6 de mayo de 2018 00:00

La empatía entra por la vista

Verónica Ávila, en las escaleras que conducen al estudio de su casa, que está adecuado para su consulta. Para ella, la empatía comienza desde que decidimos mirar al otro. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Verónica Ávila, en las escaleras que conducen al estudio de su casa, que está adecuado para su consulta. Para ella, la empatía comienza desde que decidimos mirar al otro. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Ivonne Guzmán
para EL COMERCIO (O)

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Sentadas en el piso, sobre las colchonetas en las que atiende a sus pacientes, y en diversas posiciones (flor de loto, piernas estiradas, rodillas contra el pecho), a veces haciendo espejo la una de la otra, Verónica Ávila y yo conversamos sobre la empatía, ese sentimiento que comúnmente se ve expresado a gritos en redes sociales pero que en el mundo físico es, en realidad, un bien escaso.

¿Con cuál de los cinco sentidos identificas más a la empatía?
Definitivamente con la vista. Usamos lo visual de una manera brutal; un 80% de información se va a ir por lo visual. No es que los otros sentidos no estén aportando información, y en parte es por la cultura que privilegia esto, pero también porque las neuronas espejo funcionan sobre todo vinculadas a la información visual.

¿Qué información recibimos a través de la vista que nos hace sentir conexión con algo o con alguien?
Esta podría ser la explicación de la empatía en un nivel neurofisiológico: aquello que vemos en el otro, nuestras neuronas espejo lo reproducen internamente en la zona premotora, antes de actuar. La vista capta y mapea la postura y el gesto y estas neuronas, que se ubican en el lugar premotor donde el futuro movimiento es planificado, copian tu postura en mi cerebro y entonces empieza a computar y de acuerdo a la información que tengo sobre esto saco conclusiones.

Y te predispones a algo.
Sí, y digo: “Ah, está haciendo esto y aquello” y entonces manda información adelante, que es la parte motora. Si tú te asustas, yo me asusto; si tú te enojas, yo me enojo, y esa parte de mí me permite reaccionar de una manera apropiada.

Y en procesos menos casuales, de relaciones entre gente que se conoce, ¿qué sentido operaría?
Cada persona tiene canales distintos, yo no hablaría de un modo universal. Pero, insisto, es brutal todo lo que estamos computando al ver un rostro. Entonces lo único que necesitas es mirar para empatizar. Hay un experimento en el que unos alumnos iban a tomar un curso sobre compasión, y un día llegan al aula y les dicen que hubo un error y que tienen que ir a otra aula y que se están atrasando; entonces corren como desenfrenados y casi en la entrada donde van a tomar el curso hay un hombre tendido en el piso y ellos pasan saltando sobre él. ¿Cuántos se detienen? Solo los que miran al hombre. O sea, si tú la miras, ya no puedes aislar a la persona. Por eso, una de las primeras cosas que hacemos en el mundo social es desenfocar; o sea, para que tú te puedas jalar un viaje de trolebús tienes que desenfocar.

¿A veces decidimos no ser empáticos porque no queremos sufrir?
No lo sé. No sé si decides no ser empático.Yo creo que uno no siente empatía por ‘default’, como un estado dado. Yo creo más bien que la empatía es un acto de la conciencia; creo que es mucho más habitual estar dentro de tus propias ideas, dentro de los límites de tu mente, y la empatía es un acto intencional. Por eso digo que yo no creo que puedas decidir no ser empático, yo diría que es al revés: decides ser empático. Más bien lo normal es que estemos dentro de nuestras propias formas de organizar la experiencia, que son formas defensivas, son interpretaciones.

¿Crees que hoy somos hipersensibles con el sufrimiento propio y más indolentes con el ajeno?

Sí tengo la impresión de que la sociedad progresivamente genera individuos más aislados. Y para ello uno de los primeros mecanismos que tienes son estos cortes con el sentimiento. Y, claro, así no puedo empatizar porque ni siquiera me llega la información.

