Estado de excepción
Salud mental de los estudiantes, una prioridad con e…
Madres donan leche materna para salvar vidas
Mafias tienen casas en todo Guayaquil para resguardar droga
Las cifras sobre los recicladores de base, una tarea…
Material reciclado se usa para hacer madera plástica…
Juana Iza: ‘El reciclaje es una fuente de materia pr…
Un siniestro de avioneta deja cuatro muertos al sur …

La piedrolatría y otras manías

En la foto se ve la Iglesia de San Francisco y la capilla de San Carlos ubicada en el Centro Histórico de Quito. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

En los últimos días, en redes sociales se ha hablado con insistencia y sin mayores argumentos, lo equivocado de haber pintado el zócalo de la capilla de San Carlos, que aparentaba piedra. Un análisis sobre esto no puede aclararse con un ‘trino’, y es necesario matizar de la manera más adecuada y seria.

El tema de la ‘piel’ de la arquitectura es muy complejo. Recordemos que solamente a inicios del siglo XIX se constató que tanto la arquitectura como la escultura clásica griegas eran policromadas y, a pesar de esto, las seguimos pensando blancas.

El antiguo colegio de San Buenaventura surgió a mediados del s. XVII de la transformación del colegio de San Andrés. Sus instalaciones, desmejoradas, fueron hacia 1840 un Colegio Militar y, para 1851, los franciscanos llegaron a un acuerdo formal con el Gobierno para que en ellas funcionaran las Cámaras Legislativas.

El incumplimiento del Gobierno con el mantenimiento de los edificios y el sismo de 1859 los estropeó más. Los frailes resolvieron recuperar la propiedad, que regresó a su poder en 1864. Ante la imposibilidad de ocuparla y por el temor de una desapropiación, resolvieron venderla, llegando a manos de doña Virginia Klinger, quien donó las instalaciones a las religiosas de la Caridad.

El historiador de arte, José Gabriel Navarro, sostiene que la capilla no entró en la transacción, y que esta fue incorporada al conjunto por auto de la Santa Sede en mayo de 1868. Los franciscanos la vaciaron, pero ningún objeto sacado de ahí se conserva. Después del terremoto de agosto de 1868, las edificaciones fueron reconstruidas, bautizando las monjas al conjunto como San Carlos en honor al esposo de la donante, Carlos Aguirre Montúfar.

De la capilla solamente había quedado en pie el muro externo, con su portada de piedra del s. XVII, la única pieza de interés colonial que queda. Abajo se abrieron ventanas en arco, se realizó una nueva cubierta y se la decoró con pintura mural.

¿Cuándo se realizó el zócalo que simulaba piedra rústica? Ya aparece en las primeras fotografías de Quito, ocupando solo el tramo de San Carlos, pues termina en la portada de Cantuña. Es de notar que el claustro franciscano no tiene zócalo, pero sí la fachada pétrea del templo, esta magnífica obra manierista, concluida hacia inicios del s. XVII.

El zócalo de San Carlos tiene la misma altura y composición que el de la iglesia. Simulaba con argamasa de cal y arena un almohadillado. Probablemente, ya en el s. XX, disponiendo de cemento portland, se le dio la apariencia rústica para que armonizara con el de la fachada del templo principal.

El zócalo no solo tiene una función estética, como base de un muro, sino que fundamentalmente cumple un papel protector contra la humedad provocada por la lluvia y las salpicaduras del agua encharcada en el suelo. Si se lo hace de piedra, a más de impermeabilidad, garantiza resistencia al continuo desgaste causado por personas y vehículos.

San Carlos no dispone de un amplio alero que proteja su alta fachada, por lo que las copiosas lluvias la azotan. El agua salpica en la base y la acumulada en el irregular pavimento del atrio, provoca humedad por capilaridad a través del permeable zócalo, que parece de piedra, pero no lo es…

El deterioro de la pintura mural decorativa del interior fue provocado por este fenómeno. ¿Cuál fue el remedio? Impermeabilizar la superficie externa del zócalo y de paso, borrar lo que se consideró un “falso histórico” y la simulada piedra fue blanqueada.

