9 de agosto de 2020 00:00

Por qué Ecuador y no República de Quito 

Obra levantada en 1936 sobre las señales dejadas por la Misión Geodésica Francesa del siglo XVIII. Foto: Achivo / EL COMERCIO

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Jorge Benavides Solís*  (O)

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Ecuador hace referencia a una línea imaginaria y a la presencia de una misión francesa, llegada antes del Primer Grito de Independencia, con el fin de medir el paralelo máximo de la tierra, es decir, la línea equinoccial que también atraviesa otros países.

La palabra Quito, en cambio, tiene raíces prehispánicas e históricas no europeas. Los padres de la patria no se equivocaron al ponerle un nombre con significado virtual. Fueron coherentes con su extracción ideológica. Por circunstancias históricas, existen varios países que han cambiado de nombre.

Hay opiniones discutibles que se apoyan en antiguos preconceptos y lugares comunes provenientes de los ámbitos, que antes de la globalización, se denominaban metrópoli; originados en la esfera del pensamiento de los conquistadores y de los colonizadores europeos, tal como se deduce del origen de las palabras, de las ciencias y de las disciplinas. Finalmente, tenemos el idioma y la religión del conquistador, pero con una identidad cultural en ebullición, a veces paradójica.

El significado y el contenido de la palabra cultura ha cambiado desde su origen. En el siglo XI hacía referencia a cultivar la tierra, luego a la religión; fue el significado que tuvo para los conquistadores. En el primer diccionario español (1780) ,además del culto, se incluía a la educación y la belleza.

En francés, desde el siglo XVIII, E. B. Tylor por primera vez, en el ámbito de su actividad, definió a la civilización: “Cultura o Civilización, tomada en su amplio sentido etnográfico, es ese complejo de conocimientos, creencias, arte moral, derecho, costumbres y cualesquiera otras aptitudes y hábitos que el hombre adquiere como miembro de la sociedad”. En la última edición del diccionario de la RAE, junto a los anteriores significados, se especifican dos: cultura física y cultura popular. La realidad está en constante cambio, por el contenido de las palabras, evoluciona.

Los griegos denominaron bárbaros, en resumen, a quienes no hablaban su lengua. El jesuita Acosta en su ‘Historia Natural y Moral de las Indias’ en el siglo XVI, siguiendo a Aristóteles, divide a la sociedad prehispánica en tres grupos de bárbaros: el primero “no se aparta de la recta razón”, el segundo “no conoce la letra escrita pero tiene asentamientos fijos” y el tercero es de “hombres salvajes semejantes a las bestias”.

El gentilicio de los aborígenes de las Indias Occidentales, en cortísimo tiempo comenzó a adquirir un significado despectivo, llegando a ser incluso un duro insulto recogido hasta en notables obras literarias. Para atenuar el significado de la palabra indio, fue reemplazada por indígena, según su etimología (inde, de allí y gens, población) pero tampoco en ella se reconocían los andino-americanos. Para los europeos se circunscribe en el ámbito académico, no es frecuente en el habla común, tanto como aborigen, cuya raíz latina es ab origine, osea, “aquellos que viven en un lugar concreto desde el principio y antes de ninguna colonización”.

En el siglo XIX, según Quijano, un intelectual colombiano, cuando se polemizaba sobre la preponderancia cultural de la Europa Latina o aquella germánica, al nuevo continente colonizado por españoles, portugueses y, en menor medida, por los franceses, se llegó a denominarlo Latinoamérica. Si fuera solamente por el castellano, idioma romance del latín, también habría razones para la denominación de latino-europeos a los rumanos, latino-asiáticos a los filipinos y latino-africanos a los ecuatoguineanos. ¿Por qué no se adoptó la denominación de Iberoamérica, Hispanoamérica o Indio-américa? Seguramente por connotaciones políticas, raciales o ¿porque no incluía el componente africano? Los haitianos en Estados Unidos no son afro-americanos. Son latinos.

Reconocerse como latino para los emigrantes resultó más cómodo y para quienes los acogían, por genérico, más funcional. Se podía aplicar tanto a la gente como a la música y a las costumbres. Se hace ostensible en el país cuyo nombre no es un sustantivo propio: tanto el bonaerense fresco descendiente de europeos como el cuzqueño y el dominicano son identificados como latinos.

La evolución del contenido de las palabras también ha ido acompañada de un componente racista desde la publicación del libro de Darwin -cuyo título no incluye la palabra Teoría- que hace referencia a la selección natural de las especies, por otra parte, base del actual darwi­nismo social.

Hasta antes de la tercera revolución industrial, las razas se reconocían por el color de la piel: blanca (europeos), amarilla (chinos), negra (africanos) y cobrizos (prehispánicos). Sarmiento habló de la quinta raza. Hasta que los restos de la africana Lucy demostraron que todos los habitantes de la Tierra somos sus descendientes, pues en África y no en otro lugar está el origen del sapiens. Desde allí, en diferentes épocas quedan las huellas en los caminos recorridos por los hombres para poblar el mundo, como señala Cavalli Sforza. No todos son conocidos.

El colonialismo inglés afirmado en el siglo XIX justificó su dominio racial en las colonias. Seguramente, por eso no se mezclaron con los dominados. Todo lo contrario sucedió con los españoles conquistadores de América. Fueron nobles por haberse casado con mujeres de la nobleza prehispánica, en Cuenca, en Lima, en México: Cortez, Pizarro, etc., no por haber llegado con esos títulos a territorios desconocidos.

Desde entonces, para la sociedad local, los herederos con tez blanca no son mestizos, son blancos; los demás sí resultaban indios o cobrizos. Estos términos e incluso los apellidos vinculados a ello producen incomodidades sociales. Una periodista que trabaja en un importante diario español escribe su apellido ­indio con una impronunciable fonética castellana: Quizhpe, acogida a que los apellidos y nombres se escriben a capricho. Y no es así, ellos cargan historia.

La ciencia avanza y gracias al rastreo del ADN y a la observación histórica, resulta que en el mundo no existe una raza humana. Todos somos mestizos, hasta los prehispánicos. El imperio inca hizo posible la mezcla de la población. De ahí que resulta absurda, racista y segregacionista la forma de registrar los datos al solicitar la cédula de identidad en Ecuador: montubio, afroamericano o indígena.

Los criterios étnicos para hacer los censos resultan fuera de lugar en Europa. La etnografía se utiliza para estudiar al diferente en etnias determinadas. ¿Sería pertinente que un indígena ecuatoriano le preguntase a un parisino a qué etnia pertenece? Al revés, no resultaría carente de lógica si se toma en cuenta el censo en Ecuador.

La segregación económica es el soporte de la segregación racial, incluso edulcorada por las palabras impuestas por la realidad que se resiste a cambiar cuando el tiempo histórico-político es corto y sus protagonistas no consiguen definir su identidad que, por otra parte, no es estática.
*Arquitecto, docente

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