20 de February de 2011 00:00

Laura Romo de Crespo dejó huérfanos a sus libros

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Miles de textos parecen sentir la soledad. Entre los anaqueles aún puede escucharse el lento caminar hasta dar con el libro correcto. Entonces, tocar la pasta dura, acariciar las páginas ya manchadas de ámbar, respirar ese aroma viejo y amable, es todo un gesto de cariño. Un gesto que Laura Romo de Crespo practicó por más de 60 años en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, de la Casa de la Cultura.

La bibliotecaria (lo fue hasta el 2008) dejó este mundo la semana pasada. Se fue con el silencio de su oficio, legando para siempre su testimonio de la cálida complicidad que sostuvo con la intelectualidad ecuatoriana del siglo XX. Estaban entre sus amigos Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Jorge Icaza, Alfredo Pareja, Diógenes Paredes, Bolívar Mena... y también, un poco, todo aquel que llegaba hasta ese lugar.

Laura Romo nació en Baños, el 28 de marzo de 1916. Pero creció y vivió en Quito. En esta ciudad fue despedida esta semana en la intimidad familiar. Dentro de ese núcleo que formó con quien fuera su esposo, el eximio pensador político cuencano Jorge Crespo Toral. Confirmación de ese hogar es su hijo Santiago, apegado también a las lecturas.

Ahora, él recuerda: “Era una persona muy sencilla. A través de los años ella cultivó el amor por los libros y los puso al servicio de los demás... ese fue su motivo de vivir, el desarrollo cultural del país desde la lectura”.

Su cuerpo delgado, su mente lúcida, su sonrisa maternal sabían atender a quien buscaba en las letras de los libros el socorro, el escape, el conocimiento, la reflexión... Quienes conversaban con Laura se nutrían de sus charlas, sus anécdotas, su forma de ser. Con los textos y con quienes se los pedían mantenía un trato amable y cariñoso. “El mismo trato que guardaba para conmigo, sus nietas y sus bisnietos”, dice Santiago.

De los ejemplares que cuidaba, conocía toda su información bibliográfica. En su despacho, una máquina de escribir, una vieja Remington, en la que César Dávila pasaba a limpio sus poemas, se perdía entre los papeles que la labor diaria acumulaba.

Una labor cumplida con la misma ilusión del primer día. Laura era creyente de la “patria grande”, propuesta por Benjamín Carrión. Desde los 28 años, en 1944, en el nacimiento de la Casa de la Cultura, ella ya estaba entre esos libros; entonces eran 200, ahora superan los 150 000. 17 presidentes de la institución fueron los colaboradores de su gestión.

Registros de su colaboración quedan en las investigaciones sobre el folclor, de Pablo Carvalho Neto; sobre el teatro ecuatoriano, de Ricardo Descalzi; sobre Montalvo, de Plutarco Naranjo...

De esa biblioteca, la sección de autores nacionales lleva su nombre, un nombre que se corresponde con el busto esculpido por Juan Andrade Moscoso, también con el poema de César Dávila, Canción para una bella distante; con su valiosa huella... obras que nos dicen que sí, que su aura aún está con nosotros, que a Laura ningún lector la olvida.

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