29 de January de 2012 00:01

Un imaginario anda sobre rieles

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Con enormes letras G y Q pintadas en las tablas rojas de los vagones, ese hierro negro que en su frente mostraba el número de unidad, congregaba en su interior a las gentes del Ecuador y, por tanto, era un cúmulo de añoranzas y frustraciones, emociones, despedidas, esa materia que compone el viaje, el sueño.

Además de haberse erigido como el símbolo de la unidad nacional y en un soporte para el progreso de un país que ingresaba al siglo XX, el tren ecuatoriano, idea de Gabriel García Moreno, pero emprendimiento y conquista de Eloy Alfaro, se configuró en todo un imaginario que habita en la mente de artistas y escritores.

Grandes son los versos con los que Antonio Machado y Pablo Neruda pensaron en el tren. El traqueteo de los metales y la madera de los vagones se recrean en atmósferas plenas de romanticismo, de mística. Mientras que el ruso Lev Tolstoi desarrolla su novela ‘La sonata a Kreutzer’ en el interior de un tren, a la vez que su personaje reflexiona sobre el amor carnal. La fantasía, en cambio, halló en la estación londinense de ferrocarriles el andén 9 y ¾, por donde Harry Potter aborda el Expreso Hogwarts. Y así se multiplican las referencias…

En Ecuador, basta observar un cuadro de Gonzalo Endara Crow para hallar a la locomotora atravesando cielos azules, por sobre coloridos tejados. Aunque –explica el poeta Julio Pazos– el tren en los cuadros de Endara Crow era una imagen personal, pues se relacionaba con su padre, quien fue funcionario de la Empresa de Ferrocarriles Ecuatorianos.

En el país, también se lo piensa a través de ‘El tren’, relato de Enrique Gil Gilbert, o en algún fotograma de ‘Entre Marx y una mujer desnuda’ y de ‘Qué tan lejos’.

San Lorenzo, Alausí; Chimbacalle, Sibambe, Durán; Lasso, Ibarra, Huigra: puntos de una travesía, que se abre a las sensaciones, al recuerdo y a la imaginación.

Para la artista Paula Barragán, evocar los fierros y vapores le devuelve a sus 15 años, cuando viajó sobre el techo del tren desde Riobamba a Durán, cuando descubrió el país. Admiraba, entonces, los fantásticos cambios de vegetación y cuando el traqueteo se detenía le envolvían los aromas y los sabores de pueblos perdidos en el monte. Sobre el dicho “se te fue el tren”, es clara y con risas suelta que “no hay que perder el tren, hay que subirse en él”.

Sí, hay que subirse en él, porque es metáfora del tiempo.

Julio Pazos, por su parte, regresa a su infancia, cuando a los 6 años abordó la segunda clase de un tren, en la ruta Riobamba–Guayaquil, para los damnificados del terremoto de Ambato (1949). Desde entonces este medio, además de la novedad, le significó tranquilidad, la salida de una situación deprimente.

El viaje en tren al teatrista Patricio Vallejo lo lleva al paisaje, a las montañas y a la Costa; a un tiempo que se amarilla como las fotos antiguas; al cine de Kurosawa y a ‘El expreso de medianoche’. Además es la aventura y también -dice- es el medio de transporte ideal, la opción de movilidad diaria. “Haría un tren desde La Merced hasta el Centro Histórico, no manejaría más y sería feliz con toda la gente que se sube en ese armatoste antiguo que resiste y persiste”, dice.

También están quienes distan de cualquier imagen romántica. Eduardo Varas se reconoce más bien como un animal de carreteras. Distante ante cualquier sentir nostálgico el escritor guayaquileño dice que “mientras en otros sitios la tecnología sirve para comunicarse con mayor rapidez y transportarse en el menor tiempo posible, acá seguimos viendo un valor basado en la ‘identidad’ y en un ‘tiempo pasado’, que por la circunstancia política se convierte en algo valioso”. Este autor comulga más bien con la letra del argentino Luis Alberto Spinetta en Yo quiero ver un tren: el ferrocarril como algo que dejó de ser y ya nunca será (“¡vías muertas de un expreso que quedó en el pasado!”, suena en la canción).

Pero en la cabeza del compositor Jorge Oviedo, el tren de Alfaro no se desliga del calificativo de ‘el ferrocarril más difícil del mundo’, pues -dice- fue un proyecto que se llevó cantidad de vidas por la idea determinante de unir Sierra y Costa. El músico evoca esos rieles carcomidos por el óxido o cubiertos de tierra que siguen presentes en muchos tramos y cargan miles de historias. Como si de una composición musical se tratase escucha la presión del tren caminando sobre los rieles, el choque de metales; entonces visualiza la conexión de dos regiones, la unión de las gentes y el sueño.

El tren y otras obras

El proyecto  del ferrocarril ecuatoriano fue iniciado por Gabriel García Moreno en 1861, pero la concreción de la idea y la unión de Quito y Guayaquil, se logro bajo el gobierno de Eloy Alfaro, en 1908.
 
Entre los pasos   más famosos del tren de Eloy Alfaro se halla  La Nariz del Diablo, en Chimborazo.

Entre la literatura  y el cine se ubica ‘Extraños en un tren’, novela de Patricia Highsmith , adaptada al celuloide por el genio de Alfred Hitchcock. 

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