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Un retro con los ganadores del Mariano

Carlos Revelo. El cuadro Interior fue reconocido en 1993.

Carlos Revelo. El cuadro Interior fue reconocido en 1993.

Bajo los paraguas y con gabardinas llegaron las personas al Mariano Retro, a su noche de inauguración, el jueves. Todos congregados por el arte y la historia, parados en el lobby del Centro de Artes Contemporáneas, escuchaban las palabras de rigor para estos actos, hasta que las puertas de la muestra se abrieron’

Entre la gente, destacaba la cabellera blanca del poeta Julio Pazos. Él, gran apreciador de la pintura, ayuda a este Diario en la búsqueda de los artistas, ganadores del Mariano, allí presentes. “Los indigenistas están todos muertos”, dice Pazos, abrigado por un poncho de lana, mientras contempla los cuadros del cuarto pabellón.

El programa de mano apunta sus nombres: Víctor Mideros (1898 – 1969), Diógenes Paredes (1910 – 1968), Eduardo Kingman (1913 – 1997), Oswaldo Guayasamín (1919 – 1999). El calvo solitario de Calle 14, de Camilo Egas, se roba la vista en el fondo de la sala.

En el corredor, además de las esculturas en pequeño formato, se han colocado cuadros cronológicos para ayudar al visitante a contextualizar la muestra. Así, se puede conocer que el Mariano Aguilera, en sus primeros años (1917), sintonizaba con la apertura del Guggenheim en Nueva York, con las muestras expresionistas en Europa y con las de Siqueiros en México.

Por ese mismo corredor, María de la Torre, de la oficina de coordinación, nos guía hacia dos artistas, un pintor y una escultora, Luigi Stornaiolo y Mariana Fernández de Córdova. Posan junto a sus obras ganadoras y recuerdan el momento de su creación. “La mejor facultad de la mente es el olvido”, dice Stornaiolo, parado junto a ‘Gavillas advenedizas haciendo tabla rasa’, la pintura neofigurativa que hizo en 1989. “En Santa Clara de San Millán pinté ese cuadro –continúa Luigi– pero… no se sabe qué decir. Hay tres cosas que se pierden con la edad: la memoria’ y las otras no me acuerdo”. (Risas).

La voz de una visitante que pasa junto a los esperpentos y los brochazos del cuadro grita: “¡Pero el talento permanece!”.

Con Fernández, en cambio, vamos al pabellón dos. Ella se esconde y se deja ver por entre el sombrero, la mochila, el paraguas y la gabardina de metal forjado que hacen su Perchero. En 1994, cursaba el último año en la Facultad de Artes, ya había tenido a sus dos hijas y ganó el Mariano. Ahora siente los olores y los visos de cambio para con este premio y en la cultura, “escudo y espada de la nación”.

De vuelta en el corredor, dos estudiantes de la Facultad de Artes, María José y Pablo, nos llevan hasta Carlos Revelo. El pintor acomoda las bufandas en los cuellos de sus dos pequeñas hijas. El frío arrecia. Él cruza otra vez el pasillo, entra en la sala de Neofiguración y encuentra su Interior, acrílico sobre tela, ganador en 1993. Entonces, Revelo se buscaba entre la figuración y el abstraccionismo. “Quería sugerir más que nada, que no se diga todo, sino dar una pista al espectador”. También intentaba centrarse en el ser humano, el movimiento, la fuerza del color, el gesto en la pintura, la mancha.

Son muchas más de 100 personas las que se paran frente a las obras, las miran, comentan y siguen el recorrido. En el pabellón de Abstraccionismo hallamos a la galerista Ileana Viteri, quien también ayuda en el reconocimiento de los artistas; así, suelta el nombre de Paulina Baca y nos guía hacia la escultora.

En la sala contigua, la artista se remonta 23 años atrás cuando se dejó llevar por el contraste de la dureza del metal y la fragilidad de la figura humana, cuando sintió atracción por las siluetas arquitectónicas, sus sombras y perspectivas, cuando dio forma a La cuesta. Ese momento le marcó y, desde ahí, ha confrontado en su obra materiales suaves y duros, naturales e industriales.

Ileana Viteri, cuyo padre, Oswaldo, ganó el Mariano Aguilera en 1960 y 1964, nos presenta al quiteño Carlos Viver: bigote, pequeños lentes oscuros, sombrero de ala corta y ganador en 1980. “Eran los tiempos en que buscábamos romper con lo convencional de la figura”, dice, y mira a su hija, Nina, junto al cuadro ‘Fiesta nocturna’. “Curiosamente –dice– son dos antecedentes (la fiesta y la noche) constantes en mi vida”, ríe. La risa suena en la sala que, poco a poco, se queda sin gente. Se podrá visitar la muestra durante tres meses.

Finalmente, el antiguo Hospital Militar vuelve a su silencio y soledad, habitando en él solo los personajes de las obras, con sus colores y sus formas.

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