22 de julio de 2018 16:52

Una exploración a los sonidos afros en el museo nacional

Karina Clavijo (centro) realizó una investigación sonora en pueblos como Tonchigüe, Muisne, Borbón, La Tola y Lagarto. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO

Karina Clavijo (centro) realizó una investigación sonora en pueblos como Tonchigüe, Muisne, Borbón, La Tola y Lagarto. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

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Redacción Tendencias
( F-Contenido Intercultural)

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Con una pequeña improvisación musical realizada en una de las salas temporales del Museo Nacional del Ecuador (MuNa) terminó la visita guiada ‘Saberes Musicales Afroesmeraldeños’, que se realizó el miércoles y que estuvo dirigida por Pina Chila, Jhoana Jara y Karina Clavijo, quien fue la encargada de dar vida a la marimba, un instrumento esencial en el mundo sonoro afroesmeraldeño.

Una hora antes de que inicie el set de improvisación, esta cantante e investigadora comenzó su intervención contando las diferencias que existen entre el falafón, un instrumento oriundo de África, y la marimba. Explicó que, por lo general, la marimba es un instrumento elaborado con chonta y pambil. Estos materiales son los que imprimen al aire dulzón que lo diferencia del falafón. “El pambil le da las notas agudas y la chonta, los registros bajos”.

Instrumentos como el falafón y el tambor también son la esencia de muchas de las mitologías africanas que atraviesan el mundo sonoro de los afroesmeraldeños. Clavijo habló de dioses como Elegua, un niño que va limpiando los caminos; Oshun, la diosa del amor y el sexo; Yemayá, la diosa del mar, o Changó, que es el dios de la justicia,del trueno y del fuego.

La relación de la música con los oficios que realizaban sus antepasados, entre ellos la minería artesanal, es otro de los aspectos que es parte de los saberes sonoros afroesmeraldeños. Una de las primeras interpretaciones de este trío de artistas fue Dos bolitas de oro, una canción que se ha vuelto popular, en las últimas décadas, en la voz de cantantes como Rosita Wila.

Clavijo contó que arrullos suelen ser interpretados durante horas porque en las fiestas y celebraciones las cantadoras se turnan para incorporar nuevas frases. “La belleza de la cultura oral -dice- radica en que todo se va creando en el momento y se va modificando con el paso del tiempo”.

Esas modificaciones sonoras fueron recopiladas por Clavijo en su última investigación cuando comenzó a ir a los arrullos, los chigualos y los alabaos en pueblos como Tonchigüe, Muisne, Borbón, La Tola y Lagarto. Descubrió, por ejemplo, que las canciones fúnebres, a diferencia de otras culturas, son alegres.

Una de las cosas más interesantes que conoció fueron los alabaos, cantos que se interpretan cuando un adulto muere y que están cargados de tristeza. “En algunas comunidades se viven los novenarios, nueve días llenos de rituales que se dedican al difunto. En el mundo occidental, por esta idea de hacerlo todo rápido, se ha perdido incluso la ritualidad en torno a la muerte”, dice.

En la segunda parte de la visita, Clavijo contó que las expresiones sonoras de esta zona aumentaron en la época de la Colonia. La Iglesia Católica utilizó muchas canciones de sus repertorios y la matizó con ritmos afroesmeraldeños.

“Los que estuvieron detrás de estas acciones fueron los jesuitas y en el caso específico de Esmeraldas los mercedarios”, explicó. Una de las canciones que interpretó este trío fue un arrullo dedicado al Niño Dios. Luego vino un alabao. En las dos interpretaciones los protagonistas principales fueron personajes vinculados a Iglesia Católica.

A criterio de estas cantoras, los instrumentos como el tambor y la marimba, el mundo de la espiritualidad y la cultura oral son el eje de los saberes sonoros afroesmeraldeños. Estos también están ligados a otros saberes como los medicinales. “Las personas adultas son las encargadas de mantenerlos vivos estos mundos de saberes”, comentan.

Clavijo explicó que a causa de la muerte de los ancianos, los rituales de la población afroesmeraldeña han cambiado. Sin embargo, a diferencia de lo que pasa en el mundo urbano, donde muchas personas cuando van a las tumbas de sus muertos escuchan salsa o reguetón, en el mundo rural aún se mantiene ciertos rituales. Durante el novenario, cuando llega la medianoche, se apagan las luces y una persona lanza un grito desgarrador y el finado desaparece por unos momentos. Esto lo hacen para que el muerto pueda recoger sus pasos y no se quede penando.

El recorrido en el MuNa terminó con una pequeña fiesta improvisada de música y bailes en la que participó, entre otros, el músico ecuatoriano Carlos Grijalva.

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