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Los ‘curas revoltosos’ del 24 de mayo de 1822

La batalla que selló la libertad fue librada entre las tropas realistas y las fuerzas conducidas por Sucre

La batalla que selló la libertad fue librada entre las tropas realistas y las fuerzas conducidas por Sucre

La batalla que selló la libertad fue librada entre las tropas realistas y las fuerzas conducidas por Sucre. Foto: fotografíapatrimonial.gob

Sobre la batalla de Pichincha se han escrito numerosos trabajos históricos desde el punto de vista militar, en los cuales se detalla con amplitud los pormenores del combate, basados, entre otros, en el parte que el general Antonio José de Sucre elevara a Bolívar el 26 de mayo de 1822, luego de la capitulación del general Melchor Aymerich y Villajuana capitulara ante el vencedor cumanés: “…Los resultados de la jornada de Pichincha han sido la ocupación de esta ciudad y sus fuertes el 25 por la tarde, la posesión y tranquilidad de todo el Departamento…” (Boletín de la Academia Nacional de Historia, No. 119, Quito, enero-junio de 1972, p. 74)

Para la fecha, Quito estaba gobernada por autoridades españolas presididas por Aymerich, quien hasta el 8 de abril de 1822 desempeñó las funciones de jefe político superior de la capital. Ese día murió el general Juan de la Cruz Murgeón, presidente de la Audiencia, y de inmediato fue reemplazado por el malagueño Aymerich, quien se enfrentó con Sucre en las breñas del Pichincha y fue derrotado el 24 de mayo del mismo año.

Cuando sucedió este singular acontecimiento, Quito tendría aproximadamente unas 26 000 gentes, ya que para 1800 la urbe se hallaba poblada por “… 25 000 habitantes, pues el padrón de 1784 mostraba 23 726 almas (17 976 blancos, 4 406 indios, 733 libres y 611 esclavos) y unas 3 000 casas, (Lucena Salmoral, ‘Las tiendas de la ciudad de Quito cerca de 1800…’ En Javier Gomezjurado, Historia del Cabildo y la ciudad, 2015, p. 257) que residían en seis parroquias, también conocidas como barrios desde mediados del siglo XVII, difíciles de controlar como se comprobó en la Revolución de los Estancos de 1765.

Estos eran: la Catedral o El Sagrario, San Roque, San Marcos, San Sebastián, Santa Bárbara y San Blas, este último una parroquia a la salida norte, originalmente de indígenas. Los criollos habitaban en los sectores centrales. Las casas generalmente eran de ladrillo o de adobe y barro, con predominio del estilo andaluz, con enorme entrada, amplios zaguanes, un primer patio rodeado de columnas y empedrado de canto rodado en torno al cual se ubicaban las habitaciones. (Ibid. Gomezjurado, p. 260)

El cabildo de la ciudad, conforme las leyes españolas, estaba compuesto de regidores, (gobernaban y controlaban la vida cabildaria); alcaldes, (dos: autoridades judiciales); alférez real, (jefe militar), alguacil mayor (encargado de hacer cumplir las órdenes del Cabildo), fiel ejecutor (encargado de regular precios de los abastos, así como de cuidar el ornato de la ciudad), procurador (representante legal del municipio: abogado), escribano real (llevaba los registros y acuerdos del Cabildo), alcaldes de Santa Hermandad (alcaldes de distrito), depositario general (encargado de las recaudaciones tributarias), tesorero, contador y otros cargos (el tesorero era el custodio de los fondos del cabildo; el contador llevaba los libros; los maestros de escuela y los empleados del hospital eran empleados del Cabildo).

