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Cuando el pop hablaba en castellano

Nacho Cano, Ana Torroja y José María Cano, integrantes de Mecano.

Si a un historiador de la cultura pop le preguntasen qué hechos marcaron el año 1986 para los hispanos, lo más probable es que dijera: el gol de Diego Maradona a los ingleses, la firma del Acuerdo de Esquipulas y, por supuesto, el rock/pop en castellano, que para entonces se había convertido en un género por derecho propio.

Del primero, se ha escrito profusamente. Del segundo, en cambio, hace falta un balance más a fondo para entender la tragedia de Centroamérica, que pasó de una violencia estatal/guerrillera a una violencia pandillera, con sus matices. Y del tercero, cada cierto tiempo hay interpretaciones y discusiones sobre el papel de esa música en la sociedad.

En esta manía de etiquetarlo todo, y aceptando que hacerlo implica una arbitrariedad, siempre hubo una controversia sobre el término ‘rock en español’ y más con el de ‘rock latino’. Porque, en estricto rigor, los roqueros de España y América Latina existieron poco después de que Elvis Presley popularizara el rock.

Cada país tenía sus grupos y sus cantantes, aunque apenas cruzaban fronteras. Pero todo cambia en los años 80, cuando el rock es asimilado por el pop y eso permite crear una industria basada en canciones más digeribles para la mayoría del público de habla castellana. El pop no es un género musical per se, sino un estilo que suaviza los ritmos puros y los deja listos para las masas.

Eso permitió la magia de que artistas españoles, por ejemplo, pudieran sonar en las radios de América Latina y vender sus elepés (¡incluso fabricarlos en lugares como Ecuador!) como nunca antes y con etiqueta propia, aunque su origen fuera un movimiento contracultural llamado ‘La Movida’, nacido para celebrar las libertadores adquiridas con la llegada de la democracia.

La cantante Alaska es un ejemplo paradigmático. Empezó haciendo punk con Los Pegamoides y ganó notoriedad; pero se convirtió en una auténtica celebridad en América en 1986, cuando publicó con Dinarama la canción A quién le importa, en clave synthpop y con una letra reivindicativa: “No soy de nadie /No tengo dueño”. Una aspiración libertaria del rock mezclada con las pistas de la discoteca. Tenía que ser u n éxito.

1986 es, justamente, el año en que el rock/pop en castellano y sus variantes producen varios de sus álbumes más emblemáticos. Algunos discos, solamente un puñado al azar, están en esta página.

El mayor impacto vino por cuenta de Mecano, trío español que había labrado una reputación con canciones como Maquillaje, No me puedo levantar y Perdido en mi habitación, con letras sobre asuntos cotidianos e hasta intrascendentes, potenciados por el saltarín techno-pop de Nacho Cano, uno de sus integrantes, y matizado por la delicada voz de Ana Torroja.

El grupo hubiera quedado en la historia como un suave exponente del pop, si no fuera por el impacto monumental de su álbum ‘Entre el cielo y el suelo’. Con José María Cano, el otro miembro y reinventado como compositor, el disco ofreció un seductor equilibrio entre los temas bailables de Nacho y los más literarios de su hermano.

Con canciones como Hijo de la luna, Me cuesta tanto olvidarte, No es serio este cementerio, Cruz de navajas y Ay, qué pesado, subió el nivel de las letras y también el de la música, que incursionó en el campo de la fusión. ‘Entre el cielo y el suelo’ fue el primer trabajo de Mecano que superó el millón de unidades vendidas y convirtió al grupo en el más poderoso entre los hispanohablantes.

Debido a la mezcla de ritmos, que luego se acentuaría en los siguientes álbumes, Mecano no es catalogado por muchos críticos dentro del rock/pop, sino del pop a secas, aunque sus elepés en esa época se vendían junto a los de Hombres G.

Este grupo, liderado por el cantante y bajista David Summers, era todo lo contrario a Mecano. Mantenía la base de un típico cuarteto de rock y apelaba a letras divertidas como la de Devuélveme a mi chica, su debut de 1985, que puso a todos los adolescentes a cantar “¡Sufre, mamón!”, para escándalo de mamá y papá.

Summers y compañía no eran precisamente unos poetas y en 1986 sacaron el álbum ‘La cagaste… Burt Lancaster’, que consolidó a Hombres G en la industria, con canciones como Visite nuestro bar, Indiana (en que se burlan de la exagerada admiración a los famosos), Marta tiene un marcapasos, El ataque de las chicas cocodrilo y la balada Te quiero.

En 1986, y ya que hablamos de letras desenfadadas, se produjo el debut de Toreros Muertos, cuyo líder Pablo Carbonell logró que los jóvenes se aprendieran Agüita amarilla, una escatológica manera de explicar el ciclo del agua en la naturaleza.

En Argentina también se produjeron álbumes que impactaron en el público continental. Soda Stereo, que seguía en su fase new wave, publicó ‘Signos’, su tercer larga duración y que con el tiempo sería considerado su mejor obra, junto a ‘Canción animal’ de 1990. Con canciones como Persiana americana y Prófugos, el trío que lideraba Gustavo Cerati también logró su internacionalización.

Hubo más, mucho más. Es imposible reseñar todo lo que salió en 1986 y menos aún todo lo que significó para una generación cuando la aguja se posaba en los surcos y podía oírse: “Y no me cansé de jurarte/ que no habrá segunda parte”.

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