4 de August de 2012 00:00

La fina línea entre el crimen y la escritura

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El libro del español José Ovejero, ‘Escritores delincuentes’, que relata las vidas de algunos literatos que se vincularon con el hampa, se decanta por una premisa: entre la delincuencia y la irreverencia, una breve frontera se desdibuja. Las variables entre ambas se definen por la época, el tipo de sociedad, los factores políticos y las especificidades de la ley.

En ese sentido, contemplando que muchos autores han sido críticos con su sociedad, la escritura como gesto de rebeldía también se trastoca en acto criminal. Sin embargo, los delitos que se compendian en ‘Escritores delincuentes’ se corresponden con el hurto, el asalto, la estafa, la agresión y el asesinato.

Y entre quienes los cometieron se hallan escritores europeos, americanos y de Medio Oriente, de distintas y distantes épocas. Por ejemplo, la contemporánea Anne Perry, quien junto a su amiga asesinó a golpes a la madre de esta, o el medieval Francois Villon, quien además de sacerdote se consagró como poeta y como ladrón; Karl May, el alemán que se inventó un universo literario, cuya ficción lo transformó en un impostor o la chilena María Carolina Geel, que con una Baby Browning acribilló a su amante. Están también los autores de la magnífica generación beat, corriendo a la velocidad de autos robados por las carreras americanas, experimentando con los psicotrópicos y leyendo al ritmo del jazz.

El libro no contiene una apología del crimen: si bien hay cierta compresión del autor para con los sujetos por él estudiados, también hay pasajes breves en los que Ovejero no logra mantener su distancia y juzga moralmente. Tampoco se alimenta la imagen -manoseada hasta el cliché- del escritor maldito y antisocial. Se piensa que los actos cometidos por los autores compilados se mueven por las ansias de vivencias, por un impulso en tiempos de necesidad, por el resultado de algún trauma de infancia o por las relaciones que el individuo mantuvo con su entorno familiar.

Tras los actos delictivos cometidos, entre los que se suman algunos terriblemente macabros y otros terriblemente ingenuos, el destino de estos literatos ha sido la huida, el exilio o la prisión. Esta ‘temporada en el infierno’ se ha expresado en los relatos de los ‘Escritores delincuentes’, más que nada como una forma de evidenciar que la experiencia no existe en el hecho de vivirla, sino en el acto de contarla. Por ello, la mayoría de sus relatos resulta autobiográfica, con personajes tan marginales, excéntricos o desadaptados como ellos mismos.

Así, Ovejero, quien cuenta con títulos en poesía, teatro y narrativa, se adentra en el ensayo. Lo hace con soltura y el género, que las más de las veces resulta gris y espeso, en ‘Escritores delincuentes’ se deja leer entre la curiosidad y la sorpresa. Cabe, sin embargo, apuntar una estructura reiterativa en las reseñas biográficas de cada autor, guiadas por evocaciones de la infancia, pasajes turbios de juventud y actitudes tras las rejas. El autor también sigue el camino de la confidencia y de la memoria. Finalmente, queda la absolución del escritor, la condena del delincuente, la pena de la persona o la muerte del ser humano. En esos juegos con la ilegalidad, para aliviar la culpa está la droga o la religión y, acaso, la salida del laberinto. Un laberinto que por pose o certeza sigue seduciendo con el mal a noveles escritores que buscan integrar esa lista.

Otros ‘delitos’

Jeffrey Archer  siguió los pasos de estafador emprendido por su padre William; así se forjó un camino en la política y la literatura británica.

Abdel Hafed Benotman  salió de Argelia y en Francia se inició comoladrón de joyas, un rebelde tras las rejas; ahora maneja un restaurante y escribe.

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