente estaríamos esperando a 1994, el año que viene no será tanto 1984 como ‘1984’.

Esa vocación de educador y de mensajero que funcionó como puente para conectar a las grandes masas con los pensamientos más ilustrados lo llevó a recibir varias distinciones a lo largo de su vida, entre ellas ser Miembro honorario de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias (1989), o el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades que se lo entregaron en el 2001.

La importancia que siempre le dio a la trasmisión del conocimiento y a la relación entre maestro y discípulo la dejó escrita en libros como ‘Errata. El examen de una vida, ‘Diez (posibles) razones posibles para la tristeza del pensamiento’ y ‘Lecciones de los maestros’.

Cuando tenía oportunidad, sus apariciones públicas no eran frecuentes, le gustaba recordar su gusto por la poesía. Decía que leerla le ayudaba a concentrarse. En una entrevista con el periodista Borja Hermoso llegó a decir que “el poema que vive en nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad”.

Su humanismo siempre estuvo acompañado por su lucha contra el antisemitismo y, aunque la presencia de escritoras en su canon literario siempre fue escasa, algo que muchos críticos contemporáneos condenan, terminó afirmando que el papel de ellas será importante para la recuperación de las utopías.

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