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Stéphane Vinolo: ‘No existen lugares privilegiados para hacer filosofía’

Stéphane Vinolo, filósofo y docente. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Stéphane Vinolo es un filósofo francés radicado en Quito. Además de ser profesor universitario, también se ha empeñado en la divulgación. En esta conversación hablamos sobre sus empeños en llevar la filosofía a la mayor cantidad de personas.

¿Es una apuesta arriesgada decidir que se estudiará filosofía como una profesión?

Mi encuentro con la filosofía fue una especie de encuentro ‘acontecimiental’, por un lado, muy clásico, y por otro, muy íntimo. Me acuerdo perfectamente: estaba en el colegio para mi primera clase de filosofía. Entró el profesor, dio la clase y me dije: en mi vida voy a ser eso y no quiero hacer nada más. Yo era un estudiante relativamente bueno, por lo que optar por la filosofía era un riesgo profesional. Cuando te lanzas a una carrera como esta, por un lado es una decisión teórica porque te gustan los conceptos, te gusta pensar, pero también hay algo práctico. A mí la filosofía me salvó la vida casi biológicamente. Creo que siempre hay este lado teórico, pero también este compromiso práctico, esta decisión de vida, casi una decisión corporal de entrar en la filosofía.

Es la importancia del docente…

Es absolutamente fundamental. Si no tienes la suerte de tener a un buen profesor de filosofía en el colegio difícilmente podrás amar la filosofía porque seguramente no la entenderás. En muchas ocasiones se puede confundir con la moral, con la educación cívica o los valores. Pero si tienes la suerte de tener un verdadero profesor de filosofía, que no solamente te lee los textos de los grandes pensadores sino que es alguien que está pensando mientras te da la clase, será algo que cambiará tu vida para siempre.

La pasión del otro que enamora.

Gilles Deleuze hace una análisis interesante sobre la amistad en la filosofía. Dice: hay algunas personas que, por alguna razón misteriosa, nos hablan en un lenguaje extremadamente complejo y entendemos de qué nos están hablando. Y hay otras personas que nos van a preguntar qué hora es y no vamos a entender qué nos están pidiendo realmente. Y dice: eso es un amigo. La filosofía en su misma etimología es una cuestión de amistad, no solo con las ideas, sino con este profesor, algún estudiante, algunos colegas.

¿Qué pensaba cuando dejó Francia, un referente del pensamiento occidental, y viene a Ecuador, en donde no hay una tradición filosófica?

Obviamente no se puede decir que en Ecuador hay una tradición filosófica, como en Alemania, Inglaterra y Francia. Sin embargo -y justamente por eso-, a la filosofía hay que llevarla, hay que difundirla, hay que hacerla donde se pueda. Yo no creo que existan lugares privilegiados para hacer filosofía. Esa es una concepción muy pobre y muy reciente. La filosofía nunca se hizo realmente en las universidades. De ahí todo el trabajo de difusión que intento hacer, no tanto para sacarla de las universidades, sino para regresar a su concepción más clásica. Sócrates hablaba con el carnicero, las prostitutas, el pescador, el político… René Descartes y Baruch Spinoza dialogaban con todo el mundo.

El problema es que hay un prejuicio y rechazo de la academia hacia los que hacen divulgación.

Este prejuicio, en el caso de la filosofía, es de una ignorancia de la historia porque los mismos grandes filósofos hicieron divulgación. Las cartas más importantes de Spinoza sobre el problema del mal eran con un comerciante que no sabía nada de filosofía. Sartre hacía filosofía con las prostitutas; Jacques Derrida, con los jóvenes. Alain Badiou, uno de los más importantes a nivel mundial, fue a dar una charla para niños de 8 años para explicar la diferencia entre los finito, lo infinito y lo transfinito. Y, claro, por otro lado tiene una obra complicadísima, magistral, genial. Si el mismo Spinoza, Badiou o Heidegger lo hicieron, ¿qué tipo de arrogancia tendríamos los académicos para no hacer eso?

Y así se lanzó a hacer esos seminarios en la Alianza Francesa.

Este programa tiene una historia interesante. Cuando llegué a Ecuador, me dije intentemos difundir la filosofía, hacerla para todos. Le propuse a algunas instituciones académicas e inmediatamente me dijeron no, que no les interesaba. En una especie de desesperación, como soy francés, fui a la Alianza Francesa, quizá sienta compasión por mi proyecto, aunque sea por cierta solidaridad nacional. El director entendió de inmediato de qué se trataba, me apoyó pero también me advirtió que, en Quito, si en un seminario de filosofía hay 20 personas, podía considerarme superfeliz. Organizamos cinco sesiones de Sartre. En el primer día hubo 160 personas. No cupieron en el anfiteatro. Tuvimos que reorganizar todo para poder atender a tanta gente.

Lo que prueba que un porcentaje interesante de ecuatorianos quieren conocimiento, cultura.

Me muestra que el problema no es la demanda, sino la oferta. No es que los ecuatorianos no quieran filosofía, sino que les es difícil acceder a ella. Para mí es casi una cuestión de ética. Se lo debemos a la gente que no tiene la suerte del acceso a la cultura, a decirle al pescador que Moby Dick en parte habla de él, a decirle a las prostitutas que Sartre le puede ayudar porque habla de ella. Es casi un deber ético y por eso no hay que soltar esta idea. Muchas veces he recibido obstáculos y críticas por todas partes, pero no importa: hay que mantener la línea ética. Se lo debemos a las personas que no tienen la suerte que nosotros tenemos.

Trayectoria

PhD en Filosofía por la Universidad Michel Montaigne de Burdeos (Francia) y PhD en Teología por la Universidad de Estrasburgo (Francia). Organizó las ‘Charlas filosóficas’ en la Alianza Francesa, de las cuales circularán próximamente en libros. Es profesor de la PUCE.