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Ernesto Ortiz: ‘La real lucha es empoderarte de tu sexualidad’

Ernesto Ortiz es bailarín y coreógrafo. Desarrolló su carrera en el Frente de Danza Independiente. Foto: Cortesía

En esta entrevista con el coreógrafo Ernesto Ortiz, que debió realizarse por zoom, pues es profesor de la Universidad de Cuenca, aparece un cuadro que había en el Seseribó, esa emblemática salsoteca de Quito y a la que él iba mucho. Fue motivo suficiente para iniciar la charla en la que afirma que “lo único que me llevé del ‘Sese’ son todas las noches de recuerdo”.

Hay noches que mejor deberían ser olvidadas.

No, la verdad yo prefiero no olvidar porque eso garantiza no cometer nuevamente semejantes fechorías.

Recordar no impide volver a cometerlas…

Creo que con los años he bajado la intensidad de los riesgos de la vida. No creo que es eso, sino la intensidad de lo ridículo.

¿Qué memoria le trae de las noches quiteñas, de ese Seseribó?

Es que toca una fibra super sensible porque estoy en un destierro desde hace 11 años, a pesar de que he construido una nueva casa, una nueva práctica, y que además agradezco porque me ha permitido ir a lugares  a los que, estando en Quito, no hubiera llegado nunca.

¿Tras 11 años en Cuenca lo sigue considerando un destierro?

Porque no termino de encajar en Cuenca y no termino de asumirme en Cuenca y esta no termina de subsumirme a mí como persona. Probablemente pongo resistencia porque lo que siento es que mi círculo, mis amigos, la familia que uno elige, vive en Quito. Y esa familia que uno escoge tenía como parque de diversiones el Seseribó. Y todos comulgábamos allí no solamente por el gusto musical, sino por un montón de otras cosas, quizá como el tener una perspectiva de vida un poco más enfocada en los asuntos artísticos, o qué mismo será. Pero ahí estábamos.

¿Por qué un destierro?

Porque vine solamente por un año  y luego me quedé. Y claro, me permitió crecer profesionalmente. Ya no soy un artista independiente que enfrenta todas las incomodidades y los problemas que significa ser un artista independiente, sino que me integré a la academia, Me quedé, porque me permitió desarrollar un montón de cosas.

Pero eso resulta mejor, ¿no?

Luego de tres años de pensar que había tenido un descenso en la escala profesional por venir a la provincia, me di cuenta que era una estupidez lo que pensaba porque para ser profesor tenía que metodizar mi proceso de creación, pensarlo y generar conocimiento. Antes lo tenía, pero no lo sistematicé y sin eso no puedes pasárselo fácilmente a alguien más y ponerlo en cuestionamiento. Cuando entendí eso, me di cuenta que fue un paso hacia arriba y no hacia abajo. Pude quedar en paz conmigo mismo, sin embargo es un destierro sensible porque no tengo ningún grupo como el que tengo en Quito.

Nació en Esmeraldas. ¿Ir a Quito fue ese su primer destierro?

Soy originalmente de Esmeraldas. Fui a Quito porque mi mamá es quiteña y pasaba allí los tres meses de vacaciones. Era un mono que iba a la Sierra y pasaba feliz de la vida. La gente en Esmeraldas se cabrea conmigo cuando me preguntan de dónde soy y respondo que de Quito. Les explico que mi carrera y mi formación y mis amores no estuvieron allá. Mi pertenencia a Quito es escogida. No extraño Esmeraldas porque allá no está mi hogar, sino en Quito, donde construí el Ernesto que soy. Antes no era posible que aparezca.

Baudelaire decía que la patria es la infancia.

Depende de las infancias. Creo que mi infancia fue feliz, pero también conflictiva. Y por ser gay lo fue aún más. No puedo decir que fue terrible, pero no tengo recuerdos de una familia feliz. Cuando llegué a Quito empecé a crecer y a florecer como ser humano.

¿Cómo viviste ser gay de niño?

Tendría unos seis u ocho años. Recuerdo haber visto a un niño y decir ‘mmmm’, en lugar de una niña. Sentí que eso no estaba encajando en la estructura en la que debía estar, pero tampoco sentía culpa. Me quedaba callado, pero no me golpeaba el pecho a pesar de  que mi familia es sumamente religiosa.

¿Y cuándo decidiste contarlo?

A los 22 años. Me enamoré terriblemente de alguien, sucedieron miles de cosas, y entonces no me sentía bien de no decírselo a mi mamá y se lo conté. No tenía por qué hacerlo y en realidad habría sido preferible no decírselo, pero no me sentía bien mintiendo. Fue un shock, pero luego lo pudo superar.

¿Cómo ve la evolución de los derechos gay en el país?

Definitivamente se han dado pasos gigantes con respecto a la época en que yo tuve que asumir la sexualidad y eso es posible no solamente porque pasa el tiempo, sino también porque mucha gente sufrió y allanó el camino. Me acuerdo del primer Día del Orgullo Gay en Quito, en 1999. Éramos poquísimos. Ahora ves toda esta movida tan chévere, pero lo que siento -aunque puede ser que esté equivocado y que estoy viejo- en los chicos de ahora es que no cachan todo eso que pasó antes. Los líos que se hacen con la letra ‘e’ son tan superficiales, tan de forma que dejan de lado la real lucha, que es empoderarte de tu sexualidad y de tu lugar en el mundo como persona que no pertenece al heteropatriarcado.

Pero las palabras nos constituyen como seres humanos…

Totalmente, no digo que no, pero creo que es muy reductivo pensar que la inclusión tiene que ver con que se diga ‘chique’. La cosa es más profunda. El poder patriarcal está muy arraigado. No ha pasado suficiente tiempo ni he tenido la experiencia completa para dar una opinión definitiva, pero tengo la impresión de que estos jóvenes, que al mismo tiempo me maravillan, pierden la proporción del cambio profundo que hay que hacer en una estructura patriarcal. Yo sé, somos lengua, y nos terminamos de construir cuando nos nombramos, pero también pienso  que ese sería el paso final.