7 de July de 2012 00:31

El discipulado de William Faulkner

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Aquello de los escritores llamados ‘faulknerianos’, más que de una influencia habla de un discipulado. Pues el abordaje de las temáticas y las técnicas narrativas propuestas por William Faulkner (1897 - 1962) en su escritura no se ha difuminado tras el humo de su tabaco en pipa ni el vaho del whisky que tanto lo acompañaron; más bien se ha convertido en una marca de su maestría.

Esa marca ha sido identificada en autores posteriores, quienes han confesado la admiración por el narrador del sur profundo de los EE.UU. Entre ellos, los más cercanos a nuestras lecturas, están algunos autores latinoamericanos: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges...

El colombiano lo ha reconocido como su maestro en ‘Vivir para contarla’, en varias entrevistas y en su discurso de aceptación del Premio Nobel de 1982. 32 años antes, en 1950 Faulkner también recibía el galardón de la Academia Sueca. Para entonces ya tenía publicadas sus novelas clave: ‘El ruido y la furia’, ‘Mientras agonizo’, ‘Luz de agosto’, ‘Absalón,Absalón’ y ‘El villorrio’.

El desarrollo del monólogo interior (asimilado de Joyce), las múltiples perspectivas, la oralidad, la manipulación cronológica; así como el tratamiento de universos familiares (los Compson, los Bundren, los Snopes o los McCaslin) o la invención de un territorio ficticio para ubicar historias (Yoknapatawpha) son algunas de las marcas ‘faulknerianas’ que se leen en autores posteriores.

Vargas Llosa señaló en ‘El viaje a la ficción’ que: “Sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina”. Mientras que el uruguayo Juan Carlos Onetti, quien tenía en su mesa de trabajo una fotografía del escritor estadounidense dijo: “Con Faulkner y su novela ‘Absalón, Absalón’, me pasó algo extraordinario: la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció inútil seguir escribiendo”. Por su parte Rulfo renegaba la marca de Faulkner en ‘Pedro Páramo’, aunque consideraba a su cuento ‘Macario’ demasiado ‘faulkneriano’.

Borges se entregó a la traducción de ‘Las palmeras salvajes’, una historia de amor mientras el río Mississippi se desborda.

Y ese río se desbordó más allá de regiones ‘gringas’, tornando universal una atmósfera de decadencia, de conflicto y descomposición social. Se desbordó con la palabra de Faulkner, ese profundo escritor, también partícipe de la generación perdida.

Recuerdos de ‘Bill’
 
Cada vez que  Facundo pensaba en William Faulkner recordaba a su profesor norteamericano de la Universidad. Era una clase optativa a la que se inscribieron muchos alumnos. Se trataba de un seminario sobre uno de los autores que fue el remoto origen de escritores latinoamericanos como Gabriel García Márquez y Juan Carlos Onetti.

La clase se dictaba, por cierto, luego de la de   Literaturas Clásicas, cuyo titular era un sacerdote que sabía mucho de griegos y romanos, pero para quien los dioses no eran más que unos picarones que querían seducir a las guapas chicas, unas diosas, y otras no tanto.

Estudiar Faulkner con un profesor  de letras estadounidense era, sin duda, lo más prestigioso que la carrera le podría ofrecer, un plus intelectual. Salvo un inconveniente: el profesor no sabía español. Eso sí, había que reconocerle un mérito: era empeñoso. Facundo no recuerda una oración completa del profesor en todo el semestre, en ninguno de los 50 minutos que duraba la clase tres días por semana. Pero su esfuerzo era digno de aplauso.

Tuvo que hacer, como muchos, su propio camino con un autor complejo como lo es este estadounidense, a quien la experiencia le enseñó que “los instrumentos que  necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky”. Esas eran razones suficientes para que Facundo leyera a
Faulkner. Fanático de la tradición literaria estadounidense, Facundo descubrió con él ese “sur profundo”, pero también esa forma de relatar con oraciones interminables, de paréntesis y guiones que se intercalan y lograba sentir esas calles polvorientas y el calor de un pueblo –un mundo, en realidad– inventado por él, Yoknapatawpha, con su propio mapa, sus tres razas (indios, negros  y blancos) y del que dejó escrito “William Faulkner, único dueño y propietario”.

Santiago Estrella Garcés
 Corresponsal en Bs. Aires


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