¿Somos menos humanos cuando no sentimos empatía con todos y por todo? Te lo pregunto en un contexto lleno de ‘causas’.
Lo humano no es una cosa fija, es un proceso que se mueve y depende del entorno. En la línea en la que yo trabajo, definimos a la persona como el límite entre el organismo y el ambiente. Entonces, si el entorno es favorable, la persona se expande y es capaz de ser mejor, pero no es porque esencialmente es más buena. Siempre que haya un medio favorable, la persona va a poder interactuar de una manera más amorosa; si el entorno es desfavorable, inmediatamente hay una contracción del organismo y un bloqueo y ahí sí la empatía no es posible. Así se genera un sistema de retroalimentación porque el entorno nos determina y actuamos de tal manera que a la vez determinamos el entorno.

¿Esto explicaría por qué somos más empáticos con ciertas personas en determinadas situaciones?
Claro, en una línea que no es la mía, a esto se le llama determinismo recíproco. Es decir, yo creo algo previo y eso me hace actuar de una manera, pero esa actuación cambia el entorno. Y entonces el entorno reacciona de una manera distinta conmigo y a su vez me cambia. Pero decir que somos esencialmente menos buenos por no ser empáticos con todo, no es cierto. No somos empáticos porque el entorno no es favorable.

¿Cuáles son los requisitos para despertar la empatía masiva, como se ve ahora con el caso conocido como La Manada?
Me parece que lo que hace que la empatía se despierte más fácilmente es que esa historia está contando, en otros términos, algo que es conocido. O sea, la identificación para mí sería lo primero. Hay algo en lo cual yo me reconozco en el otro. Entonces, aunque parezca egoísta, eso es lo primero, y es más fácil, más accesible; es algo que yo conozco de alguna manera y me toca. Y la gente se queja y dramatiza sobre el hecho de que haya una tragedia en Francia y todo el mundo ponga la bandera francesa en su perfil de Facebook pero si hay una en África a nadie le importa. Y pasa porque hay identificación, porque estás más cerca de Francia que de África. Tenemos redes hechas para favorecer la construcción de nuestro propio grupo, porque eso evolutivamente nos permitió sobrevivir. Entonces, sí, somos más empáticos con nuestros iguales o con los que consideramos más iguales.

Por razones culturales o biológicas.
Es que para sobrevivir necesitamos al otro y necesitamos al otro cercano.

¿Sentir empatía por algo o por alguien lleva inevitablemente a sentir antipatía por su opuesto?
En estos aspectos sí hay un funcionamiento dicotómico. Así organizamos la realidad, con polaridades. Si, por ejemplo, yo me identifico con ser fuerte y los míos son los que toman el control, inmediatamente los débiles están fuera, y me caen mal. Siempre los juzgo y los descalifico. Esto ocurre cuando no hay un gran nivel de conciencia, o sea, me convierto en una especie de juez y no puedo ver al otro como una alteridad que puede tener algo bueno, incluso algo que me haga falta a mí.

¿Es decir que la conciencia debe trabajar para rebajar las antipatías?
Claro, para salir de este rígido par de opuestos y bajar este enfrentamiento. Hay que abandonar esa visión para pasar la frontera y empezar a ver qué hay en ese otro que en sí mismo es bueno.

¿Las posiciones dogmáticas, ya sean religiosas o políticas, hacen imposible el ejercicio de la empatía?

Sí. Hacen imposible romper la barrera. Y la tendencia es a que se fortalezcan las posiciones y a que suban las defensas. Es que son posiciones terminantes, blanco o negro, que no van a negociar.

¿Qué se necesita para hacer el ejercicio de búsqueda de empatía?
Volvemos a lo del inicio: mirar a la persona. Eso te permite reconocerle; cuando la ves se vuelve una persona.

Suena fácil, pero ¿lo es?
La gente cree que no es fácil, pero basta con que tú en un ambiente apropiado sientes a dos personas y les des el tiempo de verse. Siéntate al lado de una persona y tómate 10 minutos hasta que encuentres en qué se parece a ti y en qué se diferencia. Es increíble porque en un instante las personas se humanizan. Es fácil.

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