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La depresión y el duelo, huellas que deja la pandemia

El año de pandemia no solo provocó soledad por los confinamientos, sino también la pérdida de seres queridos. Foto: Archivo / El Comercio

El año de pandemia no solo provocó soledad por los confinamientos, sino también la pérdida de seres queridos. Foto: Archivo / El Comercio

El año de pandemia no solo provocó soledad por los confinamientos, sino también la pérdida de seres queridos. Foto: Archivo / El Comercio

Es ese despertarse y dar la cara a una rutina trastocada. Ya no está el ser querido al lado, con quien se preparaba o se servía el desayuno, se lavaban los platos o se salía hacia el trabajo. El enfrentar lo cotidiano solo o sola, luego de haber pasado años o incluso décadas junto a la pareja. Ni qué decir de la pérdida de un hijo, un dolor inexpresable.

Tal vez fue el haber sido despedido del trabajo y el sentimiento de vacío e incertidumbre al no saber cómo responder a los gastos de arriendo, alimentación y servicios. Hay personas que incluso no pueden y no quieren levantarse de la cama. Solo quieren dormir y hasta desean la propia muerte.

La pandemia -que está cumpliendo ya un año en el país- ha hecho más evidentes las pérdidas que el ser humano debe experimentar. La pérdida más dolorosa es afrontar la muerte de un ser querido, un padre, una madre, la pareja, un hijo, una hija o un amigo.

El siguiente peldaño, aunque no tan grave pero también muy devastador, es perder el empleo o la fuente de ingresos, como la quiebra de un emprendimiento o un negocio.

Todas estas clases de pérdidas conllevan la tarea ineludible de hacer frente al duelo.

Este proceso es básicamente el comprender que la vida continúa a pesar de la muerte o de la pérdida. Pero ese proceso, obviamente, no se da de la noche a la mañana. Por el contrario, tiene varias etapas donde uno transita por distintas emociones y situaciones, hasta asimilar esa carencia.

El tema de cómo gestionar el duelo es clave para digerir la pérdida y continuar con la vida a pesar de las circunstancias.

Alexis Astudillo, capellán del Hospital Vozandes y terapeuta, explica que el ser humano vive sufriendo pérdidas desde la separación del cuerpo de la madre en el alumbramiento: el primer día de escuela, el primer desengaño o rechazo amoroso, reprobar el año, ser despedido, sufrir un robo o un asalto, una enfermedad, cambiarse de casa, tener que emigrar, dejar amigos y familia atrás y, principalmente, la muerte de un ser querido.

Frente a ello, se plantea la necesidad de cómo gestionar el duelo. “La pregunta no es si voy a hacer el duelo, sino cuándo y cómo voy a hacerlo. Hay una realidad que nos cuesta aceptar, lo digo con todo respeto, y es que la vida continúa”, detalla el capellán y terapeuta.

Estar en duelo puede ser una actitud pasiva y conformista. Mientras que gestionar el duelo es tener una actitud proactiva. El tiempo es un aliado, pero no soluciona todo. Hay que vivir las tres etapas del duelo. Entenderlas permite valorar los desafíos de cada una y cómo poder transitarlas.

La primera etapa es la negación, que en el caso de la muerte de un ser querido puede llevar de dos a tres semanas o un mes como máximo. En esta etapa, el doliente cree que todo es una pesadilla y que va a despertar en la situación anterior a la pérdida.

Se ponen todos los platos a pesar de que uno de los miembros de la familia ya no está presente. Se dejan las luces prendidas, a la espera de que el ausente las apague. Se viste la persona, repite su rutina y sale a ‘trabajar’ pese a estar desempleado.

Aunque en la mente se entiende la situación, no se acepta la pérdida porque aún se experimenta mucho dolor.

Y aunque esta etapa debería demorar como máximo un mes, la negación puede extenderse por años. Se asume la posición del hombre o la mujer fuerte, que finge que no siente o que el hecho no le afecta.

O se juega al mecanismo de defensa del activismo, en el que él o ella trabajan incansablemente o se ocupan largas horas en una serie de tareas para acostarse tan agotados que evaden el pensar en el dolor. Pero tarde o temprano ese dolor va a aflorar y se lo tendrá que padecer.

Una recomendación para poner fin a esta etapa, en el caso del fallecimiento de un familiar, es tener un ritual religioso al mes de la muerte para recordar al ser querido.

La segunda etapa del duelo es la aceptación, que puede llegar hasta el quinto o sexto mes después de la pérdida.

Es la etapa más compleja, en la que uno empieza a aceptar que la rutina ha cambiado definitivamente, que las tareas que hacía la pareja las debe realizar uno solo, como en ‘El almuerzo del solitario’, de Jara Idrovo.

En los cumpleaños, Navidad, vacaciones, Año Nuevo… ya no estará el ser querido.

En esta etapa son comunes los sentimientos de ira contra la familia, contra la vida, el Gobierno o contra Dios. También se pueden saborear sentimientos de culpa: ¿qué hice mal?, ¿qué podía haber hecho para evitar esta situación?

Asimismo, se puede atravesar por actitudes de hermetismo, silencio, aislamiento angustia y llanto constante. La situación es normal y pasará.

La última etapa es la asimilación, más o menos luego de un año. Es el momento en que se acepta que la vida continúa a pesar de que esa persona ya no está y no volverá.

“En esos momentos debemos comprender que aún tenemos familia o gente a nuestro alrededor que anhela vernos recuperados”.

En Internet abundan no solo consejos para enfrentar el duelo sino decenas de estudios y estadísticas que dan cuenta de que los padecimientos mentales y la depresión aumentaron, en todo el mundo, el último año. Frente a esto, la mejor medicina es el acompañamiento y la empatía con el familiar, el amigo o el compañero que ha sufrido la pérdida, siempre desde el respeto, sin minimizar el dolor ajeno, pero con el regalo de estar presente.