Pero ¿debe eliminarse todo falso histórico? No necesariamente, pues si actuamos así, deberíamos comenzar por derrocar el Palacio de Gobierno, un falso colonial de 1960, en el que nunca estuvo Carondelet, que le da su arbitrario nombre…

En el siglo XIX nacieron recreaciones de estilos pasados, como con el gótico que tanto éxito tuvo en Europa y América.

Nuestra Basílica del Voto Nacional, es un claro ejemplo de falso gótico… ¿Se le debe derrocar? Y a propósito de este monumento, recordemos la polémica sin fundamento que se suscitó cuando se repintó la capilla del Sagrado Corazón de María, inaugurada en 1909, cuando ocurrió la visita del Papa Francisco en 2015; esta debía protegerse de la intemperie, pues sus muros son de ladrillo enlucido y no de piedra o cemento simulando piedra, como es el templo principal.

Esto de simular piedra o mármoles fue muy común en el pasado. Es necesario recordar que cuando se usa piedra, no siempre esta se expresa con su color y textura, pues muchas veces se la recubre. El caso más conocido, pero que se desconoce, es el de la fachada de la Compañía de Jesús, que simulaba mármol. Se trataba de un típico efecto teatral barroco, así como cubrir la madera con pan de oro en los retablos. El abandono de la iglesia por casi un siglo, lavó la fachada, pero quedaron los testimonios de viajeros y una acuarela anónima en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Otro caso es el del templete de la catedral, terminado en 1807, este sí apropiadamente llamado de Carondelet. De estilo neoclásico, fue diseñado por Antonio García, simulando mármol. La acción municipal, aplicando la doctrina de la ‘piedrolatría’, destapó impúdicamente el templete hacia 1930, cepillando su recubrimiento, y al encontrarse que tanto la rosca de los arcos, como los muros que descansan sobre ellos, eran de ladrillo, se vieron obligados a dejar los arcos blancos y en los muros simular piedra con pigmentos. Muchas veces la Municipalidad hace honor a la ignorancia, como cuando hace un año se propuso volver a construir la fachada decimonónica de la casa municipal sobre un edificio de 1977…

Los recubrimientos que simulaban piedra se desarrollaron especialmente en el siglo XIX para la arquitectura historicista y ecléctica, pues, sin tanto gasto se daba una imagen de riqueza material acorde a su grandilocuencia.

Ejemplo de esta arquitectura en Quito es el antiguo Banco Central, de F. Durini, en donde las grandes columnas del pórtico de ingreso, son de hormigón simulando piedra, así como el tratamiento interior de paredes y pilastras, que parecen de granito Hernán Crespo Toral, el gran maestro de la conservación de bienes culturales nos decía: “no hay enfermedades sino enfermos”. Con esto nos daba a entender que cada caso debe ser estudiado individualmente, y que la receta para uno no es la receta para otro… La presencia de historiadores que expliquen documentadamente por qué cada cosa es como es, es fundamental, así como la discusión interdisciplinaria, para la toma de decisiones sustentadas.

Pocos recordarán que, durante varias décadas del siglo XX, el cuerpo superior de la fachada de la iglesia de San Francisco, donde nacen las torres, simulaba piedra con pintura de cemento portland, unificando la cromática del imafronte, modificando radicalmente la lectura del monumento. ¿No sería que también en esa ocasión se simuló la piedra rústica, pintándola de cemento, en el zócalo de San Carlos?

No creo que la actuación reciente en este zócalo arriesgue la declaratoria de Patrimonio Mundial, pues no es relevante y es reversible, basta volver a falsificar los materiales. Pero esta algarabía no se compadece con el verdadero deterioro de nuestro Centro Histórico, al no dar atención a asuntos trascendentales, como el abandono de la población, la destrucción de la arquitectura original de patio tras las fachadas, el cierre de locales por la pandemia, la pobreza, el alcoholismo, la suciedad, el desempleo, el abandono a los ancianos y a edificios estatales y municipales

Arquitecto e historiador