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Pablo Mora: ‘De todo hay cómo vivir si te lo ingenias’

Estuvo un año como guitarrista de Cruks en Karnak hasta que pasó a Tercer Mundo. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Muchos conocen al Pablo Mora bajista de la banda Tercer Mundo, que fue furor en la década de los 90. Desde el año 2000 -y mucho por herencia de su padre Oswaldo-, se ha dedicado a elaborar vitrales, que se pueden encontrar en universidades, teatros y, sin duda, iglesias del país.

¿Cómo mira ese tiempo cuando fue parte de Tercer Mundo?

Básicamente mi historia fue ser parte de Tercer Mundo durante 10 años, en los 90. Viví el ascenso y -no digamos la caída-, el camino hacia otras cosas: venían otras músicas, otros caminos. La escena en Ecuador cambió mucho y después de esos 10 años, se abrió la industria hacia otras alternativas. De alguna forma fuimos culpables de que la gente diga que es un negocio que puede funcionar. Al principio nos cerraban las puertas. Nos decían que si no hacíamos pasillos o salsa, de gana perdíamos el tiempo.

Usted no es parte fundadora de esa banda.

No. Se quedaron sin el bajista porque se fue a Alemania a estudiar. Yo no había tocado el bajo. Me dijeron ‘son las cuerdas de arriba de la guitarra’ (se ríe). Ensayamos un par de veces, me uní a ellos y daba la casualidad que Tercer Mundo tenía muchas cosas que hacer en ese momento.

¿Cómo creció Tercer Mundo?

Principalmente los tres hermanos Jácome tenían la influencia de la mamá, Annie Rosenfeld. Ella siempre tuvo la nota de que aquí sí hay cómo hacer cosas. A mí me gustaba hacer música, pero era solo por la música, nunca lo tomé como un negocio del que se puede vivir.

¿Y los otros sí?

Yo veía que los hermanos Jácome querían hacer música y vivir de eso. Me gustó y nos asociamos fácilmente.

Dos giras nacionales suenan a industria mexicana.

En ese tiempo me acuerdo que se lanzaba Riccardo Perotti con proyectos grandes, con mucha tecnología e inversión. Nosotros éramos unos pelados y veíamos cómo estos músicos montaban todo; nos decíamos ¡wow, qué lindo hacer algo así! Además de pelados, no éramos músicos profesionales. Lo único que teníamos eran ganas. Otros habían hecho muchos estudios y podían tocar jazz, rock, clásica. Y uno decía claro, son músicos de verdad. Pero nos apegamos a nuestra idea y no pretendimos nunca ir por ese otro lado. Nosotros nos dábamos cuenta que los músicos no nos querían, porque a veces tocábamos más que ellos.

Abandona Tercer Mundo y se dedica a los vitrales.

Llegó el momento de probar otras cosas. En el 2000 me casé, tuve un guagua, luego otro…

¿No les va a echar la culpa a los guaguas, no?

No, no (risas). Pero una banda es un matrimonio difícil, más aún cuando hay negocios y proyectos de hacia dónde vamos y establecer una especie de democracia. Llegó el momento en que dije no creo que vale la pena seguir; ahora con familia me dan ganas de hacer algo que dependa de mí, en que sea yo la única voz.

Y ahí entra el vitral.

Yo desde chico tuve el plan de estar en el arte. Siempre me gustó dibujar. Mi papá hacía vitrales y crecí con el taller en la casa. Me metía, y de adolescente ayudaba y hacía mis chauchas. Un año me fui de intercambio y conocí la casa de la cascada de Frank Lloyd Wright y me dije que no era solamente arte lo que quería, sino arquitectura. Me sirvió de muchas formas y me inclinaba más a su forma artística. Cuando me gradué me di cuenta que los arquitectos no tienen mucha chance de diseñar y eso era lo que me gustaba. Veía a mis compañeros metidos en detalles constructivos… “y dónde le ponemos al pasamanos”. Luego ves cómo está todo estandarizado y hay tanto monopolio. Si quería diseñar, tenía que seguir con los vitrales. Un par de veces me metí en proyectos de arquitectura, pero no.

¿Cuánta demanda hay? Uno pensaría que es algo eclesial…

He hecho para iglesias, pero es difícil. Rara vez invierten en vitrales. Lo que hay son los comités de fieles que hacen un esfuerzo y reúnen una plata haciendo un bingo, una rifa… y piden un vitral. Y uno tiene que lograr la forma en que pueda hacerse, que quede bonito y a la vez estar dentro del presupuesto que tiene la gente …

¿Y casas glamorosas?

Hay casas muy glamorosas, que son muy religiosas y quieren tener su espacio de oración, su Virgen de Guadalupe, pero donde más he tenido fuerza y una buena inversión es en las universidades. Por ejemplo, hice en la Universidad Andina y me han dado bastante libertad. Meterse en el ambiente cultural es otra cosa y hay otra actitud incluso para hablar de precios. Respetan y consideran el trabajo y también hacen su labor de curadores. No admiten una obra si no tiene un valor artístico. Pero te dan libertad y te tratan como tiene que ser.

¿Con qué ha hecho más plata: Tercer Mundo o los vitrales?

No sé, lo que yo agradezco es que siempre me he podido mantener; tengo a mis hijos en buenos colegios, me he dado el lujo de viajar, pero es muy difícil de medir. Hay mucha gente que dice que no hay cómo vivir del arte. Y yo creo que de todo hay cómo vivir si te lo ingenias. Al menos en este país hay mucha plata y recursos. Lo triste es que la gente los gasta en automóviles de lujo y televisiones. Pero hay algunos que quieren ir a un concierto o tener una obra de arte. Entonces hay que saber venderlo, más que decir no hay cómo y me voy a otro país. Yo creo que es posible.

Trayectoria

Estuvo un año como guitarrista de Cruks en Karnak hasta que pasó a Tercer Mundo. A la par, estudió Arquitectura en la Universidad Central. Cuando salió de la banda, se dedicó a elaborar vitrales. Está realizando su primera exposición en The Collector’s Club, en Cumbayá.

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