19 de noviembre de 2017 00:00

Esclavitud y manumisión en tierras ecuatorianas

Los tres mulatos de Esmeraldas La pintura, de estilo manierista, representa a don Francisco de Arobe, con dos de sus hijos, de 22 y 18 años, llamados don Pedro y don Domingo. En la región de Esmeraldas -Costa norte del Ecuador- se asentaron dos cacicazgos

Los tres mulatos de Esmeraldas La pintura, de estilo manierista, representa a don Francisco de Arobe, con dos de sus hijos, de 22 y 18 años, llamados don Pedro y don Domingo. En la región de Esmeraldas -Costa norte del Ecuador- se asentaron dos cacicazgos dominados por afrodescendientes, uno fue Francisco de Arobe, y el otro fue Alonso Sebastián de Illescas. Fueron gobernadores de una extensa región, con sometimiento a la Corona española. Foto: De Andrés Sánchez Galque/Gallque. es.wikipedia.org

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Roberto Aspiazu Estrada* (O)

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El primer negro que llegó a tierras equinocciales formó parte de la segunda expedición de Francisco Pizarro, que ­de­sembarcó en Tumbes en 1528. Según el historiador ­Cieza de León, llamó la atención más que los blancos y barbados españoles; en su entorno se juntaban indios que le vertían agua frotándole la piel, riéndose cuando advertían que no estaba pintado.

En España, el comercio de esclavos traídos por los portugueses de costas africanas surgió a partir de 1447 y rápidamente se tornó una moda de nobles y burgueses adinerados disponer de hombres o mujeres de color para el servicio doméstico.

La primera partida de esclavos llegó al continente americano en 1511, ante la necesidad de los colonos de las Antillas de mano de obra para labores agrícolas, principalmente de cultivo de la caña, traída de Islas Canarias, toda vez que los aborígenes escaseaban y no eran aptos para un trabajo tan duro. Desde el comienzo, fue una actividad mercantil muy lucrativa de la que se beneficiaba la Corona española, mediante la subasta de licencias.

Un cierto número de negros acompañó a sus amos blancos a la conquista de México (1519-1521), donde su coraje y valentía se puso a prueba en combate. Pero los cronistas apenas dan cuenta de uno como parte de las huestes de Pizarro que capturaron a Atahualpa en ­Cajamarca, en 1532.

Algunos acompañaron la expedición de Pedro de Alvarado en su frustrado intento de conquistar el Reino de Quito, en 1534, y permanecieron junto a sus dueños cuando se pasaron al ejército de Benalcázar. Dos son citados, sin nombre, en el acta de fundación de la capital.

Protagonista anónimo fue un negro que se ocupó de decapitar al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, durante la batalla de Iñaquito, librada en 1546 en las afueras de la ciudad, que dejó como vencedor al rebelde Gonzalo Pizarro. Teniéndolo por oficio vil, los españoles reservaron al hombre de color la tarea de verdugo en el cadalso colonial.

En 1553, un buque procedente de Panamá con destino a Lima ancló en Portete, al sur de Esmeraldas, para reabastecerse de agua y comida. De súbito sobrevino una tormenta que lo hizo naufragar; mientras los blancos decidieron dirigirse a pie rumbo a Manta, 17 negros y seis mujeres decidieron penetrar en la selva, dando origen a un episodio insólito de supervivencia y dignidad.

Su líder se llamaba Antonio de Illescas, un esclavo proveniente de Sevilla, que demostró habilidades sorprendentes de guerrero y diplomático. Conocedor de que, por su reducido número, no habría forma de imponerse a las tribus salvajes de niguas, campaces, cayapas y colorados, optó por concertar una red de alianzas mediante matrimonio, que le permitió ir consolidándose como un verdadero señor feudal.

Poco después de la fundación de Quito, surgió un proyecto de construir una vía alternativa de acceso al Pacífico, distinta a la de Guayaquil, por la provincia de Esmeraldas, debido a que resultaba más corta; mientras la primera demandaba 11 o 12 días, con la ­limitante estacional, la se­gunda, apenas 6 o 7.

Hasta 1570, cuando era reciente la creación de la Real Audiencia de Quito, se habían dirigido a la costa esmeraldeña siete expediciones militares de sometimiento, acompañadas de curas para adoctrinar; todas derivaron en fracaso. Ante la impotencia, la autoridad virreinal dispuso el inicio de negociaciones con Illescas.

Obtuvo el reconocimiento como gobernador de Esmeraldas, lo que en la práctica significaba la admisión de un territorio zambo (mestizo del negro con el indio) autónomo, de hombres libres que no quedarían sujetos a la aportación de tributos; a cambio facilitarían la construcción del camino y la promoción de reducciones (caseríos) para la catequesis, comprometiéndose a prestar auxilio a los náufragos, como a dar la voz de alarma ante la aparición de naves piratas.

En 1590, ante el creciente número de esclavos cimarrones, esto es que optaban por fugar, la Real Audiencia se vio obligada a promulgar una ordenanza con severas sanciones: la primera evasión de más de seis días sería castigada con la castración; la segunda con la muerte del prófugo. Se lo hizo más como intimidación que con el afán de cumplirla a rajatabla; después de todo, los propietarios no tenían interés en esclavos mutilados que perderían valor; peor aún muertos.

Se considera que la vida de los esclavos en las colonias españolas fue menos dura que en sus correspondientes inglesas o francesas. Y pese a encontrarse en lo más bajo de una sociedad de castas, tenían limitados derechos. Existía un fiscal de pobres, indios o negros, al que eventualmente podían acudir para presentar su queja por maltratos exce­sivos e ­injustificados; en caso de comprobarse la acusación, el juez podía disponer su venta a un tercero.

Los principales mercados esclavistas estuvieron en Santo Domingo, Cartagena de Indias y Panamá, de donde se suplía por vía terrestre o marítima a estos territorios. Los compradores preferían a negros en la adolescencia o jóvenes de ambos sexos, que tenían una mayor expectativa de vida y el vigor necesario. Se solía diferenciar a las ‘piezas’ traídas del África respecto de los nacidos en las colonias; los primeros denominados ‘bozales’ eran más propensos a tornarse cimarrones por haber nacido en libertad, mientras que los ‘criollos’, nacidos en esclavitud, se suponía debían ser más dóciles. Sin embargo, la diferencia de precio no era significativa.

Por una ‘pieza’ adulta, macho o hembra, solía pagarse entre 350 y 500 pesos, una suma considerable para la época. Teniendo estatus de semovientes solían quedar sujetos a trueque por hatos ganaderos, piaras de cerdos, fanegas de cacao, sal, maíz o trigo, según el caso. Con frecuencia, el mercader actuaba como banquero, otorgando facilidades de pago. Sin embargo, estaba prohibido separar a familias de esclavos, más aún a madres con hijos pequeños.

Las comunidades negras se fueron desarrollando donde su mano de obra era requerida. Se afincaron en distintas zonas de la Costa participando en labores de cultivo de cacao, café, algodón y tabaco. En Guayaquil se vincularon a la industria del armado de buques, como carpinteros, calafateros y cortadores de leña en las montañas circunvecinas, siendo su presencia numerosa.

En la Sierra, la demanda de esclavos estuvo concentrada en satisfacer necesidades de servicio doméstico y en menor medida como artesanos. Para las labores agrícolas, los encomenderos disponían de abundante mano india. Desde la segunda mitad del siglo XVI trabajaron en minas del Austro, principalmente en las vetas auríferas de Zamora.

En 1681, los jesuitas iniciaron el proceso de adquisición de haciendas en el valle subtropical del Chota-Mira, que fueron subastadas por incapacidad de pago de sus propietarios.

Terminaron desarrollando un verdadero emporio de cultivo de la caña con sus respectivos trapiches, donde se fabricaban azúcar, coladas, raspaduras, cachazas y aguardiente de la mejor calidad, que se comercializaban en botijas con sello de la orden. Para semejante emprendimiento, fue indispensable la compra de esclavos traídos de Colombia.

Cuando en 1767 se produjo la expulsión de los jesuitas, tenían 10 haciendas azucareras que poseían como parte de sus activos 1 769 esclavos, entre hombres, mujeres y niños. Con el decaimiento de la pujanza de los ingenios, algunas familias negras optaron por migrar como cimarrones a Esmeraldas, a sabiendas de que les brindarían refugio. Lo propio harían comunidades de color del sur granadino, de Chocó y Barbacoas, situación que iría reconfigurando el perfil ­racial de la provincia.

Las migraciones colombianas trajeron apellidos como Anangonó, Angulo, Ayoví, Carabalí, Chalá, Mina, Minda, Pachito, Quiñónez, que en muchos casos reflejaban lugares o nombres de tribus de África Occidental, según la costumbre de identificación de los traficantes que, desconociendo las lenguas bantúes, no podían llamarlos por sus nombres propios.

Según el escritor e historiador Jorge Carrera Andrade, durante la Colonia llegaron a costas de Esmeraldas y Manabí al menos 4 000 negros cimarrones de Panamá. No debe llamar la atención, toda vez que muchos de los marineros de los buques de cabotaje eran de color, que bajo régimen de ­esclavitud eran parte del ­activo mismo de la nave; cuando esta se vendía, estaban incluidos en el precio.

En la Colonia, no todos los negros eran esclavos o cimarrones, los había también libres. Incluso aquellos que prosperaban podían comprar su propia servidumbre. Las leyes de Indias permitían que un esclavo pudiera ‘rescatarse’, esto es pagar el precio por su liberación, merced a ahorros de toda una vida, o por la intervención de un tercero, familiar o cónyuge, en capacidad de cancelar el valor.

Muchos casos de manumisión gratis pro Deo obedecían a viudas ricas de buena familia que se encariñaban con los hijos de sus esclavas predilectas. Era común también que padres blancos de hijos mulatos bastardos, se ocuparan de asegurar su libertad.

El proceso de catequesis y de educación de las comunidades negras fue generando un creciente cuestionamiento al esclavismo desde fines del XVII, sustentado en que la prédica de la igualdad ante Dios no se compadecía con la servidumbre impuesta por los blancos.

El primer censo colonial, cumplido en 1779, reveló que para entonces eran muchos más los negros en libertad que en esclavitud. En la provincia de Quito ante 11 553 libres había 2 569 esclavos, mientras que en Guayaquil la misma relación era de 15 509 contra 1 872.

Esto explica por qué cuando se produjo la manumisión por ley, en 1851, existieran tan solo 2 484 esclavos en el territorio nacional; su libertad demoraría diez años, tiempo que tardó el pago de compensación a sus dueños.

*Periodista, historiador. Texto tomado de su libro ‘Crónicas de la historia’.

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