Las dignidades hasta de alférez real eran, generalmente, desempeñadas por españoles de origen. Los demás podían ser ocupados por criollos, razón por la que, de ordinario, “había grandes problemas personales y sociales entre los dignatarios, pues los llamados chapetones querían imponer su abusiva autoridad ante los subalternos, quienes pugnaban por un cambio político y económico en las colonias americanas, resentimiento que se gestaba desde finales del siglo XVIII, siendo el quiteño Eugenio Espejo uno de los más notables pensadores y revolucionarios que influenció con sus escritos ante la conciencia de los americanos” (Frederick Lurdens, ‘El pensamiento radical de los próceres independentistas del siglo XVIII’, México, Aguilar, 1960, p. 269)

El Quito de 1822, según varios cronistas extranjeros, “era una ciudad aislada del resto del mundo por caminos infranqueables y gigantescas cordilleras. No se ven chimeneas saliendo de sus techos cafés: ni ninguna nube agradable de humo que se tuerce hacia el cielo. Los únicos sonidos que suben desde la meseta en la que se sustenta la ciudad son el repicar de campanas de las iglesias, el canto de los gallos y las trompetas de los soldados” (Reginald Enock, En Eduardo Kingman Garcés, ‘Los trajines callejeros. Memoria y vida cotidiana de Quito’, siglos XIX-XX, Flacso, 2014, p. 27).

Desde el punto de vista religioso, iniciado el movimiento independentista, frailes y monjas no eran ajenos al movimiento independentista que se había gestado en Quito a partir del 10 de agosto de 1809. “En medio de este incendio general tampoco los institutos monásticos pudieron permanecer impasibles, dividiéronse sus miembros, sosteniendo los unos la licitud de la emancipación y contribuyendo bajo todas formas a que la tan ansiada libertad tuviese su más completa realidad; en tanto que los otros combatían aquellas idas como ilícitas, por rebeldes contra el Soberano de España…” (Fr. Joel Monroy, Miscelánea Mercedaria, T. II, Quito, Labor, 1939, p.57).

En esta circunstancia, Ramón Núñez, procurador General de la ciudad, dispone que se siga causa criminal contra los padres Antonio Albán y Álvaro Guerrero, exprovincial y comendador del convento Máximo de San Nicolás, respectivamente, por “miserables insurgentes”, acusación que también llegó contra los frailes Pedro Barrera, Andrés Torresano, Joaquín Astudillo, Francisco Saá, José Romero, José Clavijo, Ramón Guisasa, Miguel Arauz y Agustín Baldospinos, a quienes dispuso se les debía “despojar de toda autoridad y categoría por traidores a S.M.” (Archivo histórico de la Merced, Documentos varios, 1813-1825)

El realista Manuel de González, en carta del 20 de mayo de 1822, dirigida al religioso Isidoro de San Andrés, quien, por orden de Aymerich había sido designado nuevo comendador del convento de la Merced, señala: “La gente de bien estamos muy preocupados por lo ocurrido en Riobamba en este abril pasado en donde el zambo Sucre ha superado por ese día a los gloriosos ejércitos de S.M., por lo que creo que S.P. deberá poner bajo gollete de hierro a todos los curas revoltosos que andan levantando a la gente ignorante de Quito, cuya mayoría está a favor de los levantiscos, con el agravante de que esta gentuza es mal agradecida de los favores y beneficios que S.M. ha realizado con este pueblucho indolente…” La carta señala que varios españoles han decidido alejarse de Quito hasta cuando “pase la tormenta que será apaciguada por las tropas y armas reales al mando de S.E. el Gral. Aymerich (…) Ojalá esta morralla reflexione y no apoye a los díscolos que como plaga vienen sobre Quito”. Encarga, por otra parte, al mercedario una cierta cantidad de dinero que “deberá guardar celosamente por cuanto allí está la seguridad de los míos…” (Ibid. Archivo mercedario. Varios, año 1822.)

En el libro consultado, existe en su parte marginal una curiosa nota: “Varios nobles y gente blanca decidieron abandonar Quito ante la llegada de los insurgentes, replegándose a lugares seguros ¡Dios nos guarde! 21-my.22”.

Luego del viernes 24 de mayo de 1822, el padre Antonio Albán retornó al convento máximo de la Merced y fue quien autorizó que el cadáver de Abdón Calderón, fallecido en la casa del Dr. José Féliz Valdivieso el 7 de junio del mismo año, recibiera cristiana sepultura en la cripta de esta casa religiosa conocida como de San Nicolás.

*Historiador, miembro de número de la Academia de Historia Militar.

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