16 de October de 2011 00:02

La fascinante navegación por la lengua castellana en Buenos Aires

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‘Me quiame Franchisque Cocoliche, e songo cregollo gasta lo güese de la taba”, dirían esos antiguos italianos que llegaban a la Argentina. El Cocoliche argentino es, si valen las comparaciones, como el Cantinflas mexicano, un personaje circense que rehace el lenguaje. En el caso argentino, el que combinó las lenguas foráneas que llegaron a Buenos Aires en oleadas desde fines del siglo XIX.

Eso y varias cosas más se pueden ver en el nuevo Museo del Libro y de la Lengua, que se inauguró la semana pasada. Está justo al pie de la Biblioteca Nacional, en el barrio Recoleta. Es una de las tantas iniciativas culturales por el Bicentenario. Aunque están todavía por finalizar ciertos detalles, los visitantes, adultos o niños, pueden entretenerse fácilmente con juegos interactivos y conocer la evolución del castellano desde su esencia de conquista y evangelización en América Latina hasta sus reformulaciones argentinas.

Según Viviana Norman, del equipo del museo, “la idea es dar una muestra de cómo fue evolucionando el lenguaje y ver también los libros más importantes y los debates sobre el lenguaje que se dieron en el país”.

De entrada, el visitante a este museo verá cuál es el carácter imperial del castellano. “Una cosa hállo y sáco por conclusión: que siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que junta mente començaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caída de entrambos” (sic) se lee en un cartel.

Lo dijo Antonio de Nebrija en su prólogo a la primera ‘Gramática de la Lengua Castellana’, escrita en 1492, el mismo año en que los Reyes Católicos finalizaron la reconquista de la península, bajo dominio musulmán por ocho siglos, sistematizaron una lengua que será clave para la conquista de América.

No solo de la expansión del castellano se referirá el museo, sino también de lo que ocurrió con las lenguas originarias. Cuando llegaron los españoles a esta parte de América, en Argentina había más de 35 lenguas. El guaraní y el quichua fueron adoptados para la evangelización. El resultado está a la vista: ahora sobreviven 13, divididas en siete familias lingüísticas, entre las que se encuentran, además de los ya mencionados, el tupí, mataguaya, guaycurú (toba, mocoví y pilayá), chon (tehuelche) y mapudungun o mapuche.

Luego ya vendrá la rebeldía americana y su consecuente expresión: las ideas iluministas que servirían para la independencia del dominio español, el libro como discusión política, los textos del prócer Manuel Belgrano. Pero también la poesía humorística: “Cielito, cielo que sí, / el Rey es un hombre cualquiera / y morir para que él viva… / ¡la puta!... es una zoncera”. (B. Hidalgo. 1812).

La adaptación de las lenguas originales y foráneas al castellano, el debate de intelectuales de la época o el espanto de las clases dominantes de la “degeneración” de la lengua y su amenaza al orden social son parte de esta exposición. Aquí vale lo multimedia: el mapa lingüístico de la Argentina, las diferentes tonalidades del porteño, del cordobés, del correntino y el chaqueño, del habitante de Santiago del Estero, del de Tucumán.

La literatura ocupa, sin duda, lugar prominente en el nuevo museo. Y en ella se destaca la considerada obra fundacional de la Argentina: ‘El Gaucho Martín Fierro’, -“un desertor”, diría Borges- en su primera edición de 1872. En la tapa del libro, editado por Imprenta de La Pampa, se lee el valor: 10 pesos, y una advertencia: “Contiene al final una interesante memoria sobre el camino trasandino”.

Libros censurados, libros quemados, primeras ediciones de autores de primera línea de Argentina, como ‘Boquitas pintadas’, de Manuel Puig, la traducción de Oliverio Girondo y Enrique Molina de ‘Una temporada en el infierno’, de Arthur Rimbaud.

Sin duda alguna, serán los cortazarianos los que sentirán una emoción singular: el manuscrito de Rayuela, en donde se encontrarán los apuntes para la “Teoría de la Mandala (Oliveira): la búsqueda del centro. Necesito del Gran Desorden (en la Argentina, en el hombre, en el camino) -o sea: la búsqueda de la tercera mano-”.

Y para esa tercera mano, nada mejor que navegar un poco por la historia que vivieron y viven la lengua y el libro por estas tierras del sur.

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