19 de August de 2012 00:03

¿Qué hay en un nombre?

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Juan Lorenzo Barragán
Comunicador visual,  observador de la cultura popular.

Queramos o no, el nombre de cualquier cosa empezando por sus fonemas y terminando por su significado es un elemento crucial de la identidad. El de nuestro querido país, Ecuador, seguido por el del ídolo Barcelona y continuando por el de seguramente nuestra marca más popular, Pilsener, evidencian que tenemos un serio problema en nuestra identidad, pues estos tres ejemplos no reflejan de manera alguna nuestros orígenes ni tienen rastro de nuestro acervo.

Desgraciadamente eso es lo que tenemos, hemos heredado y difícilmente (por no decir imposible) podríamos hacer algo para cambiar esta realidad que nació con la república y se consolidó el siglo pasado; como lo proponía hacer con nuestros símbolos patrios una seria pero un tanto ingenua moción en el marco de la redacción de la Constitución de Montecristi.

Aparte, en la actualidad, en un mundo en donde la hegemonía cultural nos llega del “imperio” desde hace ya rato, ¿cabe esperar que nuestros compatriotas busquen en sus raíces a la hora de poner el nombre a un negocio, una obra pública, un edificio, una finca vacacional o hasta un hijo, so pena de hacer menos “utilidades”, a la hora del balance, o pasar desapercibido con uno que no se destaque del estándar? Aunque no parezca, en un mundo mercantilista un nombre es clave a la hora de “posicionarse”.

La inventiva de los nombres propios va mucho más allá de emular lo anglo (o lo soviético), siendo una práctica de potente humor que se vuelve todo un arte como se evidencia en los nombres de muchos de nuestros deportistas de élite o dignos representantes.

Por algo será que a la hora de ponernos serios, hacer el ejercicio “pluralista y democrático” de nombrar unos aeropuertos, resulta difícil y termina en disputas hasta políticas.

¿Por dónde debemos buscar? ¿rescatando el pasado? ¿y desde cuándo (si tomamos en cuenta que el apellido más antiguo de Quito parece ser Pillajo)? Tal vez simplemente solo nos queda el humor para tratar de olvidarnos de nuestra compleja y muchas veces deleznable identidad